Tras el rastro de Shem

Un poco de historia

17 Agosto 2007

Un poco de historia

Sé que les debo un post, pero permítanme hacer un inciso. 

Aunque les parezca extraño, hace unos días, en plena fase de aburrimiento, me dio por intentar calcular de forma aproximada el número mínimo de polvos necesarios que han hecho posible que esté yo hoy aquí diciendo gilipolleces, empezando a contar desde el supuesto nacimiento de Jesucristo. Cada uno se entretiene como quiere, qué pasa.

El caso es que no había retrocedido ni 100 años cuando me cansé de contar. Y tampoco me apetecía averiguar la regla matemática que me diera ese número de forma rápida. Decidí entonces que a estas alturas del año, sin haber hecho aún mi merecido descanso cerebral, lo mejor era sumergirme en profundos análisis filosóficos, mucho más sencillos de abordar que cualquier deducción matemática, por simple que ésta fuera.

Por eso, recurrí de nuevo a un argumento que utilicé en algún antiguo post, el cual no me apetece buscar ahora mismo para referenciarlo. La conclusión de ese argumento es más o menos que en algún momento de la historia los árboles genealógicos de dos personas escogidas al azar tendrán necesariamente algún elemento en común.

Esto, dicho en lenguaje de barrio, quiere decir que podemos asegurar que en un punto de la historia algún antepasado mío habrá follado con algún antepasado de ustedes, por lo menos una vez, dando lugar a descendencia. En fin, no es mi intención amargarles el verano, sé lo inquietante que puede resultar este hecho, y lo jodido es que no solo les ocurrirá conmigo, sino que pueden extrapolarlo además a todo su entorno y verse de alguna manera lejanamente emparentado con cualquier persona de su alrededor. Una putada, porque al margen de los lectores de este blog, hay por ahí mucho indeseable.

Pero tengo buenas noticias (no todo va a ser malo en el post de hoy) porque seguí profundizando en el tema llegando a una conclusión muy reconfortante que además puede aplicarse a cualquiera de ustedes. Luego me lo agradecen si lo desean.

Teniendo en cuenta el carácter exponencial de cualquier árbol genealógico a medida que retrocedemos en el tiempo, entonces, aunque suene increíble, en algún momento de la historia muy muy lejano, el conjunto de antepasados será igual a casi la totalidad de la población mundial (exceptuando tal vez las personas que nunca llegaron a tener descendencia). Esto deriva en la siguiente idea. Se podría establecer un período acotado en el tiempo dentro del cual podríamos asegurar que de todos los polvos que echaron cada una de las parejas existentes en ese período, al menos uno de cada una de ellas fue determinante para que esté hoy yo aquí diciendo aún gilipolleces después de 5 párrafos, y esto señores, le sube a uno la autoestima, porque saber que en un momento dado prácticamente toda la humanidad participó de mi historia personal reconforta, sí, se siente uno importante.

Me encanta pensar eso, la humanidad ha tenido que follar mucho para que yo llegara a existir. Y ya va siendo hora de darle un respiro así que como muestra de agradecimiento voy a desparecer un tiempo.

Pues eso, que me voy de vacaciones. Ustedes, sin embargo, los que se quedan, los que han vuelto y los que aún no se han marchado, por favor, no dejen de follar, sepan que están contribuyendo a crear algo grande y hermoso, vida en la historia, están participando activamente en el devenir de la humanidad, y seguramente dentro de muchos muchos años alguien se parará a pensar y sabrá que sus polvos de este verano, los de ustedes me refiero, fueron determinantes para que ese alguien exista y esté pensando en estas mismas gilipolleces.

Familia, nos vemos en septiembre. Cuídense.

