Perfeccionismo intrusivo
En mis días hay una lucha constante entre la perfección y la dejadez que dificulta cualquier intento por discernir cuánto hay de virtud y cuánto de actitud en todo lo que hago. Es una ecuación sin resolver en mi vida.
Existen personas perfeccionistas, llegando a límites casi obscenos, que ejecutan sus acciones siempre bajo la influencia de un estricto sentido de la pulcritud. En mi caso suele haber una lucha previa y la perfección es la segunda reacción que anula el principio de dejadez que rige el primer impulso.
No acabo de entender muy bien qué me lleva de un extremo a otro, qué ocurre en mi cabeza en ese instante de duda para que pase de plantearme dejar de hacer algo a hacerlo con el máximo esmero. Por suerte para mi esto último ocurre en la mayoría de las ocasiones aunque reconozco que a veces soy el más vago de los vagos. Tal vez esté equivocado y la extrema dejadez no sea más que el mismo criterio de perfección aplicado a la gandulería.
Lo más curioso es que este sentido de la perfección se integra extrañamente en el ámbito de lo afectivo, una zona donde los argumentos de la razón suelen ser ignorados como los de un pregonero sin credibilidad. A veces creo que todas mis virtudes son el resultado obligado de una determinada forma de proceder impulsada tan solo por ese sentido de la perfección que me lleva a ser generoso, o compasivo, o cariñoso, por citar algo, con las personas que aprecio. Este hecho desvirtúa todas mis virtudes, les resta valor, porque poner un objetivo detrás de un impulso afectivo es una forma inconsciente de falsear la realidad pues las acciones derivadas de esos sentimientos deberían surgir sin más.
Normalmente cuando llego a esta conclusión se produce un conflicto interno pues constato de inmediato que existe discrepancia entre la percepción que los demás tienen de mí y la mía propia y pienso que tal vez no sea tan buena persona como creen. Para mí está claro que la amistad, por ejemplo, es capaz de promover el impulso inicial pero no estoy tan seguro del motivo que prolonga, en mi caso, ese impulso hasta las últimas consecuencias. Tal vez debería conformarme con saber de mis buenas acciones y del beneficio con el que repercuten en los demás, pero no es así, este desconocimiento del origen me produce una extraña sensación que no sé clasificar emocionalmente y no me queda más remedio que buscar explicaciones para demostrarme la sinceridad de mis acciones.
Todo esto viene porque desde hace semanas no duermo bien. Soy de esa rara especie que necesita pocas horas de sueño para levantarse en plena forma, pero ahora mismo da igual las horas que duerma, me levanto cada día con el cansancio propio de quien batalla con sus miedos y preocupaciones por la noche. Las evidencias son claras: la sábanas anormalmente revueltas, despertar en lugar y postura diferentes a las iniciales (cuando siempre soy un cuerpo inmóvil cuando duermo), sobresaltos en mitad de la noche… Solo alcanzo a ver un cúmulo de evidencias porque mis fantasmas se esconden al abrir los ojos y no recuerdo nada de lo acontecido.
La única explicación que puedo ofrecerme a este hecho es que me atormento por las noches, que toda esa despreocupación de la que hago gala durante el día revienta en mis sueños dando lugar a una batalla campal en mi cama. Sé que algo me preocupa pero de día no alcanzo a ver la razón, quizá porque de pequeño debí caerme en la marmita del optimismo y eso emborrona mi percepción en las cuestiones negativas, pero la lógica se impone y no encuentro más motivos que el resultado de ese impulso sin final que me llevó hace unas semanas a socorrer a un amigo en apuros, un buen amigo.
Quizá por eso necesito saber qué hay de sincero en lo que hice. Quiero saber qué provocó el acudir en su ayuda incondicionalmente, traspasando límites sobre los que nadie puede quitarte la legitimidad de no traspasar, sobre los que nadie, ni siquiera un amigo, podría juzgar ni tenerte en desconsideración por no cruzarlos, quiero saber digo, qué provocó que me faltara tiempo para comprometer mi supervivencia por dar una rápida y contundente respuesta, hasta tal punto que, sin saberlo este, he tenido que vender mi coche para asegurarme unos meses más de supervivencia a la espera de que se solventen sus problemas.
¿Es esto amistad o tan solo una respuesta natural a un estímulo, un acto reflejo de mi personalidad? Porque… ¿acaso se supone noble y valiente al escorpión que, atrapado en un círculo de fuego, se clava el aguijón, cuando es su propia naturaleza la que impulsa este acto? Así me siento yo, incapaz de discernir donde acaban mis virtudes como amigo, incapaz de saber el momento exacto en el que me rodeo de fuego y los actos se vuelven irremediablemente inconscientes e involuntarios porque están implícitos en mi línea de procedimiento estándar, englobados en ese afán de perfeccionismo y reforzados además, en este caso, por un sentimiento afectivo.
Pero por más que busco en los intrincados recovecos de mi mente no encuentro solución al dilema y tan solo la resignación me ofrece una respuesta aceptable. Y es que en el caso de un amigo al que no puedo sino desearle lo mejor, el fin justifica la intrascendencia de los motivos.
No sé si eso es suficiente para mí, no sé si puedo aceptar que lo sea. Y tal vez esta duda sea el látigo de mis fantasmas nocturnos.