Yo gano
Esta mañana, llevado por el reciente recuerdo de estos días de ausencia, he escrito esto:
“Vengo de Portugal con la certeza de haber visto cicatrices en las ciudades, o tal vez pueda decirse que el tiempo envejeció tanto allí que se detuvo para no acabar muriendo junto a la ciudad. Y es que el tiempo, inmóvil por propia voluntad, dejó al descubierto las más bellas decadencias para que las vidas de los hombres se impregnaran de su esencia con el único propósito (de eso estoy seguro) de permitir que sus lágrimas pudieran resbalar calle abajo hasta llegar al río. Porque sin el río las penas de los hombres quedarían huérfanas, petrificadas, integradas dolorosamente en cada rincón de cada calle, reabriendo las cicatrices de ese rostro urbano envejecido hasta matar al tiempo…”
Pero no lo he acabado.
A media mañana he bajado al bar, me he tomado un café y me he fumado tres cigarros, uno detrás de otro.
Al subir de nuevo a la oficina, lo he vuelto a leer y he pensado lo siguiente:
“Esto es una bazofia”
Apenas entendía qué coño había escrito.
Poco antes de ir a comer lo he vuelto a leer y he pensado:
“Bueno Jafa, no es publicable pero tampoco está tan mal”
Después de zamparme un menú en un restaurante Griego, con sus pitas, sus salsas de varios colores y su camarera de generoso escote griego (no incluida en el menú), me he fumado 4 cigarros.
Ya en mi lugar de trabajo lo he vuelto a leer y he pensado esto:
“Jafa, y que más da, cuando cagas no te molesta tu propia mierda si está donde tiene que estar”
Y he decidido publicarlo.
Pero lo que más me llama la atención es que, una vez más, la razón con su lenguaje soez venza descaradamente al sentimiento puro por una cuestión de fuerza bruta, cuando ésta ya tenía a su favor el análisis crítico de lo escrito (claramente desfavorable), y encima se permita el lujo de perdonar la vida a semejante bazofia sensiblera.
Supongo que eso me convierte en mi mayor crítico y, a la vez, el mayor defensor de mis mierdas.