Tras el rastro de Shem

Desestresándome de buena mañana

22 Octubre 2007

Desestresándome de buena mañana

Hoy me he levantado de buen humor y no he podido resistirme a mandar este mensaje de correo a mis compañeros de trabajo.

“Buenos días compañeros,

Antes de nada, como es lunes y me ha tocado las pelotas madrugar, me cago en todos vosotros.

Ya sabéis como me jode venir a trabajar, por eso quería agradeceros el haber compartido conmigo el café de esta mañana en el bar. Siempre conseguís, cabrones, que me introduzca en vuestras conversaciones como si me hubieran untado el cerebro con vaselina, y lográis que hable y opine de cosas sobre las que no tengo ni puta idea, como las putas carreras de coches que nunca veo, joder, porque no tengo tele, o sobre los puñeteros resultados de fútbol que no me interesan. ¿No podemos hablar de tias como todos los hombres? ¿Por qué siempre dejamos este tema para la hora de comer? Ya sé que pensáis que follo menos que vosotros porque no tengo pareja, pero coño, os aseguro que mi trempera matutina desaparece mucho antes de encontrarnos en el bar. Podéis estar tranquilos.

Ya sabéis también que he vuelto a fumar, cabrones, y en gran parte debo agradecéroslo a vosotros, mamones insensibles, y me jode ver como os regocijáis en mi fracaso, manda güevos, pero sé que lo hacéis para que estemos más unidos y me ha llegado tan hondo como si me hubierais dado por culo uno detrás de otro, es enternecedor, en serio. Por eso, he decidido mandaros este mensaje de agradecimiento, y para deciros, cabrones, que aprovechando que soy fumador, ya estáis tardando en ofrecerme ir al bar para tomarme un puto café y fumarme un puto cigarro, o dos.

Que os den.

Jafa

P.D.: Decir groserías fortalece el espíritu de equipo, alivia el estrés e incrementa la productividad laboral. No lo digo yo, lo dice Internet así que será verdad.”

Joer, sí que sienta bien, sí…

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18 Octubre 2007

Influencias externas e internas

Estos últimos posts que ha publicado K me han recordado un texto olvidado entre la multitud de recortes:

“Al principio quise estar contigo, sin embargo llevo demasiado tiempo sin querer estar sin ti, y esa sutil diferencia entre voluntad y dependencia hace imposible nuestra historia, porque no querer separarme de ti me separa de mí, y yo no quiero estar contigo sin mí, sin ser yo, con una existencia parcial, siendo tan solo lo que tú necesitas.”

Nunca, bajo ningún concepto, deberíamos permitir perder protagonismo en nuestras vidas, y en el peor de los casos, como en el texto referido, tener la valentía de recuperarlo.

Este texto nació siendo ficción pero los recuerdos enseguida encuentran el lugar adecuado para las palabras inventadas.

Hace tiempo tuve una relación parecida.

Pero sé que cuando lo escribí no pensé ni un momento en aquella relación.

Me pregunto si el subconsciente escribe guiones basándose en mi vida, se los guarda para luego recitarme diálogos susurrando a través de esta voz que resuena en mi cabeza, que tal vez no sea más que un simple apuntador leyendo papeles usados.

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17 Octubre 2007

Yo gano

Esta mañana, llevado por el reciente recuerdo de estos días de ausencia, he escrito esto:

“Vengo de Portugal con la certeza de haber visto cicatrices en las ciudades, o tal vez pueda decirse que el tiempo envejeció tanto allí que se detuvo para no acabar muriendo junto a la ciudad. Y es que el tiempo, inmóvil por propia voluntad, dejó al descubierto las más bellas decadencias para que las vidas de los hombres se impregnaran de su esencia con el único propósito (de eso estoy seguro) de permitir que sus lágrimas pudieran resbalar calle abajo hasta llegar al río. Porque sin el río las penas de los hombres quedarían huérfanas, petrificadas, integradas dolorosamente en cada rincón de cada calle, reabriendo las cicatrices de ese rostro urbano envejecido hasta matar al tiempo…”

Pero no lo he acabado.

