Tras el rastro de Shem

En moto voy, en moto vengo

26 Marzo 2007

En moto voy, en moto vengo

Recordarán de un post anterior que me compré una moto. Yo jamás había llevado un trasto de esos así que era una experiencia nueva para mí. Nueva y emocionante. Por suerte nunca he sido una persona torpe y los primeros paseos de prueba este fin de semana han dado como resultado un control aceptable sobre la máquina. 

Hoy era el gran estreno. Adentrarse en Barcelona en hora punta para ir a trabajar, todo un reto. Como en cualquier situación donde mi vida está en juego tengo tendencia a la prudencia. Casi es una manía. Me jodería morir, que quieren que les diga. El viaje de ida, por tanto, muy calmadito, ha sido relativamente sencillo y me he sentido satisfecho. Hasta ahí todo bien.  Lo más curioso es que lo que más me está costando asimilar es el ritual previo y posterior a estar encima de la moto. Todavía tengo que pararme a pensar qué debo hacer primero… casco, guantes, chaqueta, candado… joder, demasiadas cosas, aún no he conseguido asumir como rutina una secuencia automática de acciones para pasar de ser un motorista a un simple peatón, o a la inversa, y mis movimientos son lentos y torpes. 

Por eso, lo primero que he hecho nada más llegar al trabajo ha sido romper el casco. El casco nuevo, porque me lo compré hace poco expresamente para ir en moto. Lo he dejado en el asiento mientras intentaba poner la pata de la moto y en un gesto brusco el casco ha caído al suelo dando lugar a una fisura en una de las tomas de aire de la parte superior, y además ha rodado calle abajo. La fortuna en esta ocasión ha sido generosa pues ha parado el casco en un árbol próximo, muy cerquita pero sin llegar a tocar una traicionera mierda de perro que allí esperaba humillar al primer despistado. Menos mal, mis compañeros estaban hoy expectantes por mi primer trayecto en moto al trabajo y no sé cómo hubiera podido justificar una mierda de perro pegada en el casco. 

La vuelta se presentaba más o menos igual de tranquila que la ida, quizá añadiendo algo más de confianza a mi conducción. Sin embargo, debido a esa falta de rutina en la fase previa a subirme en la moto, al poco de estar circulando he caído en la cuenta de que tenía un chicle en la boca. Con el casco aprisionándome los pómulos y la barbilla me resultaba difícil masticar así que he decidido tirarlo. He subido la visera en plena marcha como he podido (no crean que me ha resultado fácil) y lo he escupido al exterior. No sé muy bien qué clase de parábola extraña ha hecho, ni donde coño ha rebotado, pero, manda güevos, el chicle ha vuelto a entrar en el casco y se ha colocado justo por debajo de mi ojo. Como aún tenía la visera abierta he intentado quitármelo introduciendo la mano, con guante incluido, por la obertura. Casi me saco un ojo inútilmente porque el chicle se ha deslizado un poco más hacia abajo, quedando atrapado en el surco que quedaba entre mi pómulo y mi nariz. 

Genial, mi estreno como motorista y me cruzo Barcelona con un chicle pegado en la cara… En los semáforos he agachado la cabeza haciendo ver que me subía los calcetines para evitar la mirada del resto de motoristas porque, si mis torpes movimientos ya evidenciaban mi inexperiencia, motivo de sobra para que me miraran, he querido evitar, por lo menos, que me vieran con un chicle pegado en la cara; no sé por qué clase de imbécil me hubieran tomado entonces. 

Mientras circulaba he empezado una serie de estúpidos y absurdos movimientos faciales, muecas impensables, con el único fin de desplazar el chicle hacia un lugar menos visible. Estaba tan concentrado en la tarea que no sé si alguien me habrá visto en plena acción. Y ahora, en casa, se me ocurre imaginar qué clase de pensamientos me vendrían a la cabeza si viera a un tio en moto con un chicle pegado en la cara y haciendo extrañas muecas que ni el feo de los Calatrava podría igualar. 

