Tras el rastro de Shem

Matemáticas con moraleja

12 Diciembre 2006

Matemáticas con moraleja

Hace poco vi de nuevo al “hombre de gris”. Después de unos 15 años me lo encuentro circulando con el mismo coche gris, matrícula de Tenerife, y me doy cuenta de que continúa vistiendo con traje gris claro. El hombre de gris fue (y sigue siendo) el profesor de filosofía del instituto y lo llamábamos así porque siempre vestía con traje gris claro (que parecía siempre el mismo traje pero no lo era) y tenía el coche gris. El mote era evidente y si alguna vez lo supo seguramente no le disgustaba. Yo lo tuve en 3º de BUP, en clases de ética y filosofía. De todo aquel año como alumno suyo recuerdo tan solo una frase suya: ”para ser diferente hay que hacer cosas diferentes”, lo cual no deja de ser un patético legado filosófico por lo evidente que resulta esta frase y casi una contradicción viniendo de alguien cuya idea de “hacer cosas diferentes” es vestir siempre de la misma manera.

El caso es que ver a este profesor me trajo recuerdos de aquel otro que nos daba matemáticas. Un buen samaritano que dejó la enseñanza privada, tal como explicaba él, con su buen sueldo y sus colegios de habla inglesa, para venir a ayudar a sus hermanos del pueblo. Y así nos llamaba, hermanos. Hermano Antonio, hermana Alicia, hermano… en fin, todos hermanos. A algunos les hacía gracia. A mi esta relación de parentesco fingida, forzada y falsa, simplemente me la traía floja, y más teniendo en cuenta que por aquellos años le hubiera querido hacer un niño a un par de mis “hermanas” de curso.

Era un tipo listo y, no me pregunten por qué (y por favor, que nadie se me ofenda), me parecía una contradicción que alguien tan inteligente demostrara tanta devoción por la iglesia. Cosas de críos, ahora tolero mejor estas ambigüedades intelectuales. El caso es que cada viernes preparaba una hoja de ejercicios para la semana siguiente. La escribía a mano, encabezada con un pequeño texto moralista que siempre incluía palabras como “paz”, “amor”, “amistad” y cosas por el estilo muy alejadas de mi “porro”, “sexo” y “birra”, por aquel entonces sinónimos a esos términos respectivamente. Al texto acompañaba también un monigote salido de su puño, y todos, absolutamente todos los que dibujó aquel año arrasarían en cualquier concurso para mascota de olimpiada catalana.

El último ejercicio siempre era opcional. Era un ejercicio de ingenio. No de matemáticas, de ingenio. Y supongo que los más asiduos a este cuaderno (y su predecesor) me conocerán lo suficiente para adivinar, gracias a la palabra clave antes mencionada, que ese ejercicio era sin duda el que más llamaba mi atención. Y por esa razón nunca lo hacía… porque era o-p-c-i-o-n-a-l. Veo que me conocen.

Al final de curso la nota de mis compañeros, hermanos todos por gracia matemática, fue engordada hasta límites indecentes, alcanzando cotas de sobresaliente en muchos casos que partían por debajo del suficiente, en función siempre de aquellos ejercicios semanales, contando evidentemente (y especialmente) los “opcionales”. Inmediatamente pasé a ser un gilipollas con argumentos moralistas pues fingí dar importancia al estúpido hecho de que mi nota reflejaba claramente mi esfuerzo en el curso y no era una farsa basada en muñequitos feos y problemas de esparcimiento. Como si a mi eso me hubiera importando nunca. Como si el tener argumentos me hiciera menos gilipollas.

Sin embargo ahora me doy cuenta, 15 años después, tras ver al hombre de gris y recordar su estúpida frase, infame legado filosófico donde los haya, de lo que pretendía mi profesor de matemáticas. Aquel curso resultó ser la mayor parábola creada por un matemático. Busquen ustedes las similitudes… Y en el juicio final fui excluido de recibir un trato favorable y no se me otorgaron beneficios extras. A punto estuve de acabar con el culo apuntando a la recuperación de junio.

