Tras el rastro de Shem

Sobre despistes - Parte I

30 Julio 2007

Sobre despistes - Parte I

Historias de la puta moto 

Acontecimientos recientes me han llevado a buscar esta mañana, a primera hora, algo de información acerca de los despistes en el ser humano para justificar de forma alguna el perpetuo despiste del que me siento en ocasiones esclavo. Mi madre dice que es hereditario, pero de mi madre no te puedes fiar porque es una despistada, y los despistados suelen dejar sus razonamientos esparcidos por la mente, en cualquier rincón, y los recuperan sin saber muy bien porqué los dejaron allí, así que su opinión en este caso no cuenta.

Les explico. Ayer me pasé el día en casa, tirado en el sofá viendo pelis en el portátil con el cerebro a medio gas después de la despedida de soltero del sábado. Por la tarde, cuando se me pasó un poco el cansancio, recogí la casa y decidí ir a tomar algo. En fin, era mi cumple y me daba un poco de pena no haber salido en todo el día. De todas formas tenía que bajar a la calle porque había aparcado la moto fuera del parking y quería guardarla, así que teniendo motivos para salir, poco me costaba acercarme a un bar.

El caso es que andaba yo pensando en mis cosas mientras quitaba el candado de la moto y guardaba el bolso en el baúl de atrás cuando ocurrió… sonó un ‘clac’, el baúl se cerró, y me di cuenta en ese momento que me acababa de dejar dentro las llaves de la moto, incluida la del baúl, por supuesto, junto con las de casa, el móvil, la cartera…. todo, todo se había quedado dentro y ahora no podía abrirlo. La pregunta estúpida en esta ocasión fue ¿Por qué estaba yo fuera del baúl y la llaves dentro?… por un breve instante mi corazón latió con tanta fuerza que me revolvió las entrañas, atadas en ese momento a mi estómago del cual tiraban con fuerza, y pareció que mi vida entera saltara del interior de mi pecho al puto baúl de los cojones. 
 
Genial, cojonudo Jafa, las 21:30h y en la puta calle con el casco en la mano… Me lo puse un momento allí mismo, al lado del baúl, en medio de la calle, para llorar un poco en la intimidad antes de suplicar nuevamente ayuda a los vecinos. Conseguí con facilidad que me dejaran unos destornilladores y un martillo. Pues nada, manos a la obra: pim, pam, pum… ay que se me va la mano, rayada por aquí, otra por allá, joder que duro está esto, golpeo un poco más fuerte, rayada un poco más larga, descanso, me pongo el casco y lloro otro rato, me quito el casco, pim, pam, pum, más rayada… y al final se abrió.
 
Con tantos arañazos el baúl parecía el dibujo de un niño en pleno ataque epiléptico pero al menos estaba abierto. Cogí el puto bolso, las putas llaves, guardé la moto y me subí a casa otra vez, no me apetecía ir a tomar nada. Ya en casa me abrí una cerveza, la alcé solemnemente y me dije: “felicidades Jafa, hoy eres un poco más viejo y un poco más gilipollas que ayer“.

Por eso esta mañana necesitaba encontrar información al respecto. Una conducta tan repetitiva debía tener un nombre científico, debía estar recogida en algún estudio y bien clasificada. No quería la solución a mi despiste, solo saber de donde venía.

Por suerte, una de las especies más estudiadas del reino animal es, sin lugar a dudas, el ser humano, y como yo con frecuencia me siento de esta especie porque poseo algunas de sus características exclusivas, y además, precisamente por una de ellas, tengo la pertenencia asegurada durante los próximos 29 años gracias a mi hipoteca, he comenzado a buscar en el siguiente lugar de más información sobre los humanos que existe en el mundo después de mi madre. Google…

Y mañana les explico, además de las conclusiones, qué relación hay entre una universidad de prestigio, una calavera, mi cepillo de dientes y un limpiador de baño.

Sean buenos y no presionen, ya saben que me despisto con facilidad.

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12 Julio 2007

Amplitud limitada

Hay momentos, breves, casi fugaces, casi imperceptibles, en los que sin saber por qué, sin venir a cuento, intuyo de pronto la inmensidad del espacio que tengo sobre mi cabeza, siento la amplitud del cielo como si fuera la primera vez que lo viera y me invade una extraña sensación de libertad, como si en ese instante concreto del tiempo pudiera dar cualquier giro a mi vida, en cualquier sentido, en cualquier dirección, con la certeza de que todo va a salir bien.

Ayer, antes de ponerme el casco, de noche, en una calle oscura con el cielo encapotado y a la vez tibiamente iluminado por una luna baja, volví a sentirlo. Me ocurre a menudo, en cualquier circunstancia, da igual lo que esté haciendo, siento esa sensación de libertad que me proporciona durante un rato paz interior, es como un masaje interno bajo piel y huesos, directo al cerebro, a los pulmones, a los brazos. Me relaja, me calma, duermo y sueño despierto y lúcido, me dejo llevar por mis pensamientos.