Al final, por cierto, lo he conseguido y el chicle ha caído más o menos por donde aparece el hoyuelo izquierdo. Curiosamente, a pesar de que ya no había motivos para hacer el ridículo más de lo necesario en los semáforos, me he sentido un pardillo motorizado durante todo el trayecto a casa. Porque aunque no se viera yo sabía que el chicle estaba ahí, lo notaba pegado a mi, y el hecho de no estar a la vista tan solo me libraba de la humillación ajena pero no de la auto humillación. El chicle me recordaba a cada milímetro de recorrido mi condición de novato. 

Por fin he llegado al garaje. Me he olvidado completamente de rutinas ni hostias propias de final de trayecto y me he quitado el casco apresuradamente en busca del puto chicle. En un acto lleno de rabia e incivismo lo he lanzado con fuerza al otro extremo del parking. Después he terminado el resto de la rutina y me he dirigido al ascensor. Nada más abrirse las puertas he podido leer en el espejo mis pensamientos reflejados en mi propia expresión. Soy un pardillo, pero he llegado entero. 

Lo que más me molesta es que el destino se empeñe en plantarme delante situaciones para recordármelo. Si yo ya lo sé, joder, que ya lo sé!              

    

 

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20 Marzo 2007

Pasiones latentes

Antes de publicar este post (el cual, les aviso de antemano, les va a resultar denso y espeso) lo he releído y debo decirles que me he dado cuenta de que quizás me conocen más de lo que creen. Incluso diría que me conocen más de lo que creo yo. Tiendo a reflexionar, como habrán visto, sobre lo cotidiano. Es posible que de esas reflexiones saquen alguna conclusión, un esbozo parcial sobre algún aspecto de mi persona, sin embargo, se habrán fijado ustedes que tiendo a menudo a exponer de dónde vienen esas reflexiones, y es ahí donde realmente se perfila con más nitidez la persona. El saber qué las origina aporta mucha más información que el propio discurso del individuo. No es información evidente pero ahí está, al alcance de quien quiera verla.

Sin embargo hoy no hay porqués. Ninguna estupidez, como suele ser habitual, ha provocado este post . Lo que van a leer a continuación es puro entretenimiento, sin sentido ni objetivo, el resultado de que ayer me acabara el libro en el trayecto de ida al trabajo, de que se me agotara la batería del ipod y de que, por culpa del transporte público, tardara dos horas y media en llegar a casa sin ningún tipo de entretenimiento.

Todo empezó mientras caminaba hacia el metro y me asaltaron las ganas de tocar la guitarra en cuanto llegara a casa. Fue un impulso breve e intenso, fruto sin duda de un deseo contenido. Y es que enseguida recordé que debido al corte que me hice en el dedo índice mientras preparaba el conejo al horno no puedo tocar la guitarra. Todo empezó, repito, con este inocente pensamiento que poco a nada tiene que ver con lo explicado a continuación…

En el fondo lo que nos mueve en cada instante dedicado al ocio, el interés hacia algo, la apetencia de realizar una determinada actividad, no es más que la consecuencia de un hecho casual que favorece inclinar la balanza de nuestras preferencias a favor de una descartando las demás. El cansancio, por ejemplo, puede relegar el gusto por la lectura en favor de la música, el estrés puede potenciar una actividad más enérgica, o todo lo contrario, más relajada, dejando al margen las opuestas… De aquí se deduce que nuestras actividades voluntarias se manifiestan dependiendo de la fuerza que ejerzan contra los factores externos, haciendo despuntar, en un momento concreto, una en detrimento del resto. Así, la variedad de intereses, como ocurre en mi caso, significa equilibrio de fuerzas (o de debilidades, según se mire), y lo que hace un tiempo definía como dispersión ahora se me presenta, después de volver sobre el tema, como una distribución de intereses altamente influenciables por elementos externos.

Esto, tan complejo de entender, se resumiría fácilmente de esta forma: funciono por rachas, temporadas en las que me apasiono por algo hasta que, de alguna manera, este objeto de pasión queda desplazado por otro en función de algún elemento externo que influye sobre mi. Y todo se vuelve cíclico, una constante y harmoniosa cadencia de intereses, olvidados por temporadas, y retomados constantemente tras un periodo irregular imposible de definir. Pasiones permanentemente latentes, dormidas en un sueño liviano.