Aquel año también fue mi peor curso académicamente hablando y tan solo libré de la quema a final de curso las matemáticas y la ética. Hay que joderse. Después, entre el purgatorio de junio y septiembre alcancé la gloria de pasar a COU, porque aún siendo un gilipollas sin argumentos, o con argumentos propios de un gilipollas sin argumentos, siempre fui un gilipollas con recursos, de serie pero de uso opcional, que siempre me sacaban de apuros en el último momento. Bueno, no siempre, quizá por eso he acabado vistiendo de colores y haciendo las mismas cosas que los demás.

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7 Diciembre 2006

Dadme un punto de apoyo

Los nuevos comienzos son viejos conocidos. Vivimos un volver a empezar constante, una sucesión continua de diferentes escenarios. Las personas somos seres demasiado complejos como para llevar una vida simple. Nuestra naturaleza se revuelve implacable contra la monotonía y el desorden, la simplicidad  y la extrema complejidad. Existe prácticamente la misma carencia de control en la invariabilidad y en el caos pues solo en el cambio percibimos la voluntad y voluntariedad de nuestros actos. Es en nuestras decisiones donde realmente sentimos que nosotros mandamos. A veces tan solo necesitamos eso, sentir que variamos el rumbo cuando nos lo proponemos, nos hace dueños de nuestro mundo.

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Mirando esta reflexión desde una perspectiva un poco más alejada me doy cuenta de que podría defender con buenos argumentos lo contrario de lo anteriormente escrito y esto me lleva a la siguiente conclusión. El ser humano es el único animal que justifica, casi diría por necesidad, todos sus actos. Por eso mi reflexión, fruto de mi estado actual, en realidad no es más que una auto justificación necesaria. Y en mi pueblo una justificación se conoce vulgarmente como excusa.

Se equivocó el gran matemático. Dadme una excusa y moveré el mundo. Mi mundo. Para variar.

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1 Diciembre 2006

Todos esclavos

Todos esclavos. En ocasiones entiendo muy bien por qué debió huir Shem. En mayor o en menor medida todos somos conscientes de nuestras cadenas. A veces, sin embargo, esas cadenas se tensan más de lo normal obligándote a permanecer rígido e inmóvil, y no importa con cuánta fuerza estires intentando ganar una mínima libertad de movimiento, las condenadas tiran de ti con muchísima más firmeza hasta casi hacer herida. Tan rígido e inmóvil te encuentras que ni tan siquiera puedes dejarte caer, no puedes rendirte, no puedes simplemente abandonarte y tocar fondo, que es lo que uno desearía, porque desde el fondo sabes hacia donde ir, en el fondo sabes donde estás y solo te queda el camino de subida.

Nuestra libertad no es del todo real. El sistema nos permite cierta holgura en nuestras vidas y capacidad de decisión suficiente para crear en nosotros esa sensación de fingida libertad que nos proporciona la dosis necesaria de felicidad para que sigamos enganchados al sistema sin cuestionarnos apenas nada.

No, no estoy hablando de Matrix ni me he tomado ninguna pastillita roja. En realidad no estoy hablando de nada en concreto, ni siquiera me he parado a pensar lo que escribo, son solo percepciones del momento. La percepción es ese finísimo manto de color, casi transparente, que lo cubre todo tiñendo de verde, rojo o negro lo que vemos y lo que sentimos. Yo, ahora me doy cuenta, estoy en el negro, como la percepción de futuro de toda la humanidad. No se equivoquen, no es pesimismo, es cansancio, apatía, o quizá solo desidia por una determinada situación personal.

Por suerte a veces ocurren cosas que permiten aliviar levemente esa sensación de ahogo. Ayer, sin ir más lejos, andaba por las calles de mi antiguo pueblo, o ciudad, o lo que sea ese condenado lugar ahora que no estoy. Me crucé con un rostro conocido, un chico de mi edad, una de esas personas que siempre has visto por el barrio pero que nunca has tenido el trato suficiente como para no dudar en saludarlo. Pensaba pasar de largo haciéndome el despistado, o mejor, haciéndome el tonto pues se me da muy bien y no requiere tanto esfuerzo, pero inesperadamente me llamó por mi nombre, y digo inesperado porque yo no recuerdo haber sabido nunca el suyo. Y ya se sabe que si pronuncian tu nombre estás obligado a contestar o la gente se lo toma a mal, lo cual no deja de ser curioso, porque el nombre es mío y contesto si me da la gana, pero esto no es así en realidad, los demás lo utilizan con entera libertad anulando mi derecho a hacer oídos sordos. Porque hoy en día que alguien te llame por tu nombre en la calle es como si te llamaran al móvil, estás obligado, piensan ellos, a contestar por el solo hecho de haberlo escuchado.

