Noto que se acerca el verano y yo sigo haciendo planes de futuro un paso más allá. Otra idea, otra cosa más a tener en cuenta, otra opción, joder con el puto futuro, no llega nunca. O no se materializa. Tanta lista mental y tanta historia para nada, pienso. A veces.
Y a pesar de todo hay días, como el lunes, en los que ocurren cosas, cosas simples y tontas que me devuelven mi presente, ese que no está tan mal. El presente está bien, casi todo está bien, pienso entonces. A veces.
Le dedico demasiado tiempo a pensar cómo cambiar lo que no me gusta. Demasiadas energías gastadas en aquello que, ahora mismo, no puede cambiar. Ni siquiera depende de mí, ni de mi actitud, ni afecta en nada que construya castillos en el aire o chabolas o nada.
Maldita sea, salgo una noche con la moto, me da el aire y se me pasan las tonterías. Para alguien tan racional como yo, que las revelaciones vengan en formato sensorial es desconcertante.
Retrocedo un paso. Este verano iré con la moto a descubrir una isla. Eso es real.
Y a que me dé el aire.
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