Tras el rastro de Shem

Matemáticas con moraleja

12 Diciembre 2006

Matemáticas con moraleja

Hace poco vi de nuevo al “hombre de gris”. Después de unos 15 años me lo encuentro circulando con el mismo coche gris, matrícula de Tenerife, y me doy cuenta de que continúa vistiendo con traje gris claro. El hombre de gris fue (y sigue siendo) el profesor de filosofía del instituto y lo llamábamos así porque siempre vestía con traje gris claro (que parecía siempre el mismo traje pero no lo era) y tenía el coche gris. El mote era evidente y si alguna vez lo supo seguramente no le disgustaba. Yo lo tuve en 3º de BUP, en clases de ética y filosofía. De todo aquel año como alumno suyo recuerdo tan solo una frase suya: ”para ser diferente hay que hacer cosas diferentes”, lo cual no deja de ser un patético legado filosófico por lo evidente que resulta esta frase y casi una contradicción viniendo de alguien cuya idea de “hacer cosas diferentes” es vestir siempre de la misma manera.

El caso es que ver a este profesor me trajo recuerdos de aquel otro que nos daba matemáticas. Un buen samaritano que dejó la enseñanza privada, tal como explicaba él, con su buen sueldo y sus colegios de habla inglesa, para venir a ayudar a sus hermanos del pueblo. Y así nos llamaba, hermanos. Hermano Antonio, hermana Alicia, hermano… en fin, todos hermanos. A algunos les hacía gracia. A mi esta relación de parentesco fingida, forzada y falsa, simplemente me la traía floja, y más teniendo en cuenta que por aquellos años le hubiera querido hacer un niño a un par de mis “hermanas” de curso.

Era un tipo listo y, no me pregunten por qué (y por favor, que nadie se me ofenda), me parecía una contradicción que alguien tan inteligente demostrara tanta devoción por la iglesia. Cosas de críos, ahora tolero mejor estas ambigüedades intelectuales. El caso es que cada viernes preparaba una hoja de ejercicios para la semana siguiente. La escribía a mano, encabezada con un pequeño texto moralista que siempre incluía palabras como “paz”, “amor”, “amistad” y cosas por el estilo muy alejadas de mi “porro”, “sexo” y “birra”, por aquel entonces sinónimos a esos términos respectivamente. Al texto acompañaba también un monigote salido de su puño, y todos, absolutamente todos los que dibujó aquel año arrasarían en cualquier concurso para mascota de olimpiada catalana.

El último ejercicio siempre era opcional. Era un ejercicio de ingenio. No de matemáticas, de ingenio. Y supongo que los más asiduos a este cuaderno (y su predecesor) me conocerán lo suficiente para adivinar, gracias a la palabra clave antes mencionada, que ese ejercicio era sin duda el que más llamaba mi atención. Y por esa razón nunca lo hacía… porque era o-p-c-i-o-n-a-l. Veo que me conocen.

Al final de curso la nota de mis compañeros, hermanos todos por gracia matemática, fue engordada hasta límites indecentes, alcanzando cotas de sobresaliente en muchos casos que partían por debajo del suficiente, en función siempre de aquellos ejercicios semanales, contando evidentemente (y especialmente) los “opcionales”. Inmediatamente pasé a ser un gilipollas con argumentos moralistas pues fingí dar importancia al estúpido hecho de que mi nota reflejaba claramente mi esfuerzo en el curso y no era una farsa basada en muñequitos feos y problemas de esparcimiento. Como si a mi eso me hubiera importando nunca. Como si el tener argumentos me hiciera menos gilipollas.

Sin embargo ahora me doy cuenta, 15 años después, tras ver al hombre de gris y recordar su estúpida frase, infame legado filosófico donde los haya, de lo que pretendía mi profesor de matemáticas. Aquel curso resultó ser la mayor parábola creada por un matemático. Busquen ustedes las similitudes… Y en el juicio final fui excluido de recibir un trato favorable y no se me otorgaron beneficios extras. A punto estuve de acabar con el culo apuntando a la recuperación de junio.

Aquel año también fue mi peor curso académicamente hablando y tan solo libré de la quema a final de curso las matemáticas y la ética. Hay que joderse. Después, entre el purgatorio de junio y septiembre alcancé la gloria de pasar a COU, porque aún siendo un gilipollas sin argumentos, o con argumentos propios de un gilipollas sin argumentos, siempre fui un gilipollas con recursos, de serie pero de uso opcional, que siempre me sacaban de apuros en el último momento. Bueno, no siempre, quizá por eso he acabado vistiendo de colores y haciendo las mismas cosas que los demás.