Hace tiempo pensé que esta distribución de intereses era la culpable de no despuntar en nada a pesar de sentir verdadera pasión por muchas cosas. Siempre estuve convencido, como ahora lo sigo estando, de que dominar un materia, cualquiera, quedaba fuera de mi alcance precisamente porque mi tiempo se dividía en demasiadas cosas.

Sin embargo, la razón principal es mucho más sencilla de entender y creo que con un ejemplo lo comprenderán de inmediato. Yo jamás seré una persona culta (entendiéndose como culta aquella persona que posee amplios conocimientos de, digámoslo así, materias que tienen una profundidad únicamente alcanzable a través del estudio y la retención de información), mi mente no está preparada para eso, su funcionamiento es completamente inadecuado. Lo bueno de asumirlo es que de inmediato encuentras razones positivas para no dejar de intentarlo, y esto me ocurre con todo lo que hago. Al final, pienso, siempre quedan restos en mi cabeza, posos de información, ideas intuidas, conceptos… escasos datos en definitiva que me ayudan a entender a quien de verdad posee los conocimientos.

Afortunadamente ninguna actividad del ser humano, incluidas las artísticas, está completamente aislada del propio comportamiento global de la persona. Desde este punto de vista, y gracias a los posos antes mencionados, alguien como yo puede acercarse a un tema que no domina partiendo de un punto mucho más cercano y asequible, alejado de los datos. Es decir, abordándolo de acuerdo a un proceso mental más analítico donde el conocimiento no es tan importante como el entendimiento. Pintura, escultura, literatura, música, historia, mitología… en cualquiera de ellas me veo incapaz de retener a largo plazo nombres, fechas, hechos o cualquier tipo de información de relevancia que suponga una memorización. No estoy preparado para eso, ni lo estaré. Pero me basta (y aquí el asumirlo conlleva cierto conformismo práctico) con verme capaz de comprender puntualmente las explicaciones de otro y enriquecerme a costa de los demás para después dejar ese conocimiento aletargado en mi cerebro hasta la próxima ocasión.
 
De hecho no hay nada más enriquecedor que hablar con alguien que sabe más que tú, en eso creo que estaremos todos de acuerdo. O que aborda los temas de diferente manera. Porque, no nos engañemos, conversar cuando se comparte el mismo punto de vista y se poseen los mismos conocimientos es una forma amena de engañar al tiempo, de pasar el rato confirmando lo que ya sabes en boca de otros, pero dista de ser una experiencia enriquecedora.

¿Comprenden ahora por qué intento mantener la mente ocupada (o dormida) con libros y/o música en los trayectos diarios?

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18 Marzo 2007

Fin de semana bricochef

Sábado, salgo de comprar material de bricolaje en un centro comercial. Mientras camino hacia el coche cojo el móvil y, entre dudas, sin demasiada convicción, hago una llamada, una débil tentativa de cenar acompañado y tal vez tomar una copa. Fracaso. Pues nada, que le den al mundo, me voy a mi casa.

Hace buena temperatura así que decido instaurar el verano en mi reino por una noche. Pongo música de verano. Dire Stratits. Algunas de sus canciones me recuerdan a aquellos veranos de mi infancia en Sevilla y a los largos desplazamientos, que nunca se hicieron largos, en el Renault 12 blanco.

Cena tapeo, como manda una noche estival: morcillita frita, choricito frito, taquitos de queso, revuelto de olivas rellenas, atún y pimientos de piquillo, un poquito de fuet y que no falte “pa amb tomàquet”.

Mientras ceno se acaba el cd “Brothers in Arms” y pongo “Making movies”, que no me recuerda tanto a Sevilla pero como me he metido ya media botella de Rioja en el cuerpo me recordará a lo que a mi me de la gana.

Acabo de cenar. No me he bebido toda la botella pero casi, mañana la remato. Me fumo un cigarro y poco después se acaba la noche de verano.