En fin, que me paré a saludar. Eso hice, pararme a saludar. Pa-rar-me-a-sa-lu-dar. Podría haber saludado sin parar pero no, me paré, no vaya a ser que mi liara haciendo dos cosas a la vez. Pero debí pararme demasiado, quizá adopté una postura en exceso relajada porque aquel semi-desconocido de inmediato inició una conversación. Es una mala costumbre comenzar una conversación sin preguntar al otro si realmente le apetece, lo hacemos todos continuamente, y en aquel momento me pareció tan terrible esta falta de delicadeza que me arrepentí de haberle dado la mano, o de no habérsela echado al cuello. Pronto descubrí que no quería conversar sino solo hablar. Cuando quieres conversar, hablas y escuchas. Cuando solo quieres hablar no necesitas escuchar, por tanto lo mejor es que no pares de hablar y así no le das ocasión al otro de intervenir e interrumpir lo que tú tienes que decirle, independientemente de que él lo quiera escuchar, a ti que más te da, tú solo quieres soltarlo y ya está.

Mientras me escupía a la cara lo que le daba la gana sin ningún miramiento, su retoño, de unos cuatro o cinco años, circulaba a mi alrededor agitando peligrosamente una espada de madera, distraído pues seguro que ya se conocía toda la historia. A saber a cuántos habría parado hoy. La “conversación” fluía sobre mí como un torrente de agua liberado de una presa. El niño finalmente consiguió darme un espadazo en los huevos, aún no sé bien con cuánta intencionalidad, sin embargo, el torrente de palabras siguió fluyendo con naturalidad, apenas hizo una pausa para decir “Ten cuidado que le vas a dar al señor!”… Yo miré al niño con falsos ojos de cariño “ay que mono”, pero no funcionó, siguió revoloteando a mi alrededor.

No sé cuanto duró el chorreo ni cuántos espadazos recibí, en situaciones así el tiempo medido en minutos no es la magnitud más apropiada para calcular el suplicio sufrido. Solo sé que en apenas unos minutos supe lo mal que le resultaba la convivencia con su pareja, con sus dos hijastras, la edad de todos ellos, cuántas veces había tenido sexo en los últimos meses (ninguna) o cuántas veces no había tenido sexo (todas), y que él era joven, qué narices, y aspiraba a más. Y sin pagar eh?, porque él es joven, claro, y los jóvenes no se van de putas, que pueden tener sexo gratis. Eso dice él. Yo no acabo de entender esa frase sin ningún razonamiento que la acompañe tipo “hasta los 35 el estado te proporciona un polvo cada mes y medio, cantidad suficiente para sobrevivir sin alteraciones y extraída de la media aritmética de los matrimonios españoles bien avenidos pero solo eso, ni enamorados ni na, no pretenderás follar más que un enamorado, no?”.

En fin, que con el sueldo que me dijo que tenía me dieron ganas de decirse que sí, que si quiere se puede ir de putas sin miedo ni vergüenza, sí con remordimientos, y que le dejarán entrar aunque sea joven. Eso me han dicho, vamos, que yo soy joven y eso lo sé por la gente mayor…

El caso es que sin darme cuenta a medida que él me soltaba una tras otra sus miserias, sin prisa pero sin pausa, fui notando una extraña sensación de alivio a pesar de los espadazos, incluido el de los huevos, hasta tal punto que cuando por fin seguí mi camino estaba medio contento. Tan bien me sentó escuchar la mierda de aquel chico que hasta me sentí ligeramente culpable cuando fui consciente de mi media sonrisilla que escapaba involuntariamente de mi rostro al andar. Pero es humano, muy humano, sentirse bien cuando te das cuenta que la mierda del vecino huele peor que la tuya, que lo que tú tienes es un zurullito de nada pegado en el zapato y él está cubierto de excremento hasta las cejas. Es muy humano sentirse bien por cosas así. No digo que esté bien y sé que tal vez moralmente no me deje en buen lugar, solo digo que es humano, y a veces, qué coño! pues está bien sentirse un poquito humano. Aunque sea a costa de los demás, aunque sea a costa de pensamientos miserables.