A media mañana he bajado al bar, me he tomado un café y me he fumado tres cigarros, uno detrás de otro.

Al subir de nuevo a la oficina, lo he vuelto a leer y he pensado lo siguiente:

“Esto es una bazofia”

Apenas entendía qué coño había escrito.

Poco antes de ir a comer lo he vuelto a leer y he pensado:

“Bueno Jafa, no es publicable pero tampoco está tan mal”

Después de zamparme un menú en un restaurante Griego, con sus pitas, sus salsas de varios colores y su camarera de generoso escote griego (no incluida en el menú), me he fumado 4 cigarros.

Ya en mi lugar de trabajo lo he vuelto a leer y he pensado esto:

“Jafa, y que más da, cuando cagas no te molesta tu propia mierda si está donde tiene que estar”

Y he decidido publicarlo.

Pero lo que más me llama la atención es que, una vez más, la razón con su lenguaje soez venza descaradamente al sentimiento puro por una cuestión de fuerza bruta, cuando ésta ya tenía a su favor el análisis crítico de lo escrito (claramente desfavorable), y encima se permita el lujo de perdonar la vida a semejante bazofia sensiblera.

Supongo que eso me convierte en mi mayor crítico y, a la vez, el mayor defensor de mis mierdas.

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24 Septiembre 2007

El porqué de un post tan breve

El día que pueda grabar mis pensamientos en mp3 publicaré un post diario.

¿Que extraño fenómeno ocurre al trasladar los pensamientos a la hoja en blanco que la mitad desaparecen? ¿Hay en el aire un filtro contra las estupideces? ¿Acaso la mente no sabe mecanografía?

La inspiración es una eyaculación precoz de la mente y estos días yo me siento impotente.

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12 Septiembre 2007

Cuestión de equilibrio

Nunca he sabido si me falta la suficiente ignorancia para creerme demasiado inteligente o es que me sobra inteligencia para tener la osadía de sentirme confiado con la justa medida de una ignorancia bien llevada. Y es que la sabiduría que otorga conocer tus carencias curiosamente eleva los dos lados de la balanza.

Pero la pregunta que me ronda hoy la cabeza es si la ignorancia es verdaderamente una carencia o una posesión, porque a menudo la siento como el valor más preciado, pues es ésta la que marca el camino que quiero seguir en todo momento. Y es que en este laberinto que es la vida resulta más útil llevar en el bolsillo el mapa que marca los caminos desconocidos. Se trata, en el fondo, que la sabiduría y la ignorancia jueguen a tu favor. Una cuestión de equilibrio.

Llegados a este punto, se preguntará tal vez el lector a qué viene esta reflexión.

No lo sé.

Y quizá sea esto lo que en realidad resulta maravilloso, que desde el vacío más absoluto se creen complejas e intrincadas cuestiones que aparentemente no sirven de nada.

Aparentemente.

Porque dejando un poco al margen, pero no demasiado, estas cuestiones, lo importante hoy, que es donde yo quería ir a parar con todo lo expuesto, es que se cumplen tres años desde que mi padre dejó de renegar de su falso cumpleaños en favor de una coincidencia. Después de 61 años, la vida le dio un motivo en forma de nieto para celebrar, por fin, una partida de nacimiento errónea.

Felicidades papá, felicidades sobrino. Hoy, como cada año, no os regalaré nada, y afortunadamente, uno por mayor y el otro por pequeño, volverá a no importaros. O lo que es lo mismo, la sabiduría y la ignorancia jugando en mi favor. Lo que yo decía.

