Tras el rastro de Shem

Sobre despistes - Parte I

30 Julio 2007

Sobre despistes - Parte I

Historias de la puta moto 

Acontecimientos recientes me han llevado a buscar esta mañana, a primera hora, algo de información acerca de los despistes en el ser humano para justificar de forma alguna el perpetuo despiste del que me siento en ocasiones esclavo. Mi madre dice que es hereditario, pero de mi madre no te puedes fiar porque es una despistada, y los despistados suelen dejar sus razonamientos esparcidos por la mente, en cualquier rincón, y los recuperan sin saber muy bien porqué los dejaron allí, así que su opinión en este caso no cuenta.

Les explico. Ayer me pasé el día en casa, tirado en el sofá viendo pelis en el portátil con el cerebro a medio gas después de la despedida de soltero del sábado. Por la tarde, cuando se me pasó un poco el cansancio, recogí la casa y decidí ir a tomar algo. En fin, era mi cumple y me daba un poco de pena no haber salido en todo el día. De todas formas tenía que bajar a la calle porque había aparcado la moto fuera del parking y quería guardarla, así que teniendo motivos para salir, poco me costaba acercarme a un bar.

El caso es que andaba yo pensando en mis cosas mientras quitaba el candado de la moto y guardaba el bolso en el baúl de atrás cuando ocurrió… sonó un ‘clac’, el baúl se cerró, y me di cuenta en ese momento que me acababa de dejar dentro las llaves de la moto, incluida la del baúl, por supuesto, junto con las de casa, el móvil, la cartera…. todo, todo se había quedado dentro y ahora no podía abrirlo. La pregunta estúpida en esta ocasión fue ¿Por qué estaba yo fuera del baúl y la llaves dentro?… por un breve instante mi corazón latió con tanta fuerza que me revolvió las entrañas, atadas en ese momento a mi estómago del cual tiraban con fuerza, y pareció que mi vida entera saltara del interior de mi pecho al puto baúl de los cojones. 
 
Genial, cojonudo Jafa, las 21:30h y en la puta calle con el casco en la mano… Me lo puse un momento allí mismo, al lado del baúl, en medio de la calle, para llorar un poco en la intimidad antes de suplicar nuevamente ayuda a los vecinos. Conseguí con facilidad que me dejaran unos destornilladores y un martillo. Pues nada, manos a la obra: pim, pam, pum… ay que se me va la mano, rayada por aquí, otra por allá, joder que duro está esto, golpeo un poco más fuerte, rayada un poco más larga, descanso, me pongo el casco y lloro otro rato, me quito el casco, pim, pam, pum, más rayada… y al final se abrió.
 
Con tantos arañazos el baúl parecía el dibujo de un niño en pleno ataque epiléptico pero al menos estaba abierto. Cogí el puto bolso, las putas llaves, guardé la moto y me subí a casa otra vez, no me apetecía ir a tomar nada. Ya en casa me abrí una cerveza, la alcé solemnemente y me dije: “felicidades Jafa, hoy eres un poco más viejo y un poco más gilipollas que ayer“.

Por eso esta mañana necesitaba encontrar información al respecto. Una conducta tan repetitiva debía tener un nombre científico, debía estar recogida en algún estudio y bien clasificada. No quería la solución a mi despiste, solo saber de donde venía.

Por suerte, una de las especies más estudiadas del reino animal es, sin lugar a dudas, el ser humano, y como yo con frecuencia me siento de esta especie porque poseo algunas de sus características exclusivas, y además, precisamente por una de ellas, tengo la pertenencia asegurada durante los próximos 29 años gracias a mi hipoteca, he comenzado a buscar en el siguiente lugar de más información sobre los humanos que existe en el mundo después de mi madre. Google…

Y mañana les explico, además de las conclusiones, qué relación hay entre una universidad de prestigio, una calavera, mi cepillo de dientes y un limpiador de baño.

Sean buenos y no presionen, ya saben que me despisto con facilidad.

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12 Julio 2007

Amplitud limitada

Hay momentos, breves, casi fugaces, casi imperceptibles, en los que sin saber por qué, sin venir a cuento, intuyo de pronto la inmensidad del espacio que tengo sobre mi cabeza, siento la amplitud del cielo como si fuera la primera vez que lo viera y me invade una extraña sensación de libertad, como si en ese instante concreto del tiempo pudiera dar cualquier giro a mi vida, en cualquier sentido, en cualquier dirección, con la certeza de que todo va a salir bien.