Además, joder, yo solo me paré a saludar… Ay, a veces me siento tan integrado en esta sociedad…

Nota: Vailima, me hubiera encantado tomar esa(s) cerveza(s) con vosotros pero este fin de semana estaré fuera, lejos de Barcelona, muy lejos. Otra ocasión se presentará, estoy seguro de ello.

Nota 2: No voy a pedir disculpas por no aparecer en todo este tiempo porque no creo que deba. Sé que no tengo por qué hacerlo así que disculpen ustedes si no me disculpo, mis razones tengo y tal vez se las explique si algún día se paran a saludarme.

Nota 3: No hay vecina japonesa. Malditos.

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18 Noviembre 2006

Buscando en la isla

Ni rastro de Shem en Ibiza. Las condiciones no me fueron favorables y dificultaron mi búsqueda. Como todos ustedes sabrán Ibiza es una isla, y además está rodeada de agua, y precisamente esto, el estar rodeada de agua y no de obras lo que la convierte en una isla y no en la capital de España. Pero debe ser que las autoridades competentes (o no) tienen pensado arrebatar estre privilegio a Madrid, y han decidido levantar la isla de punta a punta, enterrarla entre toneladas de maquinaria pesada y llenar las escasas carreteras de desvios permanentemente provisionales. Y así no hay quien encuentre nada, coño.

La imagen de destino erótico-festivo por excelencia para guiris y guiripollas nacionales, donde abundan los psicotrópicos (que no son psicópatas del caribe, como yo creia) y la droga en general, debe ser tan solo una isleña máscara estival. Ahora ni fiesta loca, ni drogas, ni nada. Bueno… nada que no puedas encontrar en cualquier otra ciudad. Guiris y guiripollas sí, pero de esos los hay también en Barcelona todo el año, que los catalanes nunca somos menos que los demás, ni siquiera para lo malo.

En cualquier caso abandoné mi búsqueda pronto, en cuanto vi el desorden reinante, y como no tenía más motivos para permanecer allí aislado, me quedé a reflexionar sin motivo ninguno, que para eso no se necesitan motivos sino tiempo. Para qué volver si, al fin y al cabo, mi vida en Barcelona se reduce espacialmente también a unos escasos 40 km de radio. Más allá no importa si hay mar o más gente, lo mismo me da, no deja de ser una isla con límites invisibles pero fuertemente marcados por la repetitiva actividad diaria. ¿Acaso ustedes no tienen también su propia isla? Claro que sí, la tienen igual que yo. Y solo salimos de ella cuando hay un motivo para hacerlo, cuando nuestra voluntad así lo decide y nos bajamos del tren de la rutina inconsciente, ese tren que circula día tras día sobre un circuito cerrado con un radio de 40 km, y decidimos ir un poco más allá. Por tanto, si la única forma de abandonar nuestra isla es añadiendo voluntariedad a nuestro movimiento entonces lo mismo da que tras esos límites haya tierra o mar. Todos somos isleños.

En serio que no he tomado drogas.

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10 Noviembre 2006

Príncipe y Rey

Tras el proceso febril me encuentro débil, con ligeros dolores en las articulaciones, los miembros ateridos y una cierta espesura mental. Decido descansar un momento antes de partir hacia la isla en busca de más pistas que arrojen algo de luz sobre el destino de Shem y entro nuevamente en la taberna “El Gigante” (aunque para mí sigue siendo la taberna de Prokófiev), me pido un caldo bien caliente y me siento al fondo, en una mesa apartada. Acérquense, quiero contarles algo…

En la inundación que sufrí ayer en el piso (la segunda en escasos tres meses) sin duda lo que más me dolió fue ver empapados un montón de vinilos que aún esperaban ser rescatados de una caja de cartón abandonada en un rincón de la casa. La tristeza de ver deteriorado algo que con mimo has guardado durante años resulta muy dolorosa. Entre aquellos vinilos rescaté una recopilación a la que tengo especial cariño, “Los Reyes del Rock” y enseguida me vino a la mente uno de los temas que incluye, “The Kings of Metal”, de los “primos roqueros de Conan”, tal como los definió muy acertadamente un crítico musical… Manowar es un grupo duro y difícil para los que no se han acercado nunca a esta clase de música. Aún así me he propuesto sorprenderles en esta taberna, veamos si lo consigo esta vez.

