Tras el rastro de Shem

Sobre elementos decorativos

24 Abril 2007

Sobre elementos decorativos

Existen pocos tipos de mascotas vivas que puedas utilizar como elemento decorativo en un piso sin traspasar los límites de lo legal. Los peces y los pájaros deben ser, casi con seguridad, los más utilizados, quitando obviamente la fea costumbre humana, ampliamente extendida, de utilizar a tu propia pareja, pero eso es otra historia… Dejaremos también para otro momento la discusión sobre la pertenencia o no a este grupo de mascotas de los seres vivos que realizan la fotosíntesis, incluida la mujer florero, resultado de la intersección de estos dos últimos grupos mencionados.

Es bien conocido que el gusto por la estética de lo vivo con el único fin de engalanar viene de lejos, sin embargo mi ignorancia me impide proporcionarles datos históricos y por eso, si su curiosidad iguala mi desconocimiento, vayan ustedes a la wikipedia, que yo me abstengo de añadir nada por no incurrir en malformaciones históricas y poner monedas de oro en épocas que no corresponden.

El caso es que supongo yo que como mis antepasados han estado siempre presentes en la historia, mi familia actual no quiso ser menos y siguió con esa misma costumbre decorativa, de tal forma que en los años que hemos convivimos juntos, varios de estos animales han adornado, con más o menos suerte y gracia, diferentes dependencias del hogar.

Jamás tuvieron nombre, o tal vez mi nulo interés hacia ellos me impidió conocerlos. En cualquier caso, animales anónimos que aparecían y desaparecían de mi vida dejando el mismo rastro indiferente en la memoria que un mal adversario de ajedrez.

Pues bien, ahora observen el siguiente sujeto decorativo que tengo que soportar desde el viernes:

Pájaro

Y es que el viernes me vi moralmente obligado a rescatar el dichoso pájaro del aeropuerto pues una amiga me llamó desesperada argumentando que no se lo dejaban subir al avión, y allí fui yo al rescate, a toda leche con mi moto, como el halcón callejero, o quizá debiera decir, teniendo en cuenta mi tendencia de superlópez, mi reciente y vergonzosa experiencia en la moto, y la subespecie de sujeto decorativo en cuestión, que acudí como el jilguero de barrio que soy.

Digo yo que cuando un amigo te pone al cuidado de un bicho de estos debería dejar, como mínimo, un librito de instrucciones porque me encuentro que no sé cómo coño se apaga el pájaro éste cuando me apetece silencio, joder, que ya no puede uno ni masturbarse en calma tumbado en el sofá sin cerrar los ojos y tener que imaginarse por cojones que está en el campo, que a mí me gusta controlar mis fantasías y no me cuadra la rubia en el ascensor con la piada de un jilguero clavada en el cerebro. Que cuando quiera fantasear con la rubia en el campo no me hacen falta pájaros, me frotaré una rama de olivo por los huevos, que de esto, oiga, sé un rato.

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