Domingo. Me levanto a las 7:15 sin sueño. Primero, desayuno estándar, Cola-Cao con madalenas. Tengo cosas que hacer pero es pronto para joderles la resaca a los vecinos con el taladro. Enciendo el ordenador y escribo un poco. Lo apago. Manos a la obra…

Modifico dos enchufes y dos conmutadores de la habitación grande que, por un despiste mio al pedir el cabezal de la cama, quedaron por detrás. Después de un rato peleándome con los cables vuelvo a tener enchufes e interruptores. Se acabó apagar la luz desde fuera y por fin podré poner la lamparita en la mesita para leer.

Segunda tarea. Cuelgo el espejo delante de la cama para que por las mañanas, recién levantado, me recuerde que soy humano y vulnerable. Y para alguna cosa más que no recuerdo.

Tercero. El plafón ikea del techo de la habitación pequeña. Sin complicaciones. Una bombilla menos colgando.

A la mierda el bricolaje, ya me he cansado. Me pongo el disfraz de chef encima del pijama.

Disfraz de chef

El trapo es como las gafas de superman, apenas varia tu aspecto pero lo cambia todo.

Menú del día: Conejo al horno. Troceo unas patatas y las frío un poco. Unto el conejo de aceite y lo salpimento. Cebolla, ajo, perejil, pimientos, unos dátiles, las patatas y el conejo van a una bandeja que introduzco en el horno previamente calentado. Me corto el dedo porque soy imbécil y continuo. Cuando ha pasado un cuarto de hora le añado un poco de agua con una pastilla de avecrem mercadona disuelta. A ver que sale.
Es mi primer conejo (al horno) así que le hago esta foto porque ahora soy un aprendiz de chef orgulloso.

 Conejo al entrar al horno  

Le hago esta otra porque, como ya he dicho, además soy imbécil y se me ha caído la bandeja mientras hacía el capullo con el móvil.

 Conejo que se resiste a entrar al horno

Mientras espero me vuelvo a probar el casco que me he comprado. Sí, he vendido el coche y me he comprado una moto que no corre para ir más lento pero llegar antes a los sitios, paradojas de las grandes urbes (… había escrito ubres, en que estaría yo pensando…). Nunca he llevado moto y me hace ilusión; esta semana me la entregan, estoy ansioso por tenerla. Me pruebo también la chaqueta roja que me ha regalado mi cuñado porque no la usaba, quizás porque no tiene moto. No quise preguntarle el porqué de la chaqueta si no tiene moto, pero en el fondo me da igual. Aunque el color no me entusiasma me ha salido gratis, es lo único que importa ahora. Me doy un par de vueltas por la casa con el casco y la chaqueta roja. De pronto la situación me parece absurda, dando vueltas así parezco un inverosímil Darth Vader vestido de pizzero. De esta no les pongo foto, prefiero hacer el ridículo en la intimidad.

Reflexiono, vestido así no me hace falta el espejo para sentirme humano y vulnerable. Ni imbécil. Tendré que darle otros usos. A pesar de eso, antes de quitarme el disfraz voy a echarme una última mirada para confirmarlo.

Por cierto, el conejo (al horno) buenísimo aunque demasiado conejo para mí (nunca pensé que diría esta frase).

 Conejo en el plato

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13 Marzo 2007

Mi fracaso en la optimización

A veces me cuestiono por qué se me da bien lo que se me da bien. Y analizo. Y busco las razones. A veces creo que soy el resultado de mi propia optimización mental.

Optimización que se traduce en aplicaciones prácticas hasta tal punto de ser la razón principal de mi inclinación profesional. Consecuencia de esto, de la optimización, son también mis pequeñas batallas diarias, constantes, por mejorar en todo aquello que no consigo dominar, en todo lo que no me proporciona un grado de satisfacción aceptable. Batallas donde prima la estrategia intentando adaptar las acciones a mi comportamiento natural, convirtiéndolas en una secuencia de acción concordante a mi estructura mental. Esto es, eliminando esfuerzos en aquello que, de entrada, me resulta difícil. Fracaso casi siempre. Como mucho obtengo pequeñas victorias que duran cierto tiempo. A pesar de eso resulta evidente para mí, como conclusión, que el objetivo no es la victoria sino la propia batalla diaria. La optimización se revela entonces como una forma de vida. 