Una buena forma de afianzarse la fama de reyes del metal es entrando en el Guiness por la puerta grande. Manowar ostenta el récord del concierto más ruidoso (en su gira “Spectacle of Might” en Gran Bretaña) donde alcanzaron los 129.5 dB (el umbral del dolor está en torno a los 140 dB, para que se hagan una idea).

Esta banda comenzó a gestarse curiosamente en un concierto de otro de los grandes, Black Sabbath, donde Joey DiMaio (bajo) trabajaba de técnico de bajo y encargado de la pirotécnia. Allí conoció a Ross Friedman (guitarrista) que tocaba en Shaked Street, teloneros de Black Sabbath. Reclutaron más tarde al batería Donny Hamzik y a Eric Adams como vocal, siendo estos los componentes originales que formaron el grupo.

Tras esta breve reseña sobre el grupo (ya saben que me niego a atormentarles con aburridas biografías), una pequeña reflexión. Para ser cantante de un grupo heavy necesitas tener unas voz bien preparada, casi diría privilegiada, no todo el mundo es capaz de pegar berridos de esa manera y que suene bien. Eric Adams posee una de esas voces que alcanzan registros envidiables y para demostrarles esto he escogido un tema muy especial que estoy seguro les va a encantar, es uno de mis preferidos del grupo.

Si nunca han escuchado a un heavy cantando ópera, esta es la ocasión. Les traigo hoy la versión de Manowar de Nessun Dorma, el aria más famoso de Puccini que pertenece a su ópera Turandot, donde Eric se mete en el papel del príncipe Calaf (que por cierto, en su primer estreno en Milán el 25 de abril de 1926 estuvo representado por un español, el tenor Miguel Fleta).

¡Nessun dorma! ¡Nadie duerma! Por decreto de la princesa Turandot nadie debe dormir en Pekín hasta que se alguien descubra el nombre del extranjero…

Aquí les dejo el libreto traducido que no tiene desperdicio (al principio del tercer acto encontrarán el aria) y un resumen de la ópera para quien no la conozca (muy recomendable).

Presten atención como llegando al final del tema se introduce la guitarra eléctrica de una forma magistral, integrándose por completo en la atmósfera musical. Y sobre todo, no se pierdan el grito final de Eric, me parece de lo más simpático, casi reivindicativo, como dejando claro que él, además de príncipe operístico, es un Rey del Metal.

Hasta la próxima historia.

7 Noviembre 2006

Libertad creativa

De vuelta en el camino buscando el rastro de Shem. Me pregunto si alcanzaría finalmente la libertad. Mientras pienso en esto me encuentro de pronto con algo que me hace cuestionar mi propia libertad creativa y reflexiono.

No existe un antes y un después en el presente, solo en el pasado se puede dar esta circunstancia. Un antes y un ahora, eso es lo único que tenemos de manera permanente. Esta realidad nuestra, casi inmutable en este instante para nosotros, se derrama gota a gota por el transcurrir del tiempo y limita de forma inexorable las capacidades, el desarrollo personal porque aunque no nos demos cuenta quedamos encerrados brevemente en un segundo, desplazado continuamente por el siguiente, y así vivimos, minuto a minuto, siendo constantemente nosotros mismos. Tan solo percibimos el cambio mirando en perspectiva. Vagamos encerrados en infinitas islas temporales con una percepción de nosotros anclada en el segundo que transcurre. ¿Cómo liberarnos de esa percepción?