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6 Septiembre 2007

Casi de vuelta

Verano lleno de excesos. He gastado más de lo previsto, he comido más de lo necesario, he bebido más de lo recomendable y he fumado más de lo habitual. Lo de follar, lamentablemente, sigue ocurriendo de forma esporádica. No por esporas, me refiero a la frecuencia, ni mucho ni poco, lo que aplicado a otros vicios me podría clasificar como “follador social”. Aunque bien mirado, en cuestiones de sexo siempre se trata de sexo social porque incluso en la solitaria intimidad de una masturbación mi mente produce imágenes de otras personas practicando sexo conmigo. Sería un poco estúpido masturbarse teniendo como fantasía mi propia masturbación en solitario, como pedirle al genio de la lámpara una lámpara con un genio dentro. La imagen dentro de la imagen, un bucle peligroso pues se corre el riesgo de entrar en colapso mental antes de la eyaculación si esta no es precoz. Pero estoy divagando sobre cuestiones absurdas, les estaba hablando de mis vacaciones…

Como resumen para no agobiarles, he vuelto más salvo que sano de mi viaje a otros países, y ahora que estoy aquí y empieza el año nuevo que acabará el verano que viene, cuando todavía me quedan algunos días de vacaciones, ando luchando contra esa innata necesidad del ser humano de apuntarse a innumerables cursos de idiomas y empezar infinidad de colecciones estúpidas. Es el momento de empezar a hacer todo lo que siempre has querido hacer, parece decir mi cerebro, embriagado de una extraña clarividencia cósmica, de reveladora nitidez en cuanto a lo que me conviene para ser una persona más completa. Como si no bastará en ser como soy, qué cabrón. Esta empanada mental es pasajera, tan efímera como repetitiva, lo sé, pronto se diluirá en el cadencioso ritmo de la rutina para volver después de Navidad. No conviene hacer caso a esa voz interna en este período de resaca vacacional, es traicionera.

Pues eso, que he vuelto, pero de momento apareceré solo de forma esporádica. No por esporas sino de vez en cuando.

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17 Agosto 2007

Un poco de historia

Sé que les debo un post, pero permítanme hacer un inciso. 

Aunque les parezca extraño, hace unos días, en plena fase de aburrimiento, me dio por intentar calcular de forma aproximada el número mínimo de polvos necesarios que han hecho posible que esté yo hoy aquí diciendo gilipolleces, empezando a contar desde el supuesto nacimiento de Jesucristo. Cada uno se entretiene como quiere, qué pasa.

El caso es que no había retrocedido ni 100 años cuando me cansé de contar. Y tampoco me apetecía averiguar la regla matemática que me diera ese número de forma rápida. Decidí entonces que a estas alturas del año, sin haber hecho aún mi merecido descanso cerebral, lo mejor era sumergirme en profundos análisis filosóficos, mucho más sencillos de abordar que cualquier deducción matemática, por simple que ésta fuera.

Por eso, recurrí de nuevo a un argumento que utilicé en algún antiguo post, el cual no me apetece buscar ahora mismo para referenciarlo. La conclusión de ese argumento es más o menos que en algún momento de la historia los árboles genealógicos de dos personas escogidas al azar tendrán necesariamente algún elemento en común.

Esto, dicho en lenguaje de barrio, quiere decir que podemos asegurar que en un punto de la historia algún antepasado mío habrá follado con algún antepasado de ustedes, por lo menos una vez, dando lugar a descendencia. En fin, no es mi intención amargarles el verano, sé lo inquietante que puede resultar este hecho, y lo jodido es que no solo les ocurrirá conmigo, sino que pueden extrapolarlo además a todo su entorno y verse de alguna manera lejanamente emparentado con cualquier persona de su alrededor. Una putada, porque al margen de los lectores de este blog, hay por ahí mucho indeseable.

Pero tengo buenas noticias (no todo va a ser malo en el post de hoy) porque seguí profundizando en el tema llegando a una conclusión muy reconfortante que además puede aplicarse a cualquiera de ustedes. Luego me lo agradecen si lo desean.

