Tras el rastro de Shem

El cuento del niño pastor

2 Julio 2007

El cuento del niño pastor

En los relatos de historias personales la banda sonora se compone de gestos y expresiones. Los recuerdos tocan fibras sensibles y reflejan en el rostro la conclusión emocional a una etapa de tu vida.
En su historia asomaba un blues triste en el fondo de sus ojos, tan amargo que a veces creía oír llorar un saxo mientras le escuchaba, tan intenso que incluso en ocasiones sus palabras parecían más la banda sonora de ese blues imaginario.

Yo le miraba fijamente a los ojos intentando no dejar escapar ni una sola nota de su tristeza.

-En esa época pasé hambre.
 
Intercalaba profundos silencios entre frases, vacíos cargados de reflexiones que delataban un diálogo interior paralelo a la historia que me explicaba. En esos silencios su mirada se perdía en un infinito ficticio, en el que, seguramente, veía la imagen del niño pastor que fue.

-A veces, en la masía, solo tenía para comer unos trozos de pan que tenía que mojar en agua para reblandecer, y alguna lata de conservas.

El niño pastor tan solo cubría los descansos del padre sesteando el rebaño, pero a menudo pasaba días fuera de casa, llegándose con su cayado hasta aquella masía de la montaña. En aquel lugar dormía en un catre, en el cobertizo, solo, junto a las ovejas.

-Si me pillaba la lluvia en el camino y tenía frío me sentaba bajo un árbol y abrazaba al perro.

Suspiraba con frecuencia intentando apaciguar la tensión del estómago que, a esas alturas de la historia, se revolvía como una serpiente de sentimientos dejando a su paso el inevitable rastro envenenado de esos recuerdos lanzados al aire.

-Me daba vergüenza subirme a la cuerda en las clases de gimnasia porque se veía el agujero en la suela de los zapatos tapado con un trozo de cartón.

No tuvo la infancia que hubiera deseado, la de aquellos otros niños que quedaban para jugar mientras él se marchaba con el rebaño. Sus palabras desprendían cierto aire de tragedia familiar, de temprana derrota y resignación, como si en aquella época su familia viviera con la convicción de que en las reglas de este mundo estaba escrito que debían existir los pobres por obligación y a ellos simplemente les habían tocado malas cartas.

-No teníamos coche, mis hermanos y yo teníamos que andar 6km diarios para ir al cole. Hacíamos dedo por la carretera… a veces paraba el conductor del bus y nos llevaba gratis porque ya nos conocía.

Cada frase suya era una punzada directa al corazón, un resumen triste y emotivo, sin adornos. No había orden en la historia, ni falta que hacía, porque cuando te ha tocado perder, la derrota es una constante en tu vida y no una serie de desgraciados acontecimientos que puedas ordenar cronológicamente. Por eso en su relato escaseaban las anécdotas y se limitaba a narrar el día a día de su familia desde el punto de vista del niño pastor. Creo que el tiempo, que andaba de paso, se paró a escuchar la historia junto a mí y abandonó por un momento su interminable camino hacia el futuro más inmediato.

Yo permanecía inmóvil, en silencio, escuchando lo que decía y lo que no decía, con ese blues de fondo sonando ya a todo trapo. A veces le miraba con tanta intensidad que me pareció distinguir en alguna ocasión un leve destello de vergüenza al cruzarse nuestras miradas, un pudor íntimo y transparente que bien podría deberse a mi empeño por ver en sus ojos más de lo que explicaban sus palabras. Probablemente, en algún momento, lo conseguí.

No sé si han conocido alguna vez un informático con alma de pastor. Puedo asegurarles que en mi caso, ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos, después de haber compartido situaciones adversas, yo me dejaría guiar ciegamente por este niño pastor de 34 años, y que además, se lo puedo asegurar, es un privilegio formar parte de su rebaño más íntimo.

Con amigos así da gusto tener compañeros. Aunque sean informáticos.

Escrito en General | 16 Rastros