Destruyamos esta realidad. Rompamos las reglas por un instante. Liberemos de cargas nuestra percepción, tiremos el lastre de las normas, dejemos que el don surja sin control. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Dónde irá la mano en el lienzo? ¿Hasta qué punto damos libertad a nuestra creatividad? ¿Hasta qué punto la esclavizamos? ¿En qué medida la condiciona nuestra visión del mundo? ¿Es esa visión una limitación a la creación o una simple vía de interpretación?

Tal vez el resultado de esta reflexión explique de dónde surge la genialidad pues el genio se distingue, entre otras cosas, por tener no solo el don, sino también la capacidad de abstraerse del mundo y crear su propia realidad, una perspectiva que solo depende de sus normas, una interpretación libre de lo que ve, un espacio diáfano a la imaginación donde el don se mueve a placer e imprime en la obra toda la fuerza interior del genio.

Ahora, tras esta reflexión, observen detenidamente estas imágenes. Luego les cuento. (Pulsen en la primera imagen y en la parte superior derecha les aparecerá el botón NEXT para pasar a la siguiente).

20 minutos depués...85 minutos después...2 horas y 30 minutos2 horas y 32 minutos2 horas y 35 minutos

2 horas y 45 minutos 4 horas y 25 minutos 5 horas y 45 minutos 8 horas después

Los dibujos que han visto pertenecen a un mismo artista. Estas imágenes son el resultado de un experimento que el gobierno americano realizó en los años 50. En él sometieron a un artista a una dosis de LSD, dejándole en una habitación con lápices y libertad para dibujar. Los dibujos son el resultado del efecto del LSD en el transcurso de las horas, la persona retratada el doctor que le atendía en todo momento. Observen cómo cambian sus dibujos a medida que pierde contacto con la realidad, el estilo va cambiando hasta llegar a la abstracción completa del modelo.

Dibujar bien requiere estar dotado de capacidades innatas, pero ¿es esto suficiente? Está claro que se puede llegar a ser un buen artista siguiendo las normas de estilo establecidas, sin embargo al genio se le atribuye la capacidad de romper, transgredir, y no podemos olvidar que en la mayoría de los casos existe ese puntito de excentricidad que los distingue. Posiblemente no sea más que el resultado de una realidad distorsionada, la visión particular de un mundo que los demás solo llegamos a intuir a través de sus obras.

Tras recapacitar un momento lo veo claro. Si Shem buscaba la libertad completa seguro que pasó por Ibiza, por lo menos un fin de semana. Allí me dirijo la semana que viene y durante ocho días rastrearé la isla en busca de alguna pista. Prometo llevarme lápices y si se da la circunstancia les traeré algún que otro dibujo abstracto.

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3 Noviembre 2006

La taberna de Prokófiev

Nada más iniciar nuestra marcha siguiendo el rastro de Shem nos encontramos con esta taberna en las afueras. Es una taberna antigua donde suenan canciones de otro tiempo que inmediatamente algunos de nosotros identificamos despertando melancólicos recuerdos.

-Mira el cartel Jafa, Taberna “El Gigante”- dice alguien del grupo guiñándome un ojo- ¿Te recuerda algo?

-Sí…- susurro al viento mientras sonrío- la ópera de las blancas!- exclamo de pronto, relacionando de inmediato el nombre de la taberna musical con Prokófiev, e hilvanando mil historias a partir de esta curiosidad de aquel joven compositor, con esa música que sale de ahí dentro provocando continuas evocaciones involuntarias que se transforman de pronto en infinidad de anécdotas, en datos arrojados sin orden a mi cerebro como si una orquesta descompasada lanzara a destiempo sus instrumentos golpeando mi cabeza una y otra vez, y recordando entonces que detrás de cada tema existe una historia, y en cada historia se encuentran entrelazadas cientos de peculiaridades.

-Detengámonos aquí a descansar, quiero explicaros algo.

