Tras el rastro de Shem

Siguiendo los pasos del esclavo huido

24 Abril 2007

Sobre elementos decorativos

Existen pocos tipos de mascotas vivas que puedas utilizar como elemento decorativo en un piso sin traspasar los límites de lo legal. Los peces y los pájaros deben ser, casi con seguridad, los más utilizados, quitando obviamente la fea costumbre humana, ampliamente extendida, de utilizar a tu propia pareja, pero eso es otra historia… Dejaremos también para otro momento la discusión sobre la pertenencia o no a este grupo de mascotas de los seres vivos que realizan la fotosíntesis, incluida la mujer florero, resultado de la intersección de estos dos últimos grupos mencionados.

Es bien conocido que el gusto por la estética de lo vivo con el único fin de engalanar viene de lejos, sin embargo mi ignorancia me impide proporcionarles datos históricos y por eso, si su curiosidad iguala mi desconocimiento, vayan ustedes a la wikipedia, que yo me abstengo de añadir nada por no incurrir en malformaciones históricas y poner monedas de oro en épocas que no corresponden.

El caso es que supongo yo que como mis antepasados han estado siempre presentes en la historia, mi familia actual no quiso ser menos y siguió con esa misma costumbre decorativa, de tal forma que en los años que hemos convivimos juntos, varios de estos animales han adornado, con más o menos suerte y gracia, diferentes dependencias del hogar.

Jamás tuvieron nombre, o tal vez mi nulo interés hacia ellos me impidió conocerlos. En cualquier caso, animales anónimos que aparecían y desaparecían de mi vida dejando el mismo rastro indiferente en la memoria que un mal adversario de ajedrez.

Pues bien, ahora observen el siguiente sujeto decorativo que tengo que soportar desde el viernes:

Pájaro

Y es que el viernes me vi moralmente obligado a rescatar el dichoso pájaro del aeropuerto pues una amiga me llamó desesperada argumentando que no se lo dejaban subir al avión, y allí fui yo al rescate, a toda leche con mi moto, como el halcón callejero, o quizá debiera decir, teniendo en cuenta mi tendencia de superlópez, mi reciente y vergonzosa experiencia en la moto, y la subespecie de sujeto decorativo en cuestión, que acudí como el jilguero de barrio que soy.

Digo yo que cuando un amigo te pone al cuidado de un bicho de estos debería dejar, como mínimo, un librito de instrucciones porque me encuentro que no sé cómo coño se apaga el pájaro éste cuando me apetece silencio, joder, que ya no puede uno ni masturbarse en calma tumbado en el sofá sin cerrar los ojos y tener que imaginarse por cojones que está en el campo, que a mí me gusta controlar mis fantasías y no me cuadra la rubia en el ascensor con la piada de un jilguero clavada en el cerebro. Que cuando quiera fantasear con la rubia en el campo no me hacen falta pájaros, me frotaré una rama de olivo por los huevos, que de esto, oiga, sé un rato.

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20 Abril 2007

Calentando motores

 

AbandonadoTengo el corazón mal aparcado y en cualquier momento me lo multarán, mis sueños viajan en patera, mi realidad está atrapada en un atasco, mis ilusiones no pillan un semáforo en verde, mi economía es un aparcamiento de zona azul, y mi trabajo un camino sin asfaltar.

Aún así he dado de baja el mal humor y lo he llevado al desguace, el ánimo al taller, hay que pasar la ITV de la primavera y para eso necesito cambiar el filtro de los malos pensamientos y revisar el circuito de inyección de optimismo. 

Por eso mientras desayunaba me he puesto a Satriani, a las 7:00 de la mañana, con dos cojones, y me he tuneado de naranja para ir a trabajar, que se me vea, coño, que es viernes, hay que pisar gas a fondo y no preocuparse de las curvas. 

Y que el único peaje a pagar sea la resaca.

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18 Abril 2007

Perfeccionismo intrusivo

En mis días hay una lucha constante entre la perfección y la dejadez que dificulta cualquier intento por discernir cuánto hay de virtud y cuánto de actitud en todo lo que hago. Es una ecuación sin resolver en mi vida.

Existen personas perfeccionistas, llegando a límites casi obscenos, que ejecutan sus acciones siempre bajo la influencia de un estricto sentido de la pulcritud. En mi caso suele haber una lucha previa y la perfección es la segunda reacción que anula el principio de dejadez que rige el primer impulso.

No acabo de entender muy bien qué me lleva de un extremo a otro, qué ocurre en mi cabeza en ese instante de duda para que pase de plantearme dejar de hacer algo a hacerlo con el máximo esmero. Por suerte para mi esto último ocurre en la mayoría de las ocasiones aunque reconozco que a veces soy el más vago de los vagos. Tal vez esté equivocado y la extrema dejadez no sea más que el mismo criterio de perfección aplicado a la gandulería.

Lo más curioso es que este sentido de la perfección se integra extrañamente en el ámbito de lo afectivo, una zona donde los argumentos de la razón suelen ser ignorados como los de un pregonero sin credibilidad. A veces creo que todas mis virtudes son el resultado obligado de una determinada forma de proceder impulsada tan solo por ese sentido de la perfección que me lleva a ser generoso, o compasivo, o cariñoso, por citar algo, con las personas que aprecio. Este hecho desvirtúa todas mis virtudes, les resta valor, porque poner un objetivo detrás de un impulso afectivo es una forma inconsciente de falsear la realidad pues las acciones derivadas de esos sentimientos deberían surgir sin más.