Conducía hacia casa por la autopista apenas iluminada, apenas transitada a esas horas de la noche. Buscaba una razón. Nunca lo había hecho antes, pero ayer sí, quise averiguar de dónde surgía esa sensación, qué circunstancia pasada pudo provocar que yo me sintiera así de bien al contemplar en ocasiones ese cielo inmenso. Al fin y al cabo siempre era el mismo cielo, cada día estaba ahí arriba y alguna razón debía haber para percibirlo tan solo a ratos y para que esa percepción me proporcionara esa sensación de libertad.

Sin querer mis pensamientos se desviaron un poco tratando de encontrar la explicación y se fijaron en el hecho de que existen motivos diferentes en cada uno de nosotros que provocan idénticas sensaciones. Cada uno con su razón origen y su circunstancia desencadenante. Para mí es ese cielo. Para ustedes quién sabe.

El caso es que, al igual que en mis sueños de almohada, cuando sueño despierto también tiendo a recordar poco de lo que ha pasado por mi cabeza instantes después, especialmente si se trata de largos discursos internos. Tan solo vienen a mí recuerdos fraccionados, frases sueltas y  sesgadas, aisladas, sin orden aparente.

De ayer recuerdo el último pensamiento antes de bajarme de la moto. Pensé que eran necesarias mis limitaciones cotidianas para sentirme completamente libre de vez en cuando. Sin embargo hoy no lo tengo tan claro.

Pero es que hoy el cielo no es tan amplio como ayer. Tal vez sea esta mi limitación.

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2 Julio 2007

El cuento del niño pastor

En los relatos de historias personales la banda sonora se compone de gestos y expresiones. Los recuerdos tocan fibras sensibles y reflejan en el rostro la conclusión emocional a una etapa de tu vida.
En su historia asomaba un blues triste en el fondo de sus ojos, tan amargo que a veces creía oír llorar un saxo mientras le escuchaba, tan intenso que incluso en ocasiones sus palabras parecían más la banda sonora de ese blues imaginario.

Yo le miraba fijamente a los ojos intentando no dejar escapar ni una sola nota de su tristeza.

-En esa época pasé hambre.
 
Intercalaba profundos silencios entre frases, vacíos cargados de reflexiones que delataban un diálogo interior paralelo a la historia que me explicaba. En esos silencios su mirada se perdía en un infinito ficticio, en el que, seguramente, veía la imagen del niño pastor que fue.

-A veces, en la masía, solo tenía para comer unos trozos de pan que tenía que mojar en agua para reblandecer, y alguna lata de conservas.

El niño pastor tan solo cubría los descansos del padre sesteando el rebaño, pero a menudo pasaba días fuera de casa, llegándose con su cayado hasta aquella masía de la montaña. En aquel lugar dormía en un catre, en el cobertizo, solo, junto a las ovejas.

-Si me pillaba la lluvia en el camino y tenía frío me sentaba bajo un árbol y abrazaba al perro.

Suspiraba con frecuencia intentando apaciguar la tensión del estómago que, a esas alturas de la historia, se revolvía como una serpiente de sentimientos dejando a su paso el inevitable rastro envenenado de esos recuerdos lanzados al aire.

-Me daba vergüenza subirme a la cuerda en las clases de gimnasia porque se veía el agujero en la suela de los zapatos tapado con un trozo de cartón.

No tuvo la infancia que hubiera deseado, la de aquellos otros niños que quedaban para jugar mientras él se marchaba con el rebaño. Sus palabras desprendían cierto aire de tragedia familiar, de temprana derrota y resignación, como si en aquella época su familia viviera con la convicción de que en las reglas de este mundo estaba escrito que debían existir los pobres por obligación y a ellos simplemente les habían tocado malas cartas.

-No teníamos coche, mis hermanos y yo teníamos que andar 6km diarios para ir al cole. Hacíamos dedo por la carretera… a veces paraba el conductor del bus y nos llevaba gratis porque ya nos conocía.

Cada frase suya era una punzada directa al corazón, un resumen triste y emotivo, sin adornos. No había orden en la historia, ni falta que hacía, porque cuando te ha tocado perder, la derrota es una constante en tu vida y no una serie de desgraciados acontecimientos que puedas ordenar cronológicamente. Por eso en su relato escaseaban las anécdotas y se limitaba a narrar el día a día de su familia desde el punto de vista del niño pastor. Creo que el tiempo, que andaba de paso, se paró a escuchar la historia junto a mí y abandonó por un momento su interminable camino hacia el futuro más inmediato.

Yo permanecía inmóvil, en silencio, escuchando lo que decía y lo que no decía, con ese blues de fondo sonando ya a todo trapo. A veces le miraba con tanta intensidad que me pareció distinguir en alguna ocasión un leve destello de vergüenza al cruzarse nuestras miradas, un pudor íntimo y transparente que bien podría deberse a mi empeño por ver en sus ojos más de lo que explicaban sus palabras. Probablemente, en algún momento, lo conseguí.

No sé si han conocido alguna vez un informático con alma de pastor. Puedo asegurarles que en mi caso, ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos, después de haber compartido situaciones adversas, yo me dejaría guiar ciegamente por este niño pastor de 34 años, y que además, se lo puedo asegurar, es un privilegio formar parte de su rebaño más íntimo.

Con amigos así da gusto tener compañeros. Aunque sean informáticos.

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