Entramos en la taberna a pesar de haber estrenado el camino no hace mucho, pero nos apetece sentarnos y explicarnos historias mientras suena la música. Una vez sentados, con una jarra de cerveza en la mano, me dispongo a contarles a ustedes, mis acompañantes, la primera de una larga lista… “Esta vez empezaré yo pero espero que pronto se animen ustedes, amigos, pues en este largo camino seguro que alguna historia encontrarán que merezca ser contada aquí, entre cervezas, bajo el influjo del tema que la despertó del olvido”. Utilicen esta taberna y sus músicos (a los que pongo a su disposición siempre que quieran), y mientras se animan les contaré algunas que tengo yo a la espera de que en breve alguno de ustedes se ponga en pie, jarra en mano y diga, como digo yo ahora:” Esta historia…”

Esta historia comienza con cierto grupo de los años 70, un clásico del Heavy (o Rock duro, llámenlo como quieran). Pero no se vayan todavía…., sé que este género no despierta admiración entre todos los presentes. Por favor, siéntense y déjenme intentar sorprenderles.

Se podrían explicar cientos de cosas de un grupo como Van Halen pero no voy a agobiarles con una biografía detallada, para eso tienen ustedes Internet si les apetece. Lo que yo pretendo es despertar su curiosidad, que se acaben la cerveza conmigo sin bostezar ni una vez y aportarles un poquito de entretenimiento en esta parada.

Una de las cosas que me llamó la atención de este grupo, inicialmente formado por los hermanos Van Hallen (Eddie y Alex, guitarra y batería) junto a David Lee-Roth (vocal) y Michael Anthony (bajo), fue que el peculiar e inconfundible sonido de la guitarra de Eddie (sobre todo en los primeros discos) se debía a una pastilla defectuosa quele proporcionaba un sonido característico. A Eddie este sonido le enganchó de tal forma que lo convirtió, junto con su técnica innovadora, en su sello particular, pudiéndose identificar con él fácilmente el sonido del grupo. Cuando tuvo medios económicos suficientes llevó a un laboratorio la pastilla para que pudieran reproducir ese mismo sonido en una pastilla nueva. No recuerdo más de esta pequeña anécdota y no he encontrado ninguna referencia al respecto en las biografías que he consultado en Internet, tendrán que fiarse del recuerdo que tengo de un ejemplar antiguo de Guitar Player donde explicaban esto mismo en una entrevista a Eddie, y que aún debe rondar por alguna caja de mi vida (que tampoco he encontrado…).

Cuentan también que en un principio, descartando la educación de piano que su padre intentó inculcarles, Alex se interesó por la guitarra y Eddie por la batería, precisamente al revés de como acabarían tocando. Sucedió que mientras Eddie repartía periódicos, Alex le cogió el gustillo a la batería de su hermano, y Eddie inmediatamente vio que a Alex se le daba mucho mejor, así que decidió probar suerte con la guitarra…

Como tantos otros músicos de este mismo género (porque músicos se les debe considerar, y pronto intentaré descubrirles que esto es así, si es que alguien tiene dudas), el interés inicial por la música debió llegarles por influencia familiar. Su padre, clarinetista profesional, sin duda tuvo algo que ver. Y como muestra les he preparado un tema que a mí particularmente me entusiasma, no puedo evitar mover los pies en cuanto suenan las primeras notas. En esta ocasión no escucharán la exquisita y depurada técnica a la guitarra de Eddie, he preferido compartir con ustedes, aquí, en torno a estas cervezas, un tema que reúne a la familia Van Halen, donde el padre acompaña a sus hijos con un genial clarinete.

Espero que les haya gustado este alto en el camino.

Actualización: Para los que no puedan oir el tema a través del reproductor flash, primero mis disculpas, no he podido testear con varios sistemas (tan solo a nivel gráfico con distintos navegadores, lo pueden hacer aquí), y segundo, aquí les dejo el link directo al mp3:

http://traselrastrodeshem.com/archivos/musica/Big%20Bad%20Bill.mp3

31 Octubre 2006

Shem, el esclavo huido

“El esclavo Shem ha huido de la casa de su noble amo Hapú, el tejedor. Todos los buenos ciudadanos de Tebas están invitados a participar en su búsqueda. Es un hitita de cinco
pies de alto, de robusta complexión y ojos castaños
. Se recompensará a la persona que proporcione datos para encontrar a Shem, con media moneda de oro. La persona que lo capture y lo devuelva a la casa de Hapú, el tejedor, será recompensada con una moneda de oro. La Casa de Hapú ofrece las mejores telas de Tebas.”