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7 Diciembre 2006

Dadme un punto de apoyo

Los nuevos comienzos son viejos conocidos. Vivimos un volver a empezar constante, una sucesión continua de diferentes escenarios. Las personas somos seres demasiado complejos como para llevar una vida simple. Nuestra naturaleza se revuelve implacable contra la monotonía y el desorden, la simplicidad  y la extrema complejidad. Existe prácticamente la misma carencia de control en la invariabilidad y en el caos pues solo en el cambio percibimos la voluntad y voluntariedad de nuestros actos. Es en nuestras decisiones donde realmente sentimos que nosotros mandamos. A veces tan solo necesitamos eso, sentir que variamos el rumbo cuando nos lo proponemos, nos hace dueños de nuestro mundo.

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Mirando esta reflexión desde una perspectiva un poco más alejada me doy cuenta de que podría defender con buenos argumentos lo contrario de lo anteriormente escrito y esto me lleva a la siguiente conclusión. El ser humano es el único animal que justifica, casi diría por necesidad, todos sus actos. Por eso mi reflexión, fruto de mi estado actual, en realidad no es más que una auto justificación necesaria. Y en mi pueblo una justificación se conoce vulgarmente como excusa.

Se equivocó el gran matemático. Dadme una excusa y moveré el mundo. Mi mundo. Para variar.

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1 Diciembre 2006

Todos esclavos

Todos esclavos. En ocasiones entiendo muy bien por qué debió huir Shem. En mayor o en menor medida todos somos conscientes de nuestras cadenas. A veces, sin embargo, esas cadenas se tensan más de lo normal obligándote a permanecer rígido e inmóvil, y no importa con cuánta fuerza estires intentando ganar una mínima libertad de movimiento, las condenadas tiran de ti con muchísima más firmeza hasta casi hacer herida. Tan rígido e inmóvil te encuentras que ni tan siquiera puedes dejarte caer, no puedes rendirte, no puedes simplemente abandonarte y tocar fondo, que es lo que uno desearía, porque desde el fondo sabes hacia donde ir, en el fondo sabes donde estás y solo te queda el camino de subida.

Nuestra libertad no es del todo real. El sistema nos permite cierta holgura en nuestras vidas y capacidad de decisión suficiente para crear en nosotros esa sensación de fingida libertad que nos proporciona la dosis necesaria de felicidad para que sigamos enganchados al sistema sin cuestionarnos apenas nada.

No, no estoy hablando de Matrix ni me he tomado ninguna pastillita roja. En realidad no estoy hablando de nada en concreto, ni siquiera me he parado a pensar lo que escribo, son solo percepciones del momento. La percepción es ese finísimo manto de color, casi transparente, que lo cubre todo tiñendo de verde, rojo o negro lo que vemos y lo que sentimos. Yo, ahora me doy cuenta, estoy en el negro, como la percepción de futuro de toda la humanidad. No se equivoquen, no es pesimismo, es cansancio, apatía, o quizá solo desidia por una determinada situación personal.

Por suerte a veces ocurren cosas que permiten aliviar levemente esa sensación de ahogo. Ayer, sin ir más lejos, andaba por las calles de mi antiguo pueblo, o ciudad, o lo que sea ese condenado lugar ahora que no estoy. Me crucé con un rostro conocido, un chico de mi edad, una de esas personas que siempre has visto por el barrio pero que nunca has tenido el trato suficiente como para no dudar en saludarlo. Pensaba pasar de largo haciéndome el despistado, o mejor, haciéndome el tonto pues se me da muy bien y no requiere tanto esfuerzo, pero inesperadamente me llamó por mi nombre, y digo inesperado porque yo no recuerdo haber sabido nunca el suyo. Y ya se sabe que si pronuncian tu nombre estás obligado a contestar o la gente se lo toma a mal, lo cual no deja de ser curioso, porque el nombre es mío y contesto si me da la gana, pero esto no es así en realidad, los demás lo utilizan con entera libertad anulando mi derecho a hacer oídos sordos. Porque hoy en día que alguien te llame por tu nombre en la calle es como si te llamaran al móvil, estás obligado, piensan ellos, a contestar por el solo hecho de haberlo escuchado.