Ayer, antes de ponerme el casco, de noche, en una calle oscura con el cielo encapotado y a la vez tibiamente iluminado por una luna baja, volví a sentirlo. Me ocurre a menudo, en cualquier circunstancia, da igual lo que esté haciendo, siento esa sensación de libertad que me proporciona durante un rato paz interior, es como un masaje interno bajo piel y huesos, directo al cerebro, a los pulmones, a los brazos. Me relaja, me calma, duermo y sueño despierto y lúcido, me dejo llevar por mis pensamientos.

Conducía hacia casa por la autopista apenas iluminada, apenas transitada a esas horas de la noche. Buscaba una razón. Nunca lo había hecho antes, pero ayer sí, quise averiguar de dónde surgía esa sensación, qué circunstancia pasada pudo provocar que yo me sintiera así de bien al contemplar en ocasiones ese cielo inmenso. Al fin y al cabo siempre era el mismo cielo, cada día estaba ahí arriba y alguna razón debía haber para percibirlo tan solo a ratos y para que esa percepción me proporcionara esa sensación de libertad.

Sin querer mis pensamientos se desviaron un poco tratando de encontrar la explicación y se fijaron en el hecho de que existen motivos diferentes en cada uno de nosotros que provocan idénticas sensaciones. Cada uno con su razón origen y su circunstancia desencadenante. Para mí es ese cielo. Para ustedes quién sabe.

El caso es que, al igual que en mis sueños de almohada, cuando sueño despierto también tiendo a recordar poco de lo que ha pasado por mi cabeza instantes después, especialmente si se trata de largos discursos internos. Tan solo vienen a mí recuerdos fraccionados, frases sueltas y  sesgadas, aisladas, sin orden aparente.

De ayer recuerdo el último pensamiento antes de bajarme de la moto. Pensé que eran necesarias mis limitaciones cotidianas para sentirme completamente libre de vez en cuando. Sin embargo hoy no lo tengo tan claro.

Pero es que hoy el cielo no es tan amplio como ayer. Tal vez sea esta mi limitación.

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2 Julio 2007

El cuento del niño pastor

En los relatos de historias personales la banda sonora se compone de gestos y expresiones. Los recuerdos tocan fibras sensibles y reflejan en el rostro la conclusión emocional a una etapa de tu vida.
En su historia asomaba un blues triste en el fondo de sus ojos, tan amargo que a veces creía oír llorar un saxo mientras le escuchaba, tan intenso que incluso en ocasiones sus palabras parecían más la banda sonora de ese blues imaginario.

Yo le miraba fijamente a los ojos intentando no dejar escapar ni una sola nota de su tristeza.

-En esa época pasé hambre.
 
Intercalaba profundos silencios entre frases, vacíos cargados de reflexiones que delataban un diálogo interior paralelo a la historia que me explicaba. En esos silencios su mirada se perdía en un infinito ficticio, en el que, seguramente, veía la imagen del niño pastor que fue.

-A veces, en la masía, solo tenía para comer unos trozos de pan que tenía que mojar en agua para reblandecer, y alguna lata de conservas.

El niño pastor tan solo cubría los descansos del padre sesteando el rebaño, pero a menudo pasaba días fuera de casa, llegándose con su cayado hasta aquella masía de la montaña. En aquel lugar dormía en un catre, en el cobertizo, solo, junto a las ovejas.

-Si me pillaba la lluvia en el camino y tenía frío me sentaba bajo un árbol y abrazaba al perro.

Suspiraba con frecuencia intentando apaciguar la tensión del estómago que, a esas alturas de la historia, se revolvía como una serpiente de sentimientos dejando a su paso el inevitable rastro envenenado de esos recuerdos lanzados al aire.

-Me daba vergüenza subirme a la cuerda en las clases de gimnasia porque se veía el agujero en la suela de los zapatos tapado con un trozo de cartón.

No tuvo la infancia que hubiera deseado, la de aquellos otros niños que quedaban para jugar mientras él se marchaba con el rebaño. Sus palabras desprendían cierto aire de tragedia familiar, de temprana derrota y resignación, como si en aquella época su familia viviera con la convicción de que en las reglas de este mundo estaba escrito que debían existir los pobres por obligación y a ellos simplemente les habían tocado malas cartas.