Teniendo en cuenta el carácter exponencial de cualquier árbol genealógico a medida que retrocedemos en el tiempo, entonces, aunque suene increíble, en algún momento de la historia muy muy lejano, el conjunto de antepasados será igual a casi la totalidad de la población mundial (exceptuando tal vez las personas que nunca llegaron a tener descendencia). Esto deriva en la siguiente idea. Se podría establecer un período acotado en el tiempo dentro del cual podríamos asegurar que de todos los polvos que echaron cada una de las parejas existentes en ese período, al menos uno de cada una de ellas fue determinante para que esté hoy yo aquí diciendo aún gilipolleces después de 5 párrafos, y esto señores, le sube a uno la autoestima, porque saber que en un momento dado prácticamente toda la humanidad participó de mi historia personal reconforta, sí, se siente uno importante.

Me encanta pensar eso, la humanidad ha tenido que follar mucho para que yo llegara a existir. Y ya va siendo hora de darle un respiro así que como muestra de agradecimiento voy a desparecer un tiempo.

Pues eso, que me voy de vacaciones. Ustedes, sin embargo, los que se quedan, los que han vuelto y los que aún no se han marchado, por favor, no dejen de follar, sepan que están contribuyendo a crear algo grande y hermoso, vida en la historia, están participando activamente en el devenir de la humanidad, y seguramente dentro de muchos muchos años alguien se parará a pensar y sabrá que sus polvos de este verano, los de ustedes me refiero, fueron determinantes para que ese alguien exista y esté pensando en estas mismas gilipolleces.

Familia, nos vemos en septiembre. Cuídense.

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1 Agosto 2007

Sobre despistes - Parte II

Los peligros de la higiene personal 

¿Hasta qué punto somos culpables de nuestra conducta? En realidad no tenemos ningún control sobre la forma en la que nuestro cerebro desarrolla sus patrones, no somos los arquitectos responsables de montar adecuadamente o a nuestro antojo la compleja estructura neuronal que responde a estímulos externos, no hay elección posible, no existen las preferencias voluntarias, tan solo podemos, en el mejor de los casos, encauzar lo que nos ha tocado ser hacia términos más o menos controlables. El molde emocional lo impone la propia vida que cincela a golpe de experiencia personal. Somos simplemente pastores de nuestras emociones que intentamos controlar a base de pautas y disciplina.

Entonces ¿a quien culpamos? Porque en ocasiones realmente necesitamos culpar a alguien, o a algo. No nos vale culpar a la vida, ni al destino, ni al chachachá, son entidades metafóricas, figuras poéticas intangibles como la Madre Naturaleza. Debe existir necesariamente un responsable real, porque nuestras acciones son reales, tan reales como sus consecuencias, y no podemos darle una bofetada a la Madre Naturaleza por habernos hecho así, ni al destino, ni al chachachá, y a la vida tan solo podemos matarla pero no darle su merecido.

Pues bien, ayer encontré parte de la respuesta que buscaba. Sí, ahora sé quien es el culpable “real” de mi despiste, a quien puedo ajustar las cuentas. Es el responsable que controla mis “funciones ejecutivas”. Cito de la wikipedia (que es la forma educada del vulgarmente llamado copiar-pegar):

“El concepto de Función Ejecutiva define a un conjunto de habilidades cognitivas que permiten la anticipación y el establecimiento de metas, la formación de planes y programas, el inicio de las actividades y operaciones mentales, la autorregulación de las tareas y la habilidad de llevarlas a cabo eficientemente.”

Evidentemente se puede deducir de esta definición que el despiste es una disfunción del órgano que regula las funciones ejecutivas. No, no es la polla en el caso de los hombres, que les veo venir. Vuelvo a citar-pegar:

“Este concepto define la actividad de un conjunto de procesos cognitivos vinculada al funcionamiento de los lóbulos frontales cerebrales del ser humano”.