En realidad todo lo dicho es más sencillo, y complicado a la vez. Sencillo de entender pero complicado de explicar porque nos movemos ahora en ese espacio donde la intuición posee la certeza de lo inexplicable. La intuición no necesita de argumentos, entiende las complejas variables entretejidas a la realidad del momento, actúa en la inmediatez del ahora, sin planificar, atendiendo a múltiples factores que escapan al intelecto.  Sin embargo la intuición solo me salva en terreno conocido y controlable. Allí donde me muevo con soltura, y tal vez por eso también se hace palpable su presencia. Pero está ausente siempre en las batallas, en las perdidas me refiero (y probablemente en las ganadas), no encuentro su rastro en la derrota, y me pregunto de qué manera podría invocar su implicación. En la estrategia, claro, ahí es donde debería aparecer, sobre el mapa, en el esquema mental, cubriendo los flancos, ayudando en artillería, dirigiendo el movimiento del pelotón, incluso enarbolando la bandera… pero no, nunca sé cómo hacerlo y por eso acabo perdiendo. Quizá porque la intuición solo aparece en los retos, nunca en las batallas. 

Todo esto para decir que odio planchar. Lo odio tanto como odio no encontrar una manera para dejar de odiarlo, y no se me ocurre ninguna forma de acercar esta actividad a mi esquema mental, a mi forma de hacer, hallar un acercamiento ínfimo que me permita soliviantar esta pesada carga y que no se me plantee siempre como una odisea. 

Odio planchar, repito, y me sumerjo en pensamientos profundos, análisis complejos, cuestionando mi propia forma de ser, buscando remiendos a una personalidad que debería cambiar apenas nada en lo que me resta de vida. Odio planchar hasta tal punto que me dan ganas de colgar carteles anunciando mi propia ineptitud e incapacidad, solicitando ayuda a cambio de algo que se me de bien, sin olvidar mis tendencias, por supuesto… “Busco mujer que sepa planchar y no le importe hacerlo por mi…” debería empezar este grito de lamento, machista como equivocadamente opinará más de uno, o una, o todos, y sin embargo no deja de ser eso, una llamada de socorro. Sin olvidar mis tendencias, por supuesto.  Y a cambio, pues eso, cualquier cosa que se me de bien.  

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4 Marzo 2007

Me cago en la puta

Domingo. Me levanto pronto después de haberme acostado muy tarde así que vuelvo a sentir esa sensación de inacabado descanso, espesura corporal y ánimo adormilado. Pese a todo mi cuerpo parece responder con cierta agilidad a mis órdenes. Mientras desayuno repaso mentalmente todas aquellas cosas por las que tendré remordimientos al acabar el día. Es la misma lista de anoche, esa lista de cosas que tenía que hacer hoy. Decido posponer la mayoría para la semana siguiente mientras cae la primera madalena en el Cola Cao, e indefinidamente las demás con la segunda. Acabo de desayunar contento porque hoy ya no tengo que hacer nada.

Pierdo la mañana haciendo otras cosas que luego, inexplicablemente, recordaré como si no hubiera hecho nada. Salgo a comer. Esta semana me he portado bien, mi dieta ha sido sana y equilibrada así que decido castigar el cuerpo para que no se acostumbre. Menú rápido que mi estómago arrastrará toda la tarde. Hace un día cojonudo, mucho sol y el termómetro marca 26 grados. Decido volver a casa hasta que se me ocurra como aprovecharlo sin demasiado esfuerzo.

Conduzco hasta las inmediaciones de mi edificio, debo rodearlo para entrar en el parking. Veo un camión de bomberos justo delante de la portería, justo debajo de mi piso. Freno, saco la cabeza por la ventanilla buscando humo en mis ventanas. Nada, no hay humo. Tampoco veo agua. Ni rayos ni truenos, pero hay un camión de bomberos, algo pasa. Aparco y me aproximo a la portería. Algunos de mis vecinos están fuera. Llego y saludo con un “qué coño pasa ahora”. Me asomo al rellano y está todo inundado, mi vista repara en que sale agua por las puertas de los ascensores. Debe ser un nuevo sistema hidráulico. Así, de entrada y sin pensar, me cago en la puta, que es ese ser anónimo que se lleva las primeras culpas cuando no sé aún a quien culpar.