-No teníamos coche, mis hermanos y yo teníamos que andar 6km diarios para ir al cole. Hacíamos dedo por la carretera… a veces paraba el conductor del bus y nos llevaba gratis porque ya nos conocía.

Cada frase suya era una punzada directa al corazón, un resumen triste y emotivo, sin adornos. No había orden en la historia, ni falta que hacía, porque cuando te ha tocado perder, la derrota es una constante en tu vida y no una serie de desgraciados acontecimientos que puedas ordenar cronológicamente. Por eso en su relato escaseaban las anécdotas y se limitaba a narrar el día a día de su familia desde el punto de vista del niño pastor. Creo que el tiempo, que andaba de paso, se paró a escuchar la historia junto a mí y abandonó por un momento su interminable camino hacia el futuro más inmediato.

Yo permanecía inmóvil, en silencio, escuchando lo que decía y lo que no decía, con ese blues de fondo sonando ya a todo trapo. A veces le miraba con tanta intensidad que me pareció distinguir en alguna ocasión un leve destello de vergüenza al cruzarse nuestras miradas, un pudor íntimo y transparente que bien podría deberse a mi empeño por ver en sus ojos más de lo que explicaban sus palabras. Probablemente, en algún momento, lo conseguí.

No sé si han conocido alguna vez un informático con alma de pastor. Puedo asegurarles que en mi caso, ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos, después de haber compartido situaciones adversas, yo me dejaría guiar ciegamente por este niño pastor de 34 años, y que además, se lo puedo asegurar, es un privilegio formar parte de su rebaño más íntimo.

Con amigos así da gusto tener compañeros. Aunque sean informáticos.

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22 Junio 2007

Revisión

Hoy tocaba revisión médica de la empresa. Menuda mierda, a pasar la mañana en ayunas… con lo mal que me sienta no desayunar. No soy yo, no pienso, me quedo en blanco hasta el primer café. Supongo que por eso he perdido el botecito de orina. Me lo he dejado en alguna de las diversas salas que he ido visitando y una pobre enfermera, la que me lo ha pedido, ha tenido que buscar de sala en sala el botecito. Que romántico, nadie había hecho eso por mí antes, buscar mi orina perdida, mi agüita amarilla que decían aquellos.

Después me ha sacado sangre. Como la vida misma, primero te camelan con algún gesto enternecedor y luego te desangran. Por eso triunfan las mujeres, porque aplican en el trabajo las mismas técnicas con las que triunfan en su vida privada. Nos tienen calaos. Y así… es que no se puede, no hay nada que hacer. Salvo resignarse.

Cuando la chica ya tenía dos botecitos de sustancias íntimas, orina y sangre, que romántico todo, me ha hecho unas preguntas repasando el test que había rellenado al llegar. Una batería interminable de preguntas… joder, que vengo sin desayunar, ¿es que no lo entienden?

-¿Tienes problemas para orinar?
-Pues no (joder, sí que es importante esto de mear, he pensado)
-En el test has puesto que sí…
-Me habré equivocado…el único problema es que cuando meo no recuerdo donde dejo la orina, pero no sé si a eso se le puede considerar “tener problemas para orinar”…

Pues parece ser que no. Menos mal.

A continuación me han pasado a otra sala para hacerme un electrocardiograma y tomarme la tensión. El electro me lo han repetido tres veces. Tres. Ya pensaba que me había muerto sin enterarme. En fin, no sé porqué tanta repetición. Y de la tensión estoy bien pero me ha dicho la enfermera que tengo un pulso “muy fino”, casi no se oye. Y eso que al colocarme y quitarme los cables me ha puesto las tetas en la cara, con ese generoso escote que me gastaba la tipa. Que romántico. Pero nada oye, ni me he inmutado. Pulso normal, electro normal y encefalograma plano.

Es que yo sin desayunar soy un muñeco de trapo. No valgo pa na.

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18 Junio 2007

Diálogos

Ayer por la noche, como tantas otras veces, apagué las luces y me estiré en el sofá. Repasaba mentalmente un par de diálogos del fin de semana que me llamaron la atención porque despertaron ciertos recuerdos, algunos inesperados.

Primer diálogo

[…]
-¿… y sólo bebes cerveza?
-No puedo beber coca-cola, ni fanta, ni…
-Diabetes…
-Sí.