Los lóbulos frontales, por tanto, fueron los que estuvieron a punto de acabar con mi vida hace unas semanas. Andaba yo pensando en mis cosas mientras limpiaba el lavabo. En Terrassa el agua tiene una cantidad tan anormal de cal que yo no entendí eso de “el agua ensucia” hasta que me vine a vivir aquí. Por eso utilizo para la limpieza del baño, los grifos y la fregadera un producto con propiedades abrasivas que al dejarlo actuar sobre las superficies las deja muy brillantes. Pulvericé sobre el lavabo y el grifo al mismo tiempo que daba forma en mi cabeza a otra teoría absurda sobre las relaciones entre hombre y mujeres y los procesos de interacción de ambos sexos (que tal vez les exponga algún día). Después pasé el paño y recogí la ropa sucia para meterla en la lavadora mientras repasaba mi teoría. Acto seguido, cuando empezaba a valorar la coherencia de mis ideas y a ser consciente de mi imbecilidad y de la inutilidad de mis disquisiciones mentales, me dispuse a lavarme los dientes.

No había frotado el cepillo demasiadas veces cuando comencé a sentir un ligero picor en la boca, pero como en ese momento me preocupaba más mi recién contrastada imbecilidad continué con mi higiene bucal como si no pasara nada, sin percatarme de la maravillosa e inusual (o maravillosa por inusual) circunstancia de coincidencia en el tiempo de un proceso racional y una acción involuntaria que convergían ambas en la misma condición de imbecilidad de un mismo sujeto, lo que supone por tanto coincidencia también en el espacio, y, acotando un poco más el espacio, en el propio sujeto, que en este caso era yo. En definitiva, que más imbécil no se podía ser en ese instante.

El picor aumentó y se extendió inmediatamente a todo el interior de mi cavidad bucal. En ese momento me percaté que sobre la superficie pulverizada había estado momentos antes mi cepillo de dientes, el cual fue también pulverizado con el líquido abrillantador. Inmediatamente procedí a enjuagarme la boca con abundante agua, pero como no había secado bien el grifo, el agua se mezclaba con más líquido abrillantador que aún goteaba hacia el orificio dando lugar a un agrio sabor. El picor aumentó y valoré de inmediato la posibilidad de meter la cabeza en el váter y tirar de la cadena, pero el váter también había sido pulverizado, y además podía morir ahogado, o lo que es peor, podía morir ahogado y de rodillas, con la cabeza en el váter, la boca llena de pasta de dientes y líquido abrillantador, lo que hubiera dado lugar a epitafios muy humillantes o hipótesis absurdas sobre un supuesto exceso de énfasis en mis procesos de limpieza personal.

Tuve que correr a la cocina, colocar la boca bajo el grifo (éste sin pulverizar) y enjuagarme bien con un potente chorro de agua para que empezara a desaparecer el picor, que por suerte al poco quedó reducido a un amargo sabor, una especie de acidez química ligeramente mentolada. Eso sí, los dientes me quedaron cojonudamente blancos.

Todo fue culpa, ahora lo sé, de los putos lóbulos frontales, que controlan todo lo mencionado anteriormente. Se descubrió la relación entre las funciones ejecutivas y los lóbulos frontales gracias al testimonio del doctor Horrow, quien describió el caso de Phineas Gage. Gage era un obrero de los ferrocarriles, en Septiembre de 1848 sufrió un accidente y una barra de hierro de un metro de largo y 6 kg de peso le atravesó la mejilla izquierda saliendo por la parte superior de la cabeza. Sorprendentemente no murió y se recuperó de forma rápida sin secuelas aparentes. Sin embargo, pronto los que lo conocían afirmaron que su carácter había cambiado por completo (“Gage ya no era Gage” decían), se había vuelto muy irascible, impaciente y blasfemo, incapaz de mantenerse en sus tareas. A partir de ahí perdió varios trabajos debido a su carácter conflictivo y acabó siendo exhibido en un circo junto a la barra que lo atravesó. Sus cráneo y la barra de hierro se conservan en el museo de medicina de la universidad de Harvard.

Años más tarde, Egas Moniz, un neurólogo iluminado con escasos argumentos científicos (un simple experimento con un chimpancé) logró convencer a la sociedad de que podían tratarse ciertas enfermedades mentales destruyendo las conexiones nerviosas de los lóbulos frontales (obviando los cambios negativos en la personalidad de algunos pacientes), y así nació la lobotomía, hecho por el cual le dieron un flamante premio Nobel.