Repito el saludo para que algún vecino me explique cortésmente qué coño pasa. El circuito de las placas solares que calienta los acumuladores ha reventado, y parece ser que también el acumulador del bajos 5ª, a juzgar por el agua que sale por debajo de su puerta. Bienvenido al club, yo fui el pionero de mi comunidad en reventar el acumulador. Por si no lo saben, el acumulador es una especie de termo calentado por energía solar, una medida de ahorro, ecológica y obligatoria desde hace un año más o menos (aquí en Cataluña, desconozco si es así en otros lugares) en todas las nuevas construcciones.

Genial, víctimas de la sostenibilidad chapucera y el ecologismo barato puesto en manos de las constructoras. Me dan ganas de tirar las botellas de vidrio en el contenedor de cartón, para joder, pero de inmediato me doy cuenta de que no tiene sentido cabrearse con el medio ambiente. Me cagaría en la puta pero ya lo he hecho sin resultados, podría probar con la madre del constructor por no haberle comprado un excalextric a su niño en lugar del tente, así ahora tendríamos un mal conductor de autobuses u otro taxista estándar y mi comunidad no estaría inundada, sin embargo se me ocurre una idea mucho más eficaz para el momento. Subo a casa. Entro y salgo disparado con lo necesario. Tengo un objetivo, ¿alguien puede poner freno a eso? No, claro que no. Me presento en el rellano ante todos mis vecinos con un mocho en la mano cual caballero con su lanza. No he sido el único, y lo que es peor, tampoco he sido el primero. Hay mucho héroe por este barrio, menuda mierda, ya ni en eso puedo destacar. Lástima, otra hazaña a mi altura que se me escapa de las manos. Tendré que conformarme con seguir siendo el vecino raro que vive sin tele.

Llega el pobre del bajos 5ª. Abre su puerta y corremos todos a chafardear porque mola un huevo ver un piso inundado cuando no es el tuyo. Sin embargo, ver tanta agua me trae tristes recuerdos cercanos. Por suerte para él nuestra morbosidad innata no invalida nuestra camaradería y entramos cinco o seis vecinos a ayudarle con el desastre. Mientras, mi vecina de abajo se enrolla y se ofrece a prepararnos unos cafés. Se ha quedado sin leche y yo me ofrezco a poner la mía, aunque dicho así suene fatal. Qué menos que compartir mi leche con los vecinos, aunque también suene fatal. Ya llegarán los tiempos en que tendré que repartir también mi mala leche entre algunos de ellos, pero hoy somos una piña, un equipo, una comunidad. Todos contra el agua.

Acabada la faena decidimos tomar nuevamente medidas legales contra la constructora (además de las ya iniciadas) porque estamos hasta las narices de que nos pasen cosas de este tipo. Nos juntamos seis y vamos a la comisaría de los Mossos d’Esquadra, los policías nacionales versión Estatut. Allí nos vienen a decir con buenas palabras que sabemos quejarnos muy bien pero que no tenemos ni puta idea de a quien hacerlo y que ellos no son los más indicados para cursar esa clase de cabreos colectivos. Ya en la calle pensamos que como lo nuestro es de juzgado de guardia  podríamos probar con el juzgado de guardia, a ver si allí alguien se traga nuestra mala hostia y nos podemos volver a casa más calmaditos. Como eso de los juzgados huele a funcionariado decidimos preguntar en la comisaría antes de ir. Efectivamente, nos dicen que los domingos no está abierto y menos si hace buen día, que el complemento “de guardia” es porque ya tenían la plaquita hecha, que no es plan de despilfarrar el dinero de los contribuyentes haciendo otra nueva y que siendo funcionarios se sobreentiende que los domingos no los vas a encontrar. Debe ser que los domingos nunca pasa nada. En ese momento el Getafe mete un gol al Madrid y nuestro problema pierde todo el interés de las fuerzas locales, o nacionales, o lo que coño sean.

Volvemos a casa resignados, cada uno a la suya y dios en la de todos sin pagar un puto duro de la hipoteca, que para eso es dios. Yo me quedo con las ganas de partirle la cara a alguien, aunque solo sea un poquito, y por eso escribo esto, que es un remedio tan inútil como cagarse en la puta.

 

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