La palabra diabetes siempre me trae a la memoria, irremediablemente, el recuerdo de mi prima, fallecida hace unos 16 años. La muerte relativiza el tiempo en los recuerdos, o mejor dicho, lo inmoviliza inmortalizando algunas de las sensaciones últimas de la persona recordada y se guardan en la memoria asociadas para siempre a una secuencia de imágenes. En mi cabeza, aún ahora, con (casi) 32 años, mi prima sigue siendo mayor que yo a pesar de que su imagen corresponde a una joven de 19 años.

Con los vivos que desaparecen de nuestras vidas ocurre algo similar. Supongo que no sería un mal resumen de nosotros si pudiéramos recopilar el rastro que vamos dejando en todas esas vidas en las que nuestra presencia ha sido parcial.

Segundo diálogo

-… tio, cuatro semanas y otra vez papá… que cabrón, que poca consideración hacia tu especie.
- jajaja, bueno, bueno, ya te tocará a ti…
-O no, tio, o no. […] Y no creas que no lo he pensado… no tengo nada en contra de tener niños pero ahora mismo tampoco tengo nada a favor, ni lo veo como una experiencia necesaria en la vida. […] Yo ahora estoy muy bien como estoy, y es muy probable que de seguir así, no tenga nunca que criar un niño. Tener o no descendencia son dos opciones sin ningún peso significativo en mi felicidad.

Inmediatamente después de este diálogo, no sé muy bien porqué, dos frases memorizadas involuntariamente se precipitaron con brusquedad en mi cabeza, y volvió de nuevo el recuerdo de mi prima y esa extraña sensación de atemporalidad en la memoria

Bill Murray en “Lost in Traslation” dice

“… [los hijos] acaban convirtiéndose en las personas más deliciosas que conocerás en toda tu vida.”

Me pareció una forma preciosa de resumir el significado del amor de padre.

La otra frase procede de una carta manuscrita que un preso dictó a un compañero para que la hiciera llegar a su familia, poco antes de ser ejecutado en el Camp de la Bota (parte del actual recinto del Forum de Barcelona, donde más de 1700 personas fueron fusiladas por el régimen franquista al acabar la guerra) 

“…os ruego que no tengáis ninguna clase de venganza con nadie…”

Les dejo que extraigan sus propias sensaciones. A mí, desde luego, me estremece por varios motivos que no me apetece explicar.

El caso es que puedo imaginarme unas cuantas razones para haber relacionado estas dos frases, pero me cuesta ver por qué ambas me llevaron de nuevo al recuerdo de mi prima, y me despista aún más que todo provenga de haber reflexionado sobre la no descendencia.

Puede que…

… cuando decida morir, o cuando la vida decida quitarme ese privilegio de elección, me plantee qué quedará de mí, y en ese momento quizá no me conforme con ser el regusto final de recuerdos estáticos esparcidos en la memoria de los que me conocieron en algún momento, un personaje inmóvil de historias ajenas que tan solo cobra movimiento en anécdotas explicadas. Quizá prefiera perdurar en la memoria de alguien de una forma más activa, continua, y tal vez, en caso de no haber tenido descendencia, me arrepienta de ello.

O quizá me importe un carajo, como ahora. Pero entonces sigue siendo todo muy confuso.

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11 Junio 2007

Con ocho basta

Ocho formas de verme Ocho cosas sobre mí. Pocas cosas hablan tanto de uno como los elementos que encuentras en casa. Aquí hay algunos de ellos. A ver qué dicen… 

Vinilos y guitarra para zurdos

UNO: Parte de mis vinilos… muchos recuerdos de infancia, escenas de un niño que se paseaba por las tiendas de discos ojeando las portadas por puro placer, aquel que siempre pedía música como regalo de cumpleaños o reyes. La música me llega a lo más hondo, como nada más lo puede hacer, por eso en mi adolescencia, enrabiado por no saber tocar un instrumento, empecé a tocar la guitarra. Pero esa guitarra que ven es…

DOS: … mi guitarra para zurdos. Soy diestro pero me atraen los retos y por eso me empeñé en aprender a tocar con la mano contraria (además de la forma tradicional), fruto también de un absurdo razonamiento que ya expliqué en un antiguo post del dúplex. Me siento cómodo en los retos, potencialmente aprovechado, me motivan. En este concretamente avanzo lentamente, no le dedico mucho tiempo, pero ahí está, siempre presente, y ahí sigo, no tengo prisa por lograrlo porque…

TRES: … tengo una paciencia casi infinita. He guardado durante 17 años unas láminas de Luís Royo porque al comprarlas decidí que las colgaría cuando tuviera mi propio piso. Han permanecido así, bien guardadas hasta ahora. Con Royo nos vamos al cuatro.

