18 de Agosto de 2006 (post transicional)
Me regalaron un jamón. Y allí estaba desde hacía tres días, amortajado sobre el mármol de la cocina, inmóvil, inerte, como un fantasma esperando levantarse. No quería tocarlo, no disponía de un “cuchillo jamonero” para abordarlo en condiciones. Hasta ayer. Justo cuando iba a atacar, cuchillo en mano, me retuve un momento relamiéndome mientras lo observaba. Esa dulce espera final, semejante a ese momento en el que estando a punto de llegar al orgasmo uno se retiene para saborear un poco más ese excitante y desgarrador instante de máxima tensión y rigidez muscular, ese dulce agarrotamiento que desata inmediatamente después toda la energía contenida hasta dejar el cuerpo embriagado de placer, laxo y relajado, decía pues que esa espera me sirvió además para llegar a una determinante conclusión: el ser humano es una especie altamente sociabilizable. Demasiado.
Esta sociabilidad no es más que el producto de un continuo aprendizaje inconsciente que solemos identificar con la madurez del individuo. Un aprendizaje marcado en límites por la sociedad que nosotros mismos hemos creado, la cual recorta inexorablemente la natural desmesura del ser humano. Tal vez sea inevitable esta organización social. Hacia esto hemos derivado de forma involuntaria y quizá sin esos límites nuestra incontrolable desmesura resultaría terriblemente autodestructiva. Al menos eso parece dictarnos el sentido común viendo las atrocidades que actualmente se cometen a pesar de los moldes impuestos de comportamiento que, erróneamente, creemos inherentes a la raza humana. Tal vez sin darnos cuenta estamos reprimiendo instintos en pos de una organización controlada y ordenada de nuestras acciones. Hemos creado un “modelo de ser humano”, y en este caso “ser” adquiere tanto su acepción nominal como de verbo sustantivo. Incluso diría que esta primera deriva en la segunda pues este modelo define lo que una persona debe “ser” basado precisamente en su comportamiento como tal. Parece absurdo si tenemos en cuenta que no dejamos de ser animales. En ninguna otra especie ocurre esto, que un comportamiento definido a posteriori por reglas de conducta defina lo que debe ser un individuo de dicha especie.
De esto también se puede concluir que el carácter de una persona no es más que la forma en la que el individuo afronta todas esas normas impuestas. Incluso la rebeldía no deja de ser más que otra manera aprendida de entender y afrontar un límite, porque hagamos lo que hagamos nos movemos siempre entre límites, los límites de lo socialmente establecido.
Tal vez el único momento en el que realmente somos seres humanos, animales libres, sin artificiales ataduras que nos condicionen el comportamiento, es precisamente cuando follamos. O incluso acotando un poco más, cuando estamos cerca del orgasmo es cuando somos más “nosotros” mismos como animales. Es un momento precioso de la naturaleza humana, portentosamente desinhibidor, carente de esa artificialidad aprendida. Tal vez por eso, cuchillo en mano dispuesto a abordar la suculenta pieza sobre el mármol, deseoso y aún así reteniéndome, fui en ese momento consciente de mi realidad, porque análogamente al instante previo al orgasmo, mi mente fue libre durante un suspiro, breve pero sin embargo suficiente.
Les cuento todo esto para justificar mi acción ante el jamón. Cuando yo era niño recuerdo colarme en el lavadero de mis padres de donde colgaba siempre alguna pieza. Yo apenas alcanzaba el doble de altura que la pierna curada así que de puntillas no podía más que abrazar el jamón, asirlo con fuerza y a bocados, literalmente, roer, y roer, y no parar hasta saciarme. Como un animal. Sin cuchillos, así, tal cual, y no me importaba (de hecho nunca lo llegué a pensar) parecer una prolongación del animal muerto al que estaba devorando. Y hoy, con 31 años me doy cuenta de que he esperado tres días porque no tenía un cuchillo. Pero que imbécil. Precisamente ahora que vivo solo, que podría mearme por los rincones si quisiera, o plantar un pino en medio del comedor, que podría decidir no ducharme porque dependiendo del día no tengo agua caliente y evitaría salir tiritando, con todos los miembros ateridos, masculinamente inerme, ahora precisamente, digo, que podría ser más libre que nunca porque en mi casa mando yo y hago lo que me da la gana, caigo en la cuenta de que me encuentro domado, socialmente controlado por la educación aprendida inconscientemente y me retengo de hacer lo que tal vez de forma natural hubiera podido hacer, en este caso en particular, comerme el jamón a bocados. Y el caso es que resulta fácil desquitarse de las normas cuando te lo propones, pero lo importante aquí, que es lo que yo pretendo resaltar, es la profunda penetración social que se percibe en la involuntariedad de los actos inocuos cotidianos, aquellos que sin pensar nos llevan a comportarnos como deberíamos. La propia resistencia que debemos ejercer para no hacerlos es indicativa de esta sociabilización a la que estamos sometidos. Por eso la rebeldía tampoco me sirve ahora, da igual que hoy llegue y le hinque el diente al jamón hasta tocar hueso desdeñando utilizar el cuchillo, he perdido mi oportunidad, la involuntariedad del acto y eso me hace menos humano naturalmente hablando pero más humano de forma social.
Cuando uno es niño sin embargo esta penetración no es tan notoria. El aprendizaje está comenzando y la mente del niño es todavía un territorio diáfano, un remanso de entera libertad acotado a duras penas por la autoridad parental. Poco a poco le iremos colocando las barreras hasta atestarla de normas y reglas de comportamiento. En mi caso (y en el de todos, creo) de niño, por ejemplo, no es que no me importara no haberme duchado en tres días, es que simplemente ni lo pensaba. No entraba en mi mente que estuviera mal llevar una camiseta completamente arrugada, o las zapatillas rotas, o los pantalones desgastados. Y masturbarme con diez años me producía el mismo sentimiento de libertad que cuando salía a jugar con mis amigos, porque en realidad mi grado de libertad mental era, sino igual, semejante en ambos instantes. Ahora no, si me dan a elegir, elijo follar y mis amigos que esperen. Por algo será, digo yo. Aquel pequeño “ser humano” ha sido transformado en un “ser social”.
Por eso amigos debemos esforzarnos en el único bastión de libertad que nos queda, de auténtica libertad humana. Hay que follar más. Yo me lo he propuesto para este año que empieza (sí, de septiembre a agosto también es un año que empieza). Este año pienso follar más, aunque sea solo. Quiero sentirme más humano. A diario.