Pasiones latentes
Antes de publicar este post (el cual, les aviso de antemano, les va a resultar denso y espeso) lo he releído y debo decirles que me he dado cuenta de que quizás me conocen más de lo que creen. Incluso diría que me conocen más de lo que creo yo. Tiendo a reflexionar, como habrán visto, sobre lo cotidiano. Es posible que de esas reflexiones saquen alguna conclusión, un esbozo parcial sobre algún aspecto de mi persona, sin embargo, se habrán fijado ustedes que tiendo a menudo a exponer de dónde vienen esas reflexiones, y es ahí donde realmente se perfila con más nitidez la persona. El saber qué las origina aporta mucha más información que el propio discurso del individuo. No es información evidente pero ahí está, al alcance de quien quiera verla.
Sin embargo hoy no hay porqués. Ninguna estupidez, como suele ser habitual, ha provocado este post . Lo que van a leer a continuación es puro entretenimiento, sin sentido ni objetivo, el resultado de que ayer me acabara el libro en el trayecto de ida al trabajo, de que se me agotara la batería del ipod y de que, por culpa del transporte público, tardara dos horas y media en llegar a casa sin ningún tipo de entretenimiento.
Todo empezó mientras caminaba hacia el metro y me asaltaron las ganas de tocar la guitarra en cuanto llegara a casa. Fue un impulso breve e intenso, fruto sin duda de un deseo contenido. Y es que enseguida recordé que debido al corte que me hice en el dedo índice mientras preparaba el conejo al horno no puedo tocar la guitarra. Todo empezó, repito, con este inocente pensamiento que poco a nada tiene que ver con lo explicado a continuación…
En el fondo lo que nos mueve en cada instante dedicado al ocio, el interés hacia algo, la apetencia de realizar una determinada actividad, no es más que la consecuencia de un hecho casual que favorece inclinar la balanza de nuestras preferencias a favor de una descartando las demás. El cansancio, por ejemplo, puede relegar el gusto por la lectura en favor de la música, el estrés puede potenciar una actividad más enérgica, o todo lo contrario, más relajada, dejando al margen las opuestas… De aquí se deduce que nuestras actividades voluntarias se manifiestan dependiendo de la fuerza que ejerzan contra los factores externos, haciendo despuntar, en un momento concreto, una en detrimento del resto. Así, la variedad de intereses, como ocurre en mi caso, significa equilibrio de fuerzas (o de debilidades, según se mire), y lo que hace un tiempo definía como dispersión ahora se me presenta, después de volver sobre el tema, como una distribución de intereses altamente influenciables por elementos externos.
Esto, tan complejo de entender, se resumiría fácilmente de esta forma: funciono por rachas, temporadas en las que me apasiono por algo hasta que, de alguna manera, este objeto de pasión queda desplazado por otro en función de algún elemento externo que influye sobre mi. Y todo se vuelve cíclico, una constante y harmoniosa cadencia de intereses, olvidados por temporadas, y retomados constantemente tras un periodo irregular imposible de definir. Pasiones permanentemente latentes, dormidas en un sueño liviano.
Hace tiempo pensé que esta distribución de intereses era la culpable de no despuntar en nada a pesar de sentir verdadera pasión por muchas cosas. Siempre estuve convencido, como ahora lo sigo estando, de que dominar un materia, cualquiera, quedaba fuera de mi alcance precisamente porque mi tiempo se dividía en demasiadas cosas.
Sin embargo, la razón principal es mucho más sencilla de entender y creo que con un ejemplo lo comprenderán de inmediato. Yo jamás seré una persona culta (entendiéndose como culta aquella persona que posee amplios conocimientos de, digámoslo así, materias que tienen una profundidad únicamente alcanzable a través del estudio y la retención de información), mi mente no está preparada para eso, su funcionamiento es completamente inadecuado. Lo bueno de asumirlo es que de inmediato encuentras razones positivas para no dejar de intentarlo, y esto me ocurre con todo lo que hago. Al final, pienso, siempre quedan restos en mi cabeza, posos de información, ideas intuidas, conceptos… escasos datos en definitiva que me ayudan a entender a quien de verdad posee los conocimientos.
Afortunadamente ninguna actividad del ser humano, incluidas las artísticas, está completamente aislada del propio comportamiento global de la persona. Desde este punto de vista, y gracias a los posos antes mencionados, alguien como yo puede acercarse a un tema que no domina partiendo de un punto mucho más cercano y asequible, alejado de los datos. Es decir, abordándolo de acuerdo a un proceso mental más analítico donde el conocimiento no es tan importante como el entendimiento. Pintura, escultura, literatura, música, historia, mitología… en cualquiera de ellas me veo incapaz de retener a largo plazo nombres, fechas, hechos o cualquier tipo de información de relevancia que suponga una memorización. No estoy preparado para eso, ni lo estaré. Pero me basta (y aquí el asumirlo conlleva cierto conformismo práctico) con verme capaz de comprender puntualmente las explicaciones de otro y enriquecerme a costa de los demás para después dejar ese conocimiento aletargado en mi cerebro hasta la próxima ocasión.
De hecho no hay nada más enriquecedor que hablar con alguien que sabe más que tú, en eso creo que estaremos todos de acuerdo. O que aborda los temas de diferente manera. Porque, no nos engañemos, conversar cuando se comparte el mismo punto de vista y se poseen los mismos conocimientos es una forma amena de engañar al tiempo, de pasar el rato confirmando lo que ya sabes en boca de otros, pero dista de ser una experiencia enriquecedora.
¿Comprenden ahora por qué intento mantener la mente ocupada (o dormida) con libros y/o música en los trayectos diarios?