Mi tesoro...

CUATRO: Mi tesoro más preciado, un boceto original de Royo, regalo además de una persona muy importante para mí. Descubrí a Royo a los 9 años y quedé impresionado. Siempre me ha atraído cualquier tipo de expresión artística, pero me impresiona especialmente la capacidad de trasladar a un lienzo la perfección del sentido de la vista. Ese interés inicial se ha ido depurando hasta apreciar, dentro de mis limitaciones, los filtros que el propio arte se aplica para derivar en corrientes de todo tipo.

Libros, dibujo y postal de Goya

CINCO: Reconocerán sin duda la postal apoyada en los libros. Los libros son la cenicienta de mis pasiones, la que siempre paga los platos rotos, la que siempre queda relegada por la falta de tiempo, la pereza y mi incapacidad de permanecer más de un minuto despierto con la cabeza apoyada en la almohada. No puedo leer por la noche si no es semisentado en el sofá. La lectura es también fuente de frustración, me produce un leve complejo de imbecilidad por mi incapacidad en retener datos a largo plazo.

Mi regalo...

SEIS: Mi regalo de cumpleaños (me lo he hecho yo mismo). Todavía queda más de mes y medio pero tengo cierta tendencia a ejecutar en el acto las decisiones que tomo, no me gusta darle demasiadas vueltas a las cosas. Asumo riesgos con facilidad porque he comprobado que las preocupaciones no matan. Aún así, los riesgos siempre pasan por el filtro de la prudencia, lo cual minimiza el impacto de un posible fracaso y facilita la asimilación porque como he dicho, los riesgos están asumidos antes de tomar la decisión.

Más guitarras...

SIETE: Y más guitarras. Éstas, sin embargo, nos hablan de mi acusado sentido de la practicidad. Cuando tienes poco espacio, guardar cuatro guitarras supone un serio problema, así que las he integrado en la decoración del piso. Lo práctico es bello, pienso, aunque soy consciente de que ustedes probablemente piensen que eso es una puta mierda.

 

Casi medio yo

OCHO: Un trozo de mí, eso es este blog, a caballo entre retrato y caricatura, medio personaje y medio alma desnuda. Cumple varias funciones, entre las cuales se encuentran cubrir la necesidad de expresarme más allá de las palabras que podría decir a alguien, reírme de mi mismo y analizar mi entorno.

 

Y basta ya de darles el coñazo que con ocho basta.

Actualización: Soy consciente de que la fotografía no entra dentro de mi habilidades y que se habrán dejado la vista con la puñetera postal. Es “Duelo a garrotazos”, un cuadro que me encanta.

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7 Junio 2007

Engranaje mental

EngranajeTodos utilizamos en mayor o menor medida nuestra culturilla general para amenizar las conversaciones. Los datos complementan los argumentos, realzan las ideas, consolidan posturas o simplemente adornan las explicaciones. Debe existir un complejo mecanismo por el cual nuestro cerebro selecciona de forma automática aquello que le parece oportuno en cada momento. Sin embargo, en ocasiones el engranaje chirría y sueltas involuntariamente alguna palabra inadecuada o que simplemente está fuera de lugar. A mi, además, me pasa a menudo que concluyo en extrañísimas asociaciones de ideas.

Quizá por eso ayer, cenando con unos amigos, mientras hablábamos sobre el milagro de la vida a propósito del reciente estado de embarazo de una de ellas, se me ocurrió hacer una reflexión en voz alta aportando mi granito de culturilla.

-Debe ser algo extraño tener un ser vivo dentro de ti… – y mirando fijamente a la referida añadí - Vi una película de Sigourney Weaver que trataba de lo mismo…

Neuronas chirriando en interminables segundos de silencio.

La ventaja de tener amigos que te aprecian es que te lo perdonan todo con unas risas.

Aún hoy sigo preguntándome por qué el cerebro humano selecciona de forma tan arbitraria entre todo lo que tiene almacenado. O tal vez no exista arbitrariedad. No… de hecho estoy convencido de que no, aunque no consigo discernir qué influye en cada selección. Tal vez un poco de todo, inteligencia, moral, lógica… seguramente debe ser cosa de ese conjunto ambiguo de características propias que llamamos personalidad.

