En moto voy, en moto vengo
Recordarán de un post anterior que me compré una moto. Yo jamás había llevado un trasto de esos así que era una experiencia nueva para mí. Nueva y emocionante. Por suerte nunca he sido una persona torpe y los primeros paseos de prueba este fin de semana han dado como resultado un control aceptable sobre la máquina.
Hoy era el gran estreno. Adentrarse en Barcelona en hora punta para ir a trabajar, todo un reto. Como en cualquier situación donde mi vida está en juego tengo tendencia a la prudencia. Casi es una manía. Me jodería morir, que quieren que les diga. El viaje de ida, por tanto, muy calmadito, ha sido relativamente sencillo y me he sentido satisfecho. Hasta ahí todo bien. Lo más curioso es que lo que más me está costando asimilar es el ritual previo y posterior a estar encima de la moto. Todavía tengo que pararme a pensar qué debo hacer primero… casco, guantes, chaqueta, candado… joder, demasiadas cosas, aún no he conseguido asumir como rutina una secuencia automática de acciones para pasar de ser un motorista a un simple peatón, o a la inversa, y mis movimientos son lentos y torpes.
Por eso, lo primero que he hecho nada más llegar al trabajo ha sido romper el casco. El casco nuevo, porque me lo compré hace poco expresamente para ir en moto. Lo he dejado en el asiento mientras intentaba poner la pata de la moto y en un gesto brusco el casco ha caído al suelo dando lugar a una fisura en una de las tomas de aire de la parte superior, y además ha rodado calle abajo. La fortuna en esta ocasión ha sido generosa pues ha parado el casco en un árbol próximo, muy cerquita pero sin llegar a tocar una traicionera mierda de perro que allí esperaba humillar al primer despistado. Menos mal, mis compañeros estaban hoy expectantes por mi primer trayecto en moto al trabajo y no sé cómo hubiera podido justificar una mierda de perro pegada en el casco.
La vuelta se presentaba más o menos igual de tranquila que la ida, quizá añadiendo algo más de confianza a mi conducción. Sin embargo, debido a esa falta de rutina en la fase previa a subirme en la moto, al poco de estar circulando he caído en la cuenta de que tenía un chicle en la boca. Con el casco aprisionándome los pómulos y la barbilla me resultaba difícil masticar así que he decidido tirarlo. He subido la visera en plena marcha como he podido (no crean que me ha resultado fácil) y lo he escupido al exterior. No sé muy bien qué clase de parábola extraña ha hecho, ni donde coño ha rebotado, pero, manda güevos, el chicle ha vuelto a entrar en el casco y se ha colocado justo por debajo de mi ojo. Como aún tenía la visera abierta he intentado quitármelo introduciendo la mano, con guante incluido, por la obertura. Casi me saco un ojo inútilmente porque el chicle se ha deslizado un poco más hacia abajo, quedando atrapado en el surco que quedaba entre mi pómulo y mi nariz.
Genial, mi estreno como motorista y me cruzo Barcelona con un chicle pegado en la cara… En los semáforos he agachado la cabeza haciendo ver que me subía los calcetines para evitar la mirada del resto de motoristas porque, si mis torpes movimientos ya evidenciaban mi inexperiencia, motivo de sobra para que me miraran, he querido evitar, por lo menos, que me vieran con un chicle pegado en la cara; no sé por qué clase de imbécil me hubieran tomado entonces.
Mientras circulaba he empezado una serie de estúpidos y absurdos movimientos faciales, muecas impensables, con el único fin de desplazar el chicle hacia un lugar menos visible. Estaba tan concentrado en la tarea que no sé si alguien me habrá visto en plena acción. Y ahora, en casa, se me ocurre imaginar qué clase de pensamientos me vendrían a la cabeza si viera a un tio en moto con un chicle pegado en la cara y haciendo extrañas muecas que ni el feo de los Calatrava podría igualar.
Al final, por cierto, lo he conseguido y el chicle ha caído más o menos por donde aparece el hoyuelo izquierdo. Curiosamente, a pesar de que ya no había motivos para hacer el ridículo más de lo necesario en los semáforos, me he sentido un pardillo motorizado durante todo el trayecto a casa. Porque aunque no se viera yo sabía que el chicle estaba ahí, lo notaba pegado a mi, y el hecho de no estar a la vista tan solo me libraba de la humillación ajena pero no de la auto humillación. El chicle me recordaba a cada milímetro de recorrido mi condición de novato.
Por fin he llegado al garaje. Me he olvidado completamente de rutinas ni hostias propias de final de trayecto y me he quitado el casco apresuradamente en busca del puto chicle. En un acto lleno de rabia e incivismo lo he lanzado con fuerza al otro extremo del parking. Después he terminado el resto de la rutina y me he dirigido al ascensor. Nada más abrirse las puertas he podido leer en el espejo mis pensamientos reflejados en mi propia expresión. Soy un pardillo, pero he llegado entero.
Lo que más me molesta es que el destino se empeñe en plantarme delante situaciones para recordármelo. Si yo ya lo sé, joder, que ya lo sé!
Escrito el 26 Marzo, 2007 Hora 22:17
Escrito el 27 Marzo, 2007 Hora 10:27
Escrito el 27 Marzo, 2007 Hora 19:14
Escrito el 27 Marzo, 2007 Hora 20:58
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 7:41
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 9:33
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 17:17
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 17:33
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 17:44
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 17:53
Escrito el 28 Marzo, 2007 Hora 18:50
Escrito el 29 Marzo, 2007 Hora 0:58
Escrito el 29 Marzo, 2007 Hora 9:41
Escrito el 29 Marzo, 2007 Hora 14:19
Escrito el 29 Marzo, 2007 Hora 16:00
Escrito el 1 Abril, 2007 Hora 15:51
Escrito el 1 Abril, 2007 Hora 16:22
Escrito el 11 Abril, 2007 Hora 20:38
Escrito el 11 Abril, 2007 Hora 21:12
Escrito el 12 Abril, 2007 Hora 0:29
Escrito el 24 Abril, 2007 Hora 21:27