Sobre despistes - Parte I
Historias de la puta moto
Acontecimientos recientes me han llevado a buscar esta mañana, a primera hora, algo de información acerca de los despistes en el ser humano para justificar de forma alguna el perpetuo despiste del que me siento en ocasiones esclavo. Mi madre dice que es hereditario, pero de mi madre no te puedes fiar porque es una despistada, y los despistados suelen dejar sus razonamientos esparcidos por la mente, en cualquier rincón, y los recuperan sin saber muy bien porqué los dejaron allí, así que su opinión en este caso no cuenta.
Les explico. Ayer me pasé el día en casa, tirado en el sofá viendo pelis en el portátil con el cerebro a medio gas después de la despedida de soltero del sábado. Por la tarde, cuando se me pasó un poco el cansancio, recogí la casa y decidí ir a tomar algo. En fin, era mi cumple y me daba un poco de pena no haber salido en todo el día. De todas formas tenía que bajar a la calle porque había aparcado la moto fuera del parking y quería guardarla, así que teniendo motivos para salir, poco me costaba acercarme a un bar.
El caso es que andaba yo pensando en mis cosas mientras quitaba el candado de la moto y guardaba el bolso en el baúl de atrás cuando ocurrió… sonó un ‘clac’, el baúl se cerró, y me di cuenta en ese momento que me acababa de dejar dentro las llaves de la moto, incluida la del baúl, por supuesto, junto con las de casa, el móvil, la cartera…. todo, todo se había quedado dentro y ahora no podía abrirlo. La pregunta estúpida en esta ocasión fue ¿Por qué estaba yo fuera del baúl y la llaves dentro?… por un breve instante mi corazón latió con tanta fuerza que me revolvió las entrañas, atadas en ese momento a mi estómago del cual tiraban con fuerza, y pareció que mi vida entera saltara del interior de mi pecho al puto baúl de los cojones.
Genial, cojonudo Jafa, las 21:30h y en la puta calle con el casco en la mano… Me lo puse un momento allí mismo, al lado del baúl, en medio de la calle, para llorar un poco en la intimidad antes de suplicar nuevamente ayuda a los vecinos. Conseguí con facilidad que me dejaran unos destornilladores y un martillo. Pues nada, manos a la obra: pim, pam, pum… ay que se me va la mano, rayada por aquí, otra por allá, joder que duro está esto, golpeo un poco más fuerte, rayada un poco más larga, descanso, me pongo el casco y lloro otro rato, me quito el casco, pim, pam, pum, más rayada… y al final se abrió.
Con tantos arañazos el baúl parecía el dibujo de un niño en pleno ataque epiléptico pero al menos estaba abierto. Cogí el puto bolso, las putas llaves, guardé la moto y me subí a casa otra vez, no me apetecía ir a tomar nada. Ya en casa me abrí una cerveza, la alcé solemnemente y me dije: “felicidades Jafa, hoy eres un poco más viejo y un poco más gilipollas que ayer“.
Por eso esta mañana necesitaba encontrar información al respecto. Una conducta tan repetitiva debía tener un nombre científico, debía estar recogida en algún estudio y bien clasificada. No quería la solución a mi despiste, solo saber de donde venía.
Por suerte, una de las especies más estudiadas del reino animal es, sin lugar a dudas, el ser humano, y como yo con frecuencia me siento de esta especie porque poseo algunas de sus características exclusivas, y además, precisamente por una de ellas, tengo la pertenencia asegurada durante los próximos 29 años gracias a mi hipoteca, he comenzado a buscar en el siguiente lugar de más información sobre los humanos que existe en el mundo después de mi madre. Google…
Y mañana les explico, además de las conclusiones, qué relación hay entre una universidad de prestigio, una calavera, mi cepillo de dientes y un limpiador de baño.
Sean buenos y no presionen, ya saben que me despisto con facilidad.
Ocho cosas sobre mí. Pocas cosas hablan tanto de uno como los elementos que encuentras en casa. Aquí hay algunos de ellos. A ver qué dicen… 





Todos utilizamos en mayor o menor medida nuestra culturilla general para amenizar las conversaciones. Los datos complementan los argumentos, realzan las ideas, consolidan posturas o simplemente adornan las explicaciones. Debe existir un complejo mecanismo por el cual nuestro cerebro selecciona de forma automática aquello que le parece oportuno en cada momento. Sin embargo, en ocasiones el engranaje chirría y sueltas involuntariamente alguna palabra inadecuada o que simplemente está fuera de lugar. A mi, además, me pasa a menudo que concluyo en extrañísimas asociaciones de ideas.