Todos esclavos
Todos esclavos. En ocasiones entiendo muy bien por qué debió huir Shem. En mayor o en menor medida todos somos conscientes de nuestras cadenas. A veces, sin embargo, esas cadenas se tensan más de lo normal obligándote a permanecer rígido e inmóvil, y no importa con cuánta fuerza estires intentando ganar una mínima libertad de movimiento, las condenadas tiran de ti con muchísima más firmeza hasta casi hacer herida. Tan rígido e inmóvil te encuentras que ni tan siquiera puedes dejarte caer, no puedes rendirte, no puedes simplemente abandonarte y tocar fondo, que es lo que uno desearía, porque desde el fondo sabes hacia donde ir, en el fondo sabes donde estás y solo te queda el camino de subida.
Nuestra libertad no es del todo real. El sistema nos permite cierta holgura en nuestras vidas y capacidad de decisión suficiente para crear en nosotros esa sensación de fingida libertad que nos proporciona la dosis necesaria de felicidad para que sigamos enganchados al sistema sin cuestionarnos apenas nada.
No, no estoy hablando de Matrix ni me he tomado ninguna pastillita roja. En realidad no estoy hablando de nada en concreto, ni siquiera me he parado a pensar lo que escribo, son solo percepciones del momento. La percepción es ese finísimo manto de color, casi transparente, que lo cubre todo tiñendo de verde, rojo o negro lo que vemos y lo que sentimos. Yo, ahora me doy cuenta, estoy en el negro, como la percepción de futuro de toda la humanidad. No se equivoquen, no es pesimismo, es cansancio, apatía, o quizá solo desidia por una determinada situación personal.
Por suerte a veces ocurren cosas que permiten aliviar levemente esa sensación de ahogo. Ayer, sin ir más lejos, andaba por las calles de mi antiguo pueblo, o ciudad, o lo que sea ese condenado lugar ahora que no estoy. Me crucé con un rostro conocido, un chico de mi edad, una de esas personas que siempre has visto por el barrio pero que nunca has tenido el trato suficiente como para no dudar en saludarlo. Pensaba pasar de largo haciéndome el despistado, o mejor, haciéndome el tonto pues se me da muy bien y no requiere tanto esfuerzo, pero inesperadamente me llamó por mi nombre, y digo inesperado porque yo no recuerdo haber sabido nunca el suyo. Y ya se sabe que si pronuncian tu nombre estás obligado a contestar o la gente se lo toma a mal, lo cual no deja de ser curioso, porque el nombre es mío y contesto si me da la gana, pero esto no es así en realidad, los demás lo utilizan con entera libertad anulando mi derecho a hacer oídos sordos. Porque hoy en día que alguien te llame por tu nombre en la calle es como si te llamaran al móvil, estás obligado, piensan ellos, a contestar por el solo hecho de haberlo escuchado.
En fin, que me paré a saludar. Eso hice, pararme a saludar. Pa-rar-me-a-sa-lu-dar. Podría haber saludado sin parar pero no, me paré, no vaya a ser que mi liara haciendo dos cosas a la vez. Pero debí pararme demasiado, quizá adopté una postura en exceso relajada porque aquel semi-desconocido de inmediato inició una conversación. Es una mala costumbre comenzar una conversación sin preguntar al otro si realmente le apetece, lo hacemos todos continuamente, y en aquel momento me pareció tan terrible esta falta de delicadeza que me arrepentí de haberle dado la mano, o de no habérsela echado al cuello. Pronto descubrí que no quería conversar sino solo hablar. Cuando quieres conversar, hablas y escuchas. Cuando solo quieres hablar no necesitas escuchar, por tanto lo mejor es que no pares de hablar y así no le das ocasión al otro de intervenir e interrumpir lo que tú tienes que decirle, independientemente de que él lo quiera escuchar, a ti que más te da, tú solo quieres soltarlo y ya está.
Mientras me escupía a la cara lo que le daba la gana sin ningún miramiento, su retoño, de unos cuatro o cinco años, circulaba a mi alrededor agitando peligrosamente una espada de madera, distraído pues seguro que ya se conocía toda la historia. A saber a cuántos habría parado hoy. La “conversación” fluía sobre mí como un torrente de agua liberado de una presa. El niño finalmente consiguió darme un espadazo en los huevos, aún no sé bien con cuánta intencionalidad, sin embargo, el torrente de palabras siguió fluyendo con naturalidad, apenas hizo una pausa para decir “Ten cuidado que le vas a dar al señor!”… Yo miré al niño con falsos ojos de cariño “ay que mono”, pero no funcionó, siguió revoloteando a mi alrededor.
No sé cuanto duró el chorreo ni cuántos espadazos recibí, en situaciones así el tiempo medido en minutos no es la magnitud más apropiada para calcular el suplicio sufrido. Solo sé que en apenas unos minutos supe lo mal que le resultaba la convivencia con su pareja, con sus dos hijastras, la edad de todos ellos, cuántas veces había tenido sexo en los últimos meses (ninguna) o cuántas veces no había tenido sexo (todas), y que él era joven, qué narices, y aspiraba a más. Y sin pagar eh?, porque él es joven, claro, y los jóvenes no se van de putas, que pueden tener sexo gratis. Eso dice él. Yo no acabo de entender esa frase sin ningún razonamiento que la acompañe tipo “hasta los 35 el estado te proporciona un polvo cada mes y medio, cantidad suficiente para sobrevivir sin alteraciones y extraída de la media aritmética de los matrimonios españoles bien avenidos pero solo eso, ni enamorados ni na, no pretenderás follar más que un enamorado, no?”.
En fin, que con el sueldo que me dijo que tenía me dieron ganas de decirse que sí, que si quiere se puede ir de putas sin miedo ni vergüenza, sí con remordimientos, y que le dejarán entrar aunque sea joven. Eso me han dicho, vamos, que yo soy joven y eso lo sé por la gente mayor…
El caso es que sin darme cuenta a medida que él me soltaba una tras otra sus miserias, sin prisa pero sin pausa, fui notando una extraña sensación de alivio a pesar de los espadazos, incluido el de los huevos, hasta tal punto que cuando por fin seguí mi camino estaba medio contento. Tan bien me sentó escuchar la mierda de aquel chico que hasta me sentí ligeramente culpable cuando fui consciente de mi media sonrisilla que escapaba involuntariamente de mi rostro al andar. Pero es humano, muy humano, sentirse bien cuando te das cuenta que la mierda del vecino huele peor que la tuya, que lo que tú tienes es un zurullito de nada pegado en el zapato y él está cubierto de excremento hasta las cejas. Es muy humano sentirse bien por cosas así. No digo que esté bien y sé que tal vez moralmente no me deje en buen lugar, solo digo que es humano, y a veces, qué coño! pues está bien sentirse un poquito humano. Aunque sea a costa de los demás, aunque sea a costa de pensamientos miserables.
Además, joder, yo solo me paré a saludar… Ay, a veces me siento tan integrado en esta sociedad…
Nota: Vailima, me hubiera encantado tomar esa(s) cerveza(s) con vosotros pero este fin de semana estaré fuera, lejos de Barcelona, muy lejos. Otra ocasión se presentará, estoy seguro de ello.
Nota 2: No voy a pedir disculpas por no aparecer en todo este tiempo porque no creo que deba. Sé que no tengo por qué hacerlo así que disculpen ustedes si no me disculpo, mis razones tengo y tal vez se las explique si algún día se paran a saludarme.