Silogismo enfermizo
Una de las ventajas de vivir en estado perpetuo de despiste es que las preocupaciones no te asaltan hasta el último momento. Eso sí, cuando llegan arrastran tras de sí consecuencias devastadoras porque el tiempo de resolución es mínimo o, como ocurre en la mayoría de los casos, no existe tiempo de resolución. Es el precio de ser despreocupado, las preocupaciones son una inmediata fuente de sufrimiento.
A mi edad, ni mucha ni poca, hay cosas por las que he desistido luchar, se impone la lógica en según que batallas, y mi resignación no es más que el resultado de un silogismo de comportamiento, absurdo en ocasiones, pero viniendo de mi se debe aceptar esta condición como parte de cualquier premisa. También esto está asumido.
Pues bien, ayer me sentí nuevamente víctima de esas consecuencias. Curiosamente no de lo hechos en sí (de esos no se salva nadie pues no hay forma de evitarlos), sino de las consecuencias derivadas de no prever los hechos, y se volvió a hacer patente este silogismo que antes mencionaba. Les relato los hechos.
Como sabrán ustedes mi piso es un espacio en lenta y constante evolución hacia un hogar. Y digo evolución porque cada cambio supone una modificación, aunque sea leve, en mis costumbres, y lenta porque depende de mi voluntad y de mi economía (ambas escasas). En este caso la adaptabilidad se convierte en una forma de supervivencia y cualquier carencia suplida deviene en una mejora en las condiciones de vida. Afortunadamente ahora mismo las carencias son de bajo impacto pues tengo cubiertas las de primera necesidad, excepto el sexo. Esto último se me hace terriblemente evidente cuando el azar me favorece y debo echar mano de un preservativo e inconscientemente miro la fecha de caducidad. Resulta obvio que es una necesidad no cubierta cuando una caja de condones te dura más que un bote de mermelada de mora (y por favor, no me digan que me eche novia, que estoy buscando una solución al sexo, únicamente al sexo… lo de la mermelada me da igual).
A lo que iba. Este silogismo que trato de explicarles tiene que ver con carencias y despreocupaciones. Las carencias se refieren en este caso a la falta de medicamentos y la despreocupación a mi nula previsión por desinterés en el aprovisionamiento mínimo de los mismos. Y es que en el habitual estado de bienestar físico nunca se me ocurre pasar por una farmacia a menos que se me haya gastado el bote de mermelada (ustedes ya me entienden). Y en esos casos mi mente está tan ofuscada por la necesidad inmediata que no reparo en productos que alivien dolores sino que eliminen preocupaciones futuras.
Por eso, lo único que tengo para combatir cualquier tipo de sufrimiento son unas tiritas que encontré en una caja del traslado y alguna botella de Rioja, y como es inevitable que el malestar físico nos atrape tarde o temprano, siempre me pilla desprovisto de medios. Esto sumado además a que soy un auténtico negado con los medicamentos. Recordarán sin duda los más veteranos de mi anterior etapa en el dúplex compartido mi desesperación aquella madrugada en la que a punto estuve de frotarme un gelocatil por los testículos para calmar el escozor de una picadura de mosquito. Y es que a menudo naufrago en mi propia ignorancia y me abandono a la suerte del efecto placebo tras ingerir medicamentos que desconozco.
De esta forma, cuando ayer me atraparon a traición los temblores en las manos, la fatiga, y mi cuerpo se desplomó inexplicablemente a cámara lenta sobre el sofá, lo único que pude hacer, tras valorar las opciones, fue ponerme una tirita en la cara y meterme en la cama con la total convicción de que hoy me encontraría mejor. Sé lo que estarán pensando, y a pesar de eso les diré que ésta fue, sin duda, la mejor opción teniendo en cuenta el poco Rioja que me quedaba.
Supongo que andarán un poco perdidos. Es normal si esperando un silogismo aparecen en la explicación preservativos, gelocatiles, testículos y mermelada de mora. Recordemos de donde venía todo esto. Les decía al principio que mi resignación a aceptar ciertas consecuencias es la conclusión de un silogismo en el cual como proposiciones tenemos por un lado mi despreocupación en cuestiones de salud y la ausencia completa de medicamentos (además de no tener nociones básicas en su aplicación), lo que deriva en pasarlas putas cada vez que me pongo malo, con el consecuente efecto laxante en mi estado de ánimo, pues en esos momentos me cago en todo lo que se menea, y a veces incluso esta expresión se torna literalmente física.
Me veo incapaz de resolver este problema.
A menos que me esfuerce un poquito más y, una de dos:
a) me acerque a una farmacia un día de estos y pida algo para la fiebre, algo para el catarro, algo para el dolor de cabeza, algo para molestias estomacales y un puñado de preservativos, por si acaso.
-Por si acaso qué, preguntará la farmacéutica
-Por si acaso todo, muy a mi pesar.
Y lo etiquete todo bien al llegar a casa para no acabar frotando gelocatiles contra mis genitales ante cualquier síntoma.
b) en pleno proceso degenerativo, cuando mi consciencia aún no se ofusque en el inevitable paso de abandono al padecimiento, llame a la doctora de guardia:
-Doctora, no me encuentro bien, venga usted rápido con algún medicamento… la mermelada y los preservativos los pongo yo.
Siempre hay que buscar el lado práctico.
Escrito el 3 Abril, 2007 Hora 17:28
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