Supongo que no hay forma de evitar que en ocasiones nuestra personalidad chirríe.

Juzguen ustedes mismos los comentarios que, a partir de este momento, encontrarán a continuación (¿pensaban acaso que no los leo?).

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29 Mayo 2007

Have a nice day

Con la típica acrimonia de los cuerpos castigados sin razón me levanto por las mañanas como en una suerte de azar extraño, ajeno a mí, como alma incomprendida alzada en virtud de un estúpido sacrificio a un dios sin criterio. De inmediato encuentro razones en mi memoria para despertar completamente y me siento en la cama despejado de ideas, despojado de ropa y/o viceversa. Me oriento entregado al hábito, distraído por los últimos pensamientos que perdieron el tren de la noche y mientras el tiempo se desplaza rápido en esta extraña y breve dimensión de los que amanecemos por obligación.

Orino, me ducho, desayuno, defeco y me fumo un cigarro en aleatorio orden dependiendo del día, la única variable entre constantes en la ecuación de la rutina. No miro el reloj, odio empezar con una cuenta atrás, por eso me levanto casi tres horas antes de la hora firmada en el contrato que domina gran parte de mi vida.

Preparo el uniforme, ropa ajena a mis gustos que me disfrazan de profesional independientemente de mi profesionalidad. No me gusta ser yo cuando no soy yo al completo pero es otra cláusula no escrita, implícita en mi contrato, que cumplo con resignación.

Preparo el desayuno, la comida más importante del día según algunos. Tal vez sea esa la razón de que siempre sea el mismo. Quizá debería desayunar tres veces al día y no complicarme con dietas variadas.

Recojo casco y portátil y salgo por la puerta.

Hoy, ya lo sabía, no me esperaba un buen día para ser informático. Aunque me gusta mi profesión, mi trabajo no siempre es agradecido con ella.

A media mañana he leído la tira de Dilbert y me he sentido terriblemente identificado.

Tira Dilbert 
Alma incomprendida… estúpido sacrificio… dios sin criterio. En esta religión que profesamos no se necesitan la fe ni las creencias porque los mandamientos vienen firmados por contrato. Y de eso no hay dios que se libre.

Que tengan un buen día. Mañana.

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21 Mayo 2007

El timo del siglo

Todo acabará este jueves, por fin. La improvisada inquilina ha decidido hacer las maletas. Los motivos suyos son y ahora no vienen a cuento. Por mi parte, llegó la hora del análisis.

Tal vez no diga demasiado en mi favor, pero sinceramente, estaba hasta los cojones de tenerla en casa y el hecho de ver cercana la fecha de su partida me alivia. No es que la chica se haya portado mal, siempre ha sido correcta. No es que yo haya dudado un instante el haber ofrecido mi ayuda y mi casa, para nada. Simplemente su presencia distorsiona en cierta forma mi vida y no puedo negarme el hecho de que vivía mucho mejor cuando ella no estaba. Así de simple.

No sé qué conclusión sacar de todo esto. No sé si el hecho de ofrecerse implica moralmente no sentir jamás ese “hasta los cojones”. Yo lo siento en mi cabeza, alto y claro. Y repito, no es que me arrepienta de haberle echado una mano, no es eso, sino que no puedo ignorar que estaba deseando que se largara.

La chica tiene problemas y en no pocas noches acababa llorando mientras hablábamos. En esos momentos no me planteaba nunca estas cosas. Estás ahí y ayudas porque te sale del corazón hacerlo. No por lástima, sino porque realmente lo quieres hacer. Escuchas, hablas, escuchas, opinas, escuchas, aportas tu visión de las cosas… al final siempre conseguía que acabara riendo. Ventajas de ser un poco bufón. La chica agradecida y yo contento, sin embargo luego, a solas, en la penumbra de mi comedor, replegado en el sofá abrazado a la guitarra, acariciando sus cuerdas sin arrancarle apenas sonidos, como si no quisiera despertar fantasmas, sentía entonces que me vencía el egoísmo del propio bienestar, que la satisfacción moral de ayudar a una amiga se iba por el desagüe de lo buenos pensamientos.