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1 Agosto 2007

Sobre despistes - Parte II

Los peligros de la higiene personal 

¿Hasta qué punto somos culpables de nuestra conducta? En realidad no tenemos ningún control sobre la forma en la que nuestro cerebro desarrolla sus patrones, no somos los arquitectos responsables de montar adecuadamente o a nuestro antojo la compleja estructura neuronal que responde a estímulos externos, no hay elección posible, no existen las preferencias voluntarias, tan solo podemos, en el mejor de los casos, encauzar lo que nos ha tocado ser hacia términos más o menos controlables. El molde emocional lo impone la propia vida que cincela a golpe de experiencia personal. Somos simplemente pastores de nuestras emociones que intentamos controlar a base de pautas y disciplina.

Entonces ¿a quien culpamos? Porque en ocasiones realmente necesitamos culpar a alguien, o a algo. No nos vale culpar a la vida, ni al destino, ni al chachachá, son entidades metafóricas, figuras poéticas intangibles como la Madre Naturaleza. Debe existir necesariamente un responsable real, porque nuestras acciones son reales, tan reales como sus consecuencias, y no podemos darle una bofetada a la Madre Naturaleza por habernos hecho así, ni al destino, ni al chachachá, y a la vida tan solo podemos matarla pero no darle su merecido.

Pues bien, ayer encontré parte de la respuesta que buscaba. Sí, ahora sé quien es el culpable “real” de mi despiste, a quien puedo ajustar las cuentas. Es el responsable que controla mis “funciones ejecutivas”. Cito de la wikipedia (que es la forma educada del vulgarmente llamado copiar-pegar):

“El concepto de Función Ejecutiva define a un conjunto de habilidades cognitivas que permiten la anticipación y el establecimiento de metas, la formación de planes y programas, el inicio de las actividades y operaciones mentales, la autorregulación de las tareas y la habilidad de llevarlas a cabo eficientemente.”

Evidentemente se puede deducir de esta definición que el despiste es una disfunción del órgano que regula las funciones ejecutivas. No, no es la polla en el caso de los hombres, que les veo venir. Vuelvo a citar-pegar:

“Este concepto define la actividad de un conjunto de procesos cognitivos vinculada al funcionamiento de los lóbulos frontales cerebrales del ser humano”.

Los lóbulos frontales, por tanto, fueron los que estuvieron a punto de acabar con mi vida hace unas semanas. Andaba yo pensando en mis cosas mientras limpiaba el lavabo. En Terrassa el agua tiene una cantidad tan anormal de cal que yo no entendí eso de “el agua ensucia” hasta que me vine a vivir aquí. Por eso utilizo para la limpieza del baño, los grifos y la fregadera un producto con propiedades abrasivas que al dejarlo actuar sobre las superficies las deja muy brillantes. Pulvericé sobre el lavabo y el grifo al mismo tiempo que daba forma en mi cabeza a otra teoría absurda sobre las relaciones entre hombre y mujeres y los procesos de interacción de ambos sexos (que tal vez les exponga algún día). Después pasé el paño y recogí la ropa sucia para meterla en la lavadora mientras repasaba mi teoría. Acto seguido, cuando empezaba a valorar la coherencia de mis ideas y a ser consciente de mi imbecilidad y de la inutilidad de mis disquisiciones mentales, me dispuse a lavarme los dientes.

No había frotado el cepillo demasiadas veces cuando comencé a sentir un ligero picor en la boca, pero como en ese momento me preocupaba más mi recién contrastada imbecilidad continué con mi higiene bucal como si no pasara nada, sin percatarme de la maravillosa e inusual (o maravillosa por inusual) circunstancia de coincidencia en el tiempo de un proceso racional y una acción involuntaria que convergían ambas en la misma condición de imbecilidad de un mismo sujeto, lo que supone por tanto coincidencia también en el espacio, y, acotando un poco más el espacio, en el propio sujeto, que en este caso era yo. En definitiva, que más imbécil no se podía ser en ese instante.