Escalofriante resulta la trayectoria de Walter Freeman, un neurólogo que no era ni siquiera cirujano, que popularizó la lobotomía en Estados Unidos a golpe de mazo y pica-hielo, introduciendo dicho aparato ligeramente por encima de la cavidad lacrimal del paciente hasta destruir las conexiones con bruscos movimientos circulares, convirtiendo la lobotomía, con tan sencillo método, en una especie de procedimiento industrial ambulante por el que pasaron miles de personas.

Pues bien, después de analizar estos datos se me presenta una difícil decisión. Por un lado mi despiste empieza a ser un factor peligroso en mi integridad física, y puede conducirme finalmente a dar con mis huesos en alguna vitrina de una universidad de prestigio, con mi esqueleto arrodillado ante un váter, con mi cráneo dentro, mi cepillo de dientes justo al lado, en una especie de alegoría artística, la reinvención de la fuente de Duchamp o algo parecido que otorgaría un significado mucho más específico a dicha obra.

Por otro lado, la solución de la lobotomía no me seduce en absoluto, no me apetece que se me agrie el carácter (con lo agradable que soy yo, por dios), y mucho menos a base de meterme un pica-hielo por el ojo, joder, que así cualquiera se pone de mala hostia a perpetuidad.

He optado por analizar un poco más en profundidad mis procesos mentales en busca de la clave de mi despiste, y no crean que no he descubierto cosas interesantes… Pero eso lo dejo para la tercera parte de esta entrega.

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30 Julio 2007

Sobre despistes - Parte I

Historias de la puta moto 

Acontecimientos recientes me han llevado a buscar esta mañana, a primera hora, algo de información acerca de los despistes en el ser humano para justificar de forma alguna el perpetuo despiste del que me siento en ocasiones esclavo. Mi madre dice que es hereditario, pero de mi madre no te puedes fiar porque es una despistada, y los despistados suelen dejar sus razonamientos esparcidos por la mente, en cualquier rincón, y los recuperan sin saber muy bien porqué los dejaron allí, así que su opinión en este caso no cuenta.

Les explico. Ayer me pasé el día en casa, tirado en el sofá viendo pelis en el portátil con el cerebro a medio gas después de la despedida de soltero del sábado. Por la tarde, cuando se me pasó un poco el cansancio, recogí la casa y decidí ir a tomar algo. En fin, era mi cumple y me daba un poco de pena no haber salido en todo el día. De todas formas tenía que bajar a la calle porque había aparcado la moto fuera del parking y quería guardarla, así que teniendo motivos para salir, poco me costaba acercarme a un bar.

El caso es que andaba yo pensando en mis cosas mientras quitaba el candado de la moto y guardaba el bolso en el baúl de atrás cuando ocurrió… sonó un ‘clac’, el baúl se cerró, y me di cuenta en ese momento que me acababa de dejar dentro las llaves de la moto, incluida la del baúl, por supuesto, junto con las de casa, el móvil, la cartera…. todo, todo se había quedado dentro y ahora no podía abrirlo. La pregunta estúpida en esta ocasión fue ¿Por qué estaba yo fuera del baúl y la llaves dentro?… por un breve instante mi corazón latió con tanta fuerza que me revolvió las entrañas, atadas en ese momento a mi estómago del cual tiraban con fuerza, y pareció que mi vida entera saltara del interior de mi pecho al puto baúl de los cojones. 
 
Genial, cojonudo Jafa, las 21:30h y en la puta calle con el casco en la mano… Me lo puse un momento allí mismo, al lado del baúl, en medio de la calle, para llorar un poco en la intimidad antes de suplicar nuevamente ayuda a los vecinos. Conseguí con facilidad que me dejaran unos destornilladores y un martillo. Pues nada, manos a la obra: pim, pam, pum… ay que se me va la mano, rayada por aquí, otra por allá, joder que duro está esto, golpeo un poco más fuerte, rayada un poco más larga, descanso, me pongo el casco y lloro otro rato, me quito el casco, pim, pam, pum, más rayada… y al final se abrió.
 