En fin, que me paré a saludar. Eso hice, pararme a saludar. Pa-rar-me-a-sa-lu-dar. Podría haber saludado sin parar pero no, me paré, no vaya a ser que mi liara haciendo dos cosas a la vez. Pero debí pararme demasiado, quizá adopté una postura en exceso relajada porque aquel semi-desconocido de inmediato inició una conversación. Es una mala costumbre comenzar una conversación sin preguntar al otro si realmente le apetece, lo hacemos todos continuamente, y en aquel momento me pareció tan terrible esta falta de delicadeza que me arrepentí de haberle dado la mano, o de no habérsela echado al cuello. Pronto descubrí que no quería conversar sino solo hablar. Cuando quieres conversar, hablas y escuchas. Cuando solo quieres hablar no necesitas escuchar, por tanto lo mejor es que no pares de hablar y así no le das ocasión al otro de intervenir e interrumpir lo que tú tienes que decirle, independientemente de que él lo quiera escuchar, a ti que más te da, tú solo quieres soltarlo y ya está.

Mientras me escupía a la cara lo que le daba la gana sin ningún miramiento, su retoño, de unos cuatro o cinco años, circulaba a mi alrededor agitando peligrosamente una espada de madera, distraído pues seguro que ya se conocía toda la historia. A saber a cuántos habría parado hoy. La “conversación” fluía sobre mí como un torrente de agua liberado de una presa. El niño finalmente consiguió darme un espadazo en los huevos, aún no sé bien con cuánta intencionalidad, sin embargo, el torrente de palabras siguió fluyendo con naturalidad, apenas hizo una pausa para decir “Ten cuidado que le vas a dar al señor!”… Yo miré al niño con falsos ojos de cariño “ay que mono”, pero no funcionó, siguió revoloteando a mi alrededor.

No sé cuanto duró el chorreo ni cuántos espadazos recibí, en situaciones así el tiempo medido en minutos no es la magnitud más apropiada para calcular el suplicio sufrido. Solo sé que en apenas unos minutos supe lo mal que le resultaba la convivencia con su pareja, con sus dos hijastras, la edad de todos ellos, cuántas veces había tenido sexo en los últimos meses (ninguna) o cuántas veces no había tenido sexo (todas), y que él era joven, qué narices, y aspiraba a más. Y sin pagar eh?, porque él es joven, claro, y los jóvenes no se van de putas, que pueden tener sexo gratis. Eso dice él. Yo no acabo de entender esa frase sin ningún razonamiento que la acompañe tipo “hasta los 35 el estado te proporciona un polvo cada mes y medio, cantidad suficiente para sobrevivir sin alteraciones y extraída de la media aritmética de los matrimonios españoles bien avenidos pero solo eso, ni enamorados ni na, no pretenderás follar más que un enamorado, no?”.

En fin, que con el sueldo que me dijo que tenía me dieron ganas de decirse que sí, que si quiere se puede ir de putas sin miedo ni vergüenza, sí con remordimientos, y que le dejarán entrar aunque sea joven. Eso me han dicho, vamos, que yo soy joven y eso lo sé por la gente mayor…

El caso es que sin darme cuenta a medida que él me soltaba una tras otra sus miserias, sin prisa pero sin pausa, fui notando una extraña sensación de alivio a pesar de los espadazos, incluido el de los huevos, hasta tal punto que cuando por fin seguí mi camino estaba medio contento. Tan bien me sentó escuchar la mierda de aquel chico que hasta me sentí ligeramente culpable cuando fui consciente de mi media sonrisilla que escapaba involuntariamente de mi rostro al andar. Pero es humano, muy humano, sentirse bien cuando te das cuenta que la mierda del vecino huele peor que la tuya, que lo que tú tienes es un zurullito de nada pegado en el zapato y él está cubierto de excremento hasta las cejas. Es muy humano sentirse bien por cosas así. No digo que esté bien y sé que tal vez moralmente no me deje en buen lugar, solo digo que es humano, y a veces, qué coño! pues está bien sentirse un poquito humano. Aunque sea a costa de los demás, aunque sea a costa de pensamientos miserables.

Además, joder, yo solo me paré a saludar… Ay, a veces me siento tan integrado en esta sociedad…

Nota: Vailima, me hubiera encantado tomar esa(s) cerveza(s) con vosotros pero este fin de semana estaré fuera, lejos de Barcelona, muy lejos. Otra ocasión se presentará, estoy seguro de ello.

Nota 2: No voy a pedir disculpas por no aparecer en todo este tiempo porque no creo que deba. Sé que no tengo por qué hacerlo así que disculpen ustedes si no me disculpo, mis razones tengo y tal vez se las explique si algún día se paran a saludarme.

Nota 3: No hay vecina japonesa. Malditos.

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