El timo del siglo
Todo acabará este jueves, por fin. La improvisada inquilina ha decidido hacer las maletas. Los motivos suyos son y ahora no vienen a cuento. Por mi parte, llegó la hora del análisis.
Tal vez no diga demasiado en mi favor, pero sinceramente, estaba hasta los cojones de tenerla en casa y el hecho de ver cercana la fecha de su partida me alivia. No es que la chica se haya portado mal, siempre ha sido correcta. No es que yo haya dudado un instante el haber ofrecido mi ayuda y mi casa, para nada. Simplemente su presencia distorsiona en cierta forma mi vida y no puedo negarme el hecho de que vivía mucho mejor cuando ella no estaba. Así de simple.
No sé qué conclusión sacar de todo esto. No sé si el hecho de ofrecerse implica moralmente no sentir jamás ese “hasta los cojones”. Yo lo siento en mi cabeza, alto y claro. Y repito, no es que me arrepienta de haberle echado una mano, no es eso, sino que no puedo ignorar que estaba deseando que se largara.
La chica tiene problemas y en no pocas noches acababa llorando mientras hablábamos. En esos momentos no me planteaba nunca estas cosas. Estás ahí y ayudas porque te sale del corazón hacerlo. No por lástima, sino porque realmente lo quieres hacer. Escuchas, hablas, escuchas, opinas, escuchas, aportas tu visión de las cosas… al final siempre conseguía que acabara riendo. Ventajas de ser un poco bufón. La chica agradecida y yo contento, sin embargo luego, a solas, en la penumbra de mi comedor, replegado en el sofá abrazado a la guitarra, acariciando sus cuerdas sin arrancarle apenas sonidos, como si no quisiera despertar fantasmas, sentía entonces que me vencía el egoísmo del propio bienestar, que la satisfacción moral de ayudar a una amiga se iba por el desagüe de lo buenos pensamientos.
No sé si es consuelo sentir el agradecimiento sincero de alguien a quien has ayudado, pero choca frontalmente (y violentamente) con mis deseos de su marcha. Pienso que solo el hecho de planteármelo como un consuelo me parece una actitud vil y mezquina, falsa, hipócrita, pero ¿cómo deshacerse de ese sentimiento? Yo vivía de puta madre antes de que ella llegara. Ahora vivo bien, pero no tan bien, y aunque sea una situación soportable, por muy nobles que sean los motivos, esa diferencia no se me escapa, y ahí surge mi dilema, lo cual es una putada porque no sé hasta qué punto debería ser sincero con ella, y me siento hipócrita y cobarde por no decirle lo que pienso “chica, no puedo dejar de ayudarte porque nos unen fuertes lazos de amistad que tiran de mi, y me desviviré lo que necesites, lo sabes, y puedes quedarte lo que quieras, también lo sabes, pero no puedo negarte que si me dieran a elegir preferiría que tú y tus problemas estuvierais fuera de mi casa, que tres semanas son mucho tiempo y yo ahora vivo peor aunque por ti lo soporto porque te aprecio, pero de verdad chica, aunque la amistad no entiende de distancias, mi piso es muy pequeño para tus problemas así que quédate si quieres pero necesito decirte que me encantaría que pusieras tierra de por medio, yo seguiré cuidando de ti lo que necesites, lo sabes. Devuélveme mi espacio, devuélveme mi intimidad, mis silencios, y llévate esa mierda de música máquina que mis guitarras y mis oídos no la soportan”. Sería genial poder decirle esto sin que se me enfadara y conservando intacta la amistad. Mucho me temo que no es posible.
Me vendieron de pequeño que la nobleza de espíritu es inquebrantable. Me vendieron la moto, falsas referencias que me han hecho crecer en un mundo irreal. La puta tele, las putas pelis de Disney, donde incluso los héroes de a pie tienen una moral de hierro, incorruptible. Y ahora vengo yo con toda mi buena fe y resulta que tengo dilemas. Venga ya! ¿qué mierda es esta? Hago míos los problemas de mis amigos, incluso me los traigo a casa, me los como, los digiero y encima ahora me siento como un gusano por desear que mi amiga se largue de una puta vez… ¿pero esto que es?
Menuda estafa.