No sé si es consuelo sentir el agradecimiento sincero de alguien a quien has ayudado, pero choca frontalmente (y violentamente) con mis deseos de su marcha. Pienso que solo el hecho de planteármelo como un consuelo me parece una actitud vil y mezquina, falsa, hipócrita, pero ¿cómo deshacerse de ese sentimiento? Yo vivía de puta madre antes de que ella llegara. Ahora vivo bien, pero no tan bien, y aunque sea una situación soportable, por muy nobles que sean los motivos, esa diferencia no se me escapa, y ahí surge mi dilema, lo cual es una putada porque no sé hasta qué punto debería ser sincero con ella, y me siento hipócrita y cobarde por no decirle lo que pienso “chica, no puedo dejar de ayudarte porque nos unen fuertes lazos de amistad que tiran de mi, y me desviviré lo que necesites, lo sabes, y puedes quedarte lo que quieras, también lo sabes, pero no puedo negarte que si me dieran a elegir preferiría que tú y tus problemas estuvierais fuera de mi casa, que tres semanas son mucho tiempo y yo ahora vivo peor aunque por ti lo soporto porque te aprecio, pero de verdad chica, aunque la amistad no entiende de distancias, mi piso es muy pequeño para tus problemas así que quédate si quieres pero necesito decirte que me encantaría que pusieras tierra de por medio, yo seguiré cuidando de ti lo que necesites, lo sabes. Devuélveme mi espacio, devuélveme mi intimidad, mis silencios, y llévate esa mierda de música máquina que mis guitarras y mis oídos no la soportan”. Sería genial poder decirle esto sin que se me enfadara y conservando intacta la amistad. Mucho me temo que no es posible.

Me vendieron de pequeño que la nobleza de espíritu es inquebrantable. Me vendieron la moto, falsas referencias que me han hecho crecer en un mundo irreal. La puta tele, las putas pelis de Disney, donde incluso los héroes de a pie tienen una moral de hierro, incorruptible. Y ahora vengo yo con toda mi buena fe y resulta que tengo dilemas. Venga ya! ¿qué mierda es esta? Hago míos los problemas de mis amigos, incluso me los traigo a casa, me los como, los digiero y encima ahora me siento como un gusano por desear que mi amiga se largue de una puta vez… ¿pero esto que es?

Menuda estafa.

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18 Mayo 2007

Soy adicto

Mi nombre es Jafa y soy adicto.

Adicto 

Adicto, porque no hay plan maestro en esto de vivir, tan solo algunas líneas escritas a lápiz que ni siquiera me molesto en borrar cuando incumplo mis sueños. No hay cuentas nuevas y sí miles de borrones en mi libreta de la vida. No hay guión escrito ni personajes secundarios, o estás en escena conmigo o no existes.

No hay final alternativo al gran final que a todos nos espera.

No hay nada preparado.
 
Entonces, si todo es improvisado, si lo que venga llegará siempre en situaciones indeterminadas, para qué molestarse en pensar, en prevenir, para qué malgastar esfuerzos en intentar encajar el imprevisto en un plan de vida programado conscientemente por el inconsciente, ese que aprende sin permiso y dicta sin avisar.

No sirve de nada. No es práctico. No es divertido.

La única certeza para afrontar el futuro es el conocimiento, el de uno mismo, y hay que tener la confianza de saberse todos tus trucos, porque esa es la única ventaja que podemos sacar en la partida de la vida.
 
Soy adicto y tengo alma de cubo de Rubik que ante cualquier situación gira y rota para encontrar la oportuna combinación. Ese es mi secreto, mi virtud de virtudes, el tesoro que guardo y protejo a toda costa.

Soy adicto porque yo sin mí no sería nadie.

Por eso me cuido de que nadie me lleve donde no soy yo. No quiero ser marioneta de hilos largos que arrastra manos y pies. Soy tajante en cuanto me salgo del camino porque mi rumbo tiene un grado de felicidad muy aceptable y no admito grandes renuncias por una cuestión de escalas, por ser más feliz de lo que soy, porque la felicidad no se mide tanto en cantidad como en calidad y yo no quiero una gran felicidad incompleta. Prefiero la dosis adecuada de felicidad imperfecta, que es lo que ahora tengo; estoy de puta madre, la felicidad como consecuencia de mi estado y no al revés.
 
No pienso hacerle compañía a la soledad, que yo estoy muy bien solo, aunque si quieres mándame la tristeza que te sobre, me la llevaré a llorar un rato tus penas y luego la emborracharé de optimismo hasta que se cuestione que coño hace contigo.

Soy adicto a mi vida, y ahora mismo, en este instante, no quiero que se acabe nunca.

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