Con tantos arañazos el baúl parecía el dibujo de un niño en pleno ataque epiléptico pero al menos estaba abierto. Cogí el puto bolso, las putas llaves, guardé la moto y me subí a casa otra vez, no me apetecía ir a tomar nada. Ya en casa me abrí una cerveza, la alcé solemnemente y me dije: “felicidades Jafa, hoy eres un poco más viejo y un poco más gilipollas que ayer“.

Por eso esta mañana necesitaba encontrar información al respecto. Una conducta tan repetitiva debía tener un nombre científico, debía estar recogida en algún estudio y bien clasificada. No quería la solución a mi despiste, solo saber de donde venía.

Por suerte, una de las especies más estudiadas del reino animal es, sin lugar a dudas, el ser humano, y como yo con frecuencia me siento de esta especie porque poseo algunas de sus características exclusivas, y además, precisamente por una de ellas, tengo la pertenencia asegurada durante los próximos 29 años gracias a mi hipoteca, he comenzado a buscar en el siguiente lugar de más información sobre los humanos que existe en el mundo después de mi madre. Google…

Y mañana les explico, además de las conclusiones, qué relación hay entre una universidad de prestigio, una calavera, mi cepillo de dientes y un limpiador de baño.

Sean buenos y no presionen, ya saben que me despisto con facilidad.

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12 Julio 2007

Amplitud limitada

Hay momentos, breves, casi fugaces, casi imperceptibles, en los que sin saber por qué, sin venir a cuento, intuyo de pronto la inmensidad del espacio que tengo sobre mi cabeza, siento la amplitud del cielo como si fuera la primera vez que lo viera y me invade una extraña sensación de libertad, como si en ese instante concreto del tiempo pudiera dar cualquier giro a mi vida, en cualquier sentido, en cualquier dirección, con la certeza de que todo va a salir bien.

Ayer, antes de ponerme el casco, de noche, en una calle oscura con el cielo encapotado y a la vez tibiamente iluminado por una luna baja, volví a sentirlo. Me ocurre a menudo, en cualquier circunstancia, da igual lo que esté haciendo, siento esa sensación de libertad que me proporciona durante un rato paz interior, es como un masaje interno bajo piel y huesos, directo al cerebro, a los pulmones, a los brazos. Me relaja, me calma, duermo y sueño despierto y lúcido, me dejo llevar por mis pensamientos.

Conducía hacia casa por la autopista apenas iluminada, apenas transitada a esas horas de la noche. Buscaba una razón. Nunca lo había hecho antes, pero ayer sí, quise averiguar de dónde surgía esa sensación, qué circunstancia pasada pudo provocar que yo me sintiera así de bien al contemplar en ocasiones ese cielo inmenso. Al fin y al cabo siempre era el mismo cielo, cada día estaba ahí arriba y alguna razón debía haber para percibirlo tan solo a ratos y para que esa percepción me proporcionara esa sensación de libertad.

Sin querer mis pensamientos se desviaron un poco tratando de encontrar la explicación y se fijaron en el hecho de que existen motivos diferentes en cada uno de nosotros que provocan idénticas sensaciones. Cada uno con su razón origen y su circunstancia desencadenante. Para mí es ese cielo. Para ustedes quién sabe.

El caso es que, al igual que en mis sueños de almohada, cuando sueño despierto también tiendo a recordar poco de lo que ha pasado por mi cabeza instantes después, especialmente si se trata de largos discursos internos. Tan solo vienen a mí recuerdos fraccionados, frases sueltas y  sesgadas, aisladas, sin orden aparente.

De ayer recuerdo el último pensamiento antes de bajarme de la moto. Pensé que eran necesarias mis limitaciones cotidianas para sentirme completamente libre de vez en cuando. Sin embargo hoy no lo tengo tan claro.

Pero es que hoy el cielo no es tan amplio como ayer. Tal vez sea esta mi limitación.

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