Una noche extraña
Hace días que no consigo centrar mis pensamientos, se evaden en cuanto intento traerlos a un primer plano de la misma forma que escapan las imperceptibles manchas de la retina cuando intento seguirlas con la mirada. Me siento en el sofá y abro el portátil sin demasiado convencimiento. Abro también un Rioja y dejo que Nina Simone temple el ambiente.
Recuerdo mis últimos movimientos en la cocina antes de sentarme. Precisos, seguros, llevados por la certeza del conocimiento exacto de los utensilios que yo mismo decidí colocar en un lugar y no en otro. Todavía es reciente el recuerdo de aquellos días en los que nada tenía un lugar. Pero la vida tiende a asentarse, y las costumbres. También los objetos, colocados a veces de manera provisional quedándose allí para siempre, como algunos amigos.
El piano me obliga a cerrar los ojos por un instante. Nunca he sabido a quien culpar de no saber tocar el piano.
Otro pensamiento rompe en mi cabeza. No se debería castigar los errores de la intuición. La humanidad está condenada a arrastrar el lastre del aprendizaje por repetición.
Se me escapa una lágrima.
Sabía yo que la melancolía me atraparía esta noche.
Suena el teléfono de guardia del trabajo. Son las 22:45.
No llego a tiempo de responder y llamo al número que aparece en el registro de últimas llamadas. Contesta el puesto de la Guardia Civil de Puerto del Rosario, que nada tiene que ver con la fabricación de productos lácteos.
Está siendo una noche muy extraña.
Creo que iré a un bar a tomarme un par de cubatas. Por los buenos recuerdos. Y porque lo que ahora vivo es la semilla de muchos más.