Mi fracaso en la optimización
A veces me cuestiono por qué se me da bien lo que se me da bien. Y analizo. Y busco las razones. A veces creo que soy el resultado de mi propia optimización mental.
Optimización que se traduce en aplicaciones prácticas hasta tal punto de ser la razón principal de mi inclinación profesional. Consecuencia de esto, de la optimización, son también mis pequeñas batallas diarias, constantes, por mejorar en todo aquello que no consigo dominar, en todo lo que no me proporciona un grado de satisfacción aceptable. Batallas donde prima la estrategia intentando adaptar las acciones a mi comportamiento natural, convirtiéndolas en una secuencia de acción concordante a mi estructura mental. Esto es, eliminando esfuerzos en aquello que, de entrada, me resulta difícil. Fracaso casi siempre. Como mucho obtengo pequeñas victorias que duran cierto tiempo. A pesar de eso resulta evidente para mí, como conclusión, que el objetivo no es la victoria sino la propia batalla diaria. La optimización se revela entonces como una forma de vida.
En realidad todo lo dicho es más sencillo, y complicado a la vez. Sencillo de entender pero complicado de explicar porque nos movemos ahora en ese espacio donde la intuición posee la certeza de lo inexplicable. La intuición no necesita de argumentos, entiende las complejas variables entretejidas a la realidad del momento, actúa en la inmediatez del ahora, sin planificar, atendiendo a múltiples factores que escapan al intelecto. Sin embargo la intuición solo me salva en terreno conocido y controlable. Allí donde me muevo con soltura, y tal vez por eso también se hace palpable su presencia. Pero está ausente siempre en las batallas, en las perdidas me refiero (y probablemente en las ganadas), no encuentro su rastro en la derrota, y me pregunto de qué manera podría invocar su implicación. En la estrategia, claro, ahí es donde debería aparecer, sobre el mapa, en el esquema mental, cubriendo los flancos, ayudando en artillería, dirigiendo el movimiento del pelotón, incluso enarbolando la bandera… pero no, nunca sé cómo hacerlo y por eso acabo perdiendo. Quizá porque la intuición solo aparece en los retos, nunca en las batallas.
Todo esto para decir que odio planchar. Lo odio tanto como odio no encontrar una manera para dejar de odiarlo, y no se me ocurre ninguna forma de acercar esta actividad a mi esquema mental, a mi forma de hacer, hallar un acercamiento ínfimo que me permita soliviantar esta pesada carga y que no se me plantee siempre como una odisea.
Odio planchar, repito, y me sumerjo en pensamientos profundos, análisis complejos, cuestionando mi propia forma de ser, buscando remiendos a una personalidad que debería cambiar apenas nada en lo que me resta de vida. Odio planchar hasta tal punto que me dan ganas de colgar carteles anunciando mi propia ineptitud e incapacidad, solicitando ayuda a cambio de algo que se me de bien, sin olvidar mis tendencias, por supuesto… “Busco mujer que sepa planchar y no le importe hacerlo por mi…” debería empezar este grito de lamento, machista como equivocadamente opinará más de uno, o una, o todos, y sin embargo no deja de ser eso, una llamada de socorro. Sin olvidar mis tendencias, por supuesto. Y a cambio, pues eso, cualquier cosa que se me de bien.
Escrito el 14 Marzo, 2007 Hora 2:04
Escrito el 14 Marzo, 2007 Hora 8:41
Escrito el 14 Marzo, 2007 Hora 10:58
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Escrito el 20 Febrero, 2008 Hora 11:21