El picor aumentó y se extendió inmediatamente a todo el interior de mi cavidad bucal. En ese momento me percaté que sobre la superficie pulverizada había estado momentos antes mi cepillo de dientes, el cual fue también pulverizado con el líquido abrillantador. Inmediatamente procedí a enjuagarme la boca con abundante agua, pero como no había secado bien el grifo, el agua se mezclaba con más líquido abrillantador que aún goteaba hacia el orificio dando lugar a un agrio sabor. El picor aumentó y valoré de inmediato la posibilidad de meter la cabeza en el váter y tirar de la cadena, pero el váter también había sido pulverizado, y además podía morir ahogado, o lo que es peor, podía morir ahogado y de rodillas, con la cabeza en el váter, la boca llena de pasta de dientes y líquido abrillantador, lo que hubiera dado lugar a epitafios muy humillantes o hipótesis absurdas sobre un supuesto exceso de énfasis en mis procesos de limpieza personal.

Tuve que correr a la cocina, colocar la boca bajo el grifo (éste sin pulverizar) y enjuagarme bien con un potente chorro de agua para que empezara a desaparecer el picor, que por suerte al poco quedó reducido a un amargo sabor, una especie de acidez química ligeramente mentolada. Eso sí, los dientes me quedaron cojonudamente blancos.

Todo fue culpa, ahora lo sé, de los putos lóbulos frontales, que controlan todo lo mencionado anteriormente. Se descubrió la relación entre las funciones ejecutivas y los lóbulos frontales gracias al testimonio del doctor Horrow, quien describió el caso de Phineas Gage. Gage era un obrero de los ferrocarriles, en Septiembre de 1848 sufrió un accidente y una barra de hierro de un metro de largo y 6 kg de peso le atravesó la mejilla izquierda saliendo por la parte superior de la cabeza. Sorprendentemente no murió y se recuperó de forma rápida sin secuelas aparentes. Sin embargo, pronto los que lo conocían afirmaron que su carácter había cambiado por completo (“Gage ya no era Gage” decían), se había vuelto muy irascible, impaciente y blasfemo, incapaz de mantenerse en sus tareas. A partir de ahí perdió varios trabajos debido a su carácter conflictivo y acabó siendo exhibido en un circo junto a la barra que lo atravesó. Sus cráneo y la barra de hierro se conservan en el museo de medicina de la universidad de Harvard.

Años más tarde, Egas Moniz, un neurólogo iluminado con escasos argumentos científicos (un simple experimento con un chimpancé) logró convencer a la sociedad de que podían tratarse ciertas enfermedades mentales destruyendo las conexiones nerviosas de los lóbulos frontales (obviando los cambios negativos en la personalidad de algunos pacientes), y así nació la lobotomía, hecho por el cual le dieron un flamante premio Nobel.

Escalofriante resulta la trayectoria de Walter Freeman, un neurólogo que no era ni siquiera cirujano, que popularizó la lobotomía en Estados Unidos a golpe de mazo y pica-hielo, introduciendo dicho aparato ligeramente por encima de la cavidad lacrimal del paciente hasta destruir las conexiones con bruscos movimientos circulares, convirtiendo la lobotomía, con tan sencillo método, en una especie de procedimiento industrial ambulante por el que pasaron miles de personas.

Pues bien, después de analizar estos datos se me presenta una difícil decisión. Por un lado mi despiste empieza a ser un factor peligroso en mi integridad física, y puede conducirme finalmente a dar con mis huesos en alguna vitrina de una universidad de prestigio, con mi esqueleto arrodillado ante un váter, con mi cráneo dentro, mi cepillo de dientes justo al lado, en una especie de alegoría artística, la reinvención de la fuente de Duchamp o algo parecido que otorgaría un significado mucho más específico a dicha obra.

Por otro lado, la solución de la lobotomía no me seduce en absoluto, no me apetece que se me agrie el carácter (con lo agradable que soy yo, por dios), y mucho menos a base de meterme un pica-hielo por el ojo, joder, que así cualquiera se pone de mala hostia a perpetuidad.

He optado por analizar un poco más en profundidad mis procesos mentales en busca de la clave de mi despiste, y no crean que no he descubierto cosas interesantes… Pero eso lo dejo para la tercera parte de esta entrega.

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