Esta es la traducción de un papiro encontrado en la antigua ciudad egipcia de Tebas, tiene una antigüedad aproximada de unos 3000 años y actualmente se encuentra en el British Museum.

Este papiro, especial por diversos motivos que luego les explicaré, es la piedra angular de todo lo que verán aquí a partir de ahora, se podría decir que el espíritu de este nuevo cuaderno, y con él me permito inaugurar, por fin, esta nueva etapa.

La fuga de Shem simboliza el nuevo comienzo, lleno de incertidumbres, de retos, y sobre todo, de un mayor control sobre la vida de este espacio mío. Como muchos de ustedes sabrán, a lo propio se le coge cariño aunque sea malo, y estos cuadernos no son una excepción, así que, como Shem (y tantos otros) decidí emprender fuga y librarme de la tiranía de los portales gratuitos, especialmente de aquel que me tenía subyugado y martirizado.

Como les decía, el antiguo documento tiene un trasfondo que lo hace único. La última frase, remarcada en cursiva, lo ha convertido en el que se considera el anuncio publicitario más antiguo que conocemos hasta la fecha (esto de la publicidad, como ven, viene de lejos). Hapú, el tejedor, no pudo evitar promocionar sus telas añadiendo esta frase en el cartel de busca y captura del esclavo. No podemos afirmar que fuera el primero de la historia pero es una buena aproximación que daría respuesta a una de tantas preguntas absurdas que yo me suelo hacer, del tipo: “¿Cuál sería el primer cartel publicitario?”… Quizá por eso me encanta este papiro.

Otro de los trasfondos, este más a nivel particular, es una reflexión que se me ocurrió no hace mucho, cuando habiendo decidido ya el nombre del cuaderno aún estaba retocando el diseño y haciendo las primeras pruebas. Piensen por un momento en la historia del papiro, en Hapú, el tejedor, en la fuga de Shem, en la recompensa ofrecida… Quizá ahora estén un poco condicionados por todo lo que les he dicho, pero hagan el esfuerzo de recordar la primera impresión de la primera lectura.

No creo equivocarme demasiado si afirmo que todos, de forma inconsciente, le habremos dado un final a Shem. Algunos, como yo, habrán hecho de su fuga un éxito e imaginaremos que nunca más se supo de él, que empezó una nueva vida en otro lugar (no sin antes enfrentarse a infinidad de adversidades). Otros tal vez lo imaginen cazado de una pedrada por algún ciudadano de Tebas que se encontró con la oportunidad fácil de ganarse una moneda de oro. O quizá alguien lo ha visualizado muerto en el desierto pues la incontrolable y desesperada fuga le llevaría hacia las dunas, ignorando, quizá por el horror de lo vivido y el miedo de revivirlo, el peligro que tenía por delante. Es posible incluso que algún lector despistadillo en cuestiones de historia lo viera montando un chiringuito de souvenirs a los pies de la esfinge de Gizeh… bueno, bueno, es válido, claro que sí, al fin y al cabo la historia solo es una base sobre la que apoyar la imaginación pero de ningún modo resulta imprescindible o no existiría la ciencia ficción… digo yo, sin demasiado convencimiento, no crean, pues entre este último grupo me suelo encontrar a menudo, y si en este caso no ha ocurrido es porque sé de sobras, por casualidades de la vida, que hace 3000 años no se habían inventado aún los turistas.

De todas maneras yo quería resaltar esa facilidad por la que la imaginación se dispara en cualquier dirección como un volcán pirotécnico, dependiendo de la persona e independiente de las voluntades, y actos como este, inconscientes e involuntarios, a veces hablan más de nosotros de lo que nosotros mismos podamos decir.

Dicho esto no me parece mal entonces haber puesto por título lo que a mí me sugirió esta historia, mi pedacito particular de materia incandescente que saltó del papiro sin tan siquiera pararme a pensar.

Seguiremos el rastro de Shem, perseguiremos su libertad, rastrearemos sus desventuras identificando por el camino las nuestras, trataremos de alcanzar como él algunos de nuestros sueños, y alguno atraparemos, seguro estoy de ello, porque este cuaderno no es más que un pequeño sueño que empezó con las locas situaciones de un dúplex y hoy ha crecido un poquito.

Vuelvan pronto.

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