Normalmente cuando llego a esta conclusión se produce un conflicto interno pues constato de inmediato que existe discrepancia entre la percepción que los demás tienen de mí y la mía propia y pienso que tal vez no sea tan buena persona como creen. Para mí está claro que la amistad, por ejemplo, es capaz de promover el impulso inicial pero no estoy tan seguro del motivo que prolonga, en mi caso, ese impulso hasta las últimas consecuencias. Tal vez debería conformarme con saber de mis buenas acciones y del beneficio con el que repercuten en los demás, pero no es así, este desconocimiento del origen me produce una extraña sensación que no sé clasificar emocionalmente y no me queda más remedio que buscar explicaciones para demostrarme la sinceridad de mis acciones.

Todo esto viene porque desde hace semanas no duermo bien. Soy de esa rara especie que necesita pocas horas de sueño para levantarse en plena forma, pero ahora mismo da igual las horas que duerma, me levanto cada día con el cansancio propio de quien batalla con sus miedos y preocupaciones por la noche. Las evidencias son claras: la sábanas anormalmente revueltas, despertar en lugar y postura diferentes a las iniciales (cuando siempre soy un cuerpo inmóvil cuando duermo), sobresaltos en mitad de la noche… Solo alcanzo a ver un cúmulo de evidencias porque mis fantasmas se esconden al abrir los ojos y no recuerdo nada de lo acontecido.

La única explicación que puedo ofrecerme a este hecho es que me atormento por las noches, que toda esa despreocupación de la que hago gala durante el día revienta en mis sueños dando lugar a una batalla campal en mi cama. Sé que algo me preocupa pero de día no alcanzo a ver la razón, quizá porque de pequeño debí caerme en la marmita del optimismo y eso emborrona mi percepción en las cuestiones negativas, pero la lógica se impone y no encuentro más motivos que el resultado de ese impulso sin final que me llevó hace unas semanas a socorrer a un amigo en apuros, un buen amigo.

Quizá por eso necesito saber qué hay de sincero en lo que hice. Quiero saber qué provocó el acudir en su ayuda incondicionalmente, traspasando límites sobre los que nadie puede quitarte la legitimidad de no traspasar, sobre los que nadie, ni siquiera un amigo, podría juzgar ni tenerte en desconsideración por no cruzarlos, quiero saber digo, qué provocó que me faltara tiempo para comprometer mi supervivencia por dar una rápida y contundente respuesta, hasta tal punto que, sin saberlo este, he tenido que vender mi coche para asegurarme unos meses más de supervivencia a la espera de que se solventen sus problemas.

¿Es esto amistad o tan solo una respuesta natural a un estímulo, un acto reflejo de mi personalidad? Porque… ¿acaso se supone noble y valiente al escorpión que, atrapado en un círculo de fuego, se clava el aguijón, cuando es su propia naturaleza la que impulsa este acto? Así me siento yo, incapaz de discernir donde acaban mis virtudes como amigo, incapaz de saber el momento exacto en el que me rodeo de fuego y los actos se vuelven irremediablemente inconscientes e involuntarios porque están implícitos en mi línea de procedimiento estándar, englobados en ese afán de perfeccionismo y reforzados además, en este caso, por un sentimiento afectivo.

Pero por más que busco en los intrincados recovecos de mi mente no encuentro solución al dilema y tan solo la resignación me ofrece una respuesta aceptable. Y es que en el caso de un amigo al que no puedo sino desearle lo mejor, el fin justifica la intrascendencia de los motivos.

No sé si eso es suficiente para mí, no sé si puedo aceptar que lo sea. Y tal vez esta duda sea el látigo de mis fantasmas nocturnos.

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17 Abril 2007

Aquel dúplex olvidado…

Que quieren que les diga, me hacía ilusión recuperar las últimas cosas que dejé en aquel dúplex, mi anterior hogar. He podido traerme unas cuantas anotaciones y poco a poco las iré apilando, no sé bien con qué criterio.

Hace tiempo que quería salvarlas antes de que desaparecieran por completo. Debe ser esta melancolía, que nunca se acaba de ir de forma definitiva.

Para los que ya han pasado por esto, disculpen la repetición, evitarán fácilmente este suplicio si no pulsan los enlaces en cuestión.

Para los demás, que os sea leve.

Tenía que hacerlo, compréndanlo.

P.D.:Cada vez que toco algo se me descuajaringa el puñetero Wordpress, disculpen si no lo ven con claridad.

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14 Abril 2007

Una noche extraña

Hace días que no consigo centrar mis pensamientos, se evaden en cuanto intento traerlos a un primer plano de la misma forma que escapan las imperceptibles manchas de la retina cuando intento seguirlas con la mirada. Me siento en el sofá y abro el portátil sin demasiado convencimiento. Abro también un Rioja y dejo que Nina Simone temple el ambiente.

Recuerdo mis últimos movimientos en la cocina antes de sentarme. Precisos, seguros, llevados por la certeza del conocimiento exacto de los utensilios que yo mismo decidí colocar en un lugar y no en otro. Todavía es reciente el recuerdo de aquellos días en los que nada tenía un lugar. Pero la vida tiende a asentarse, y las costumbres. También los objetos, colocados a veces de manera provisional quedándose allí para siempre, como algunos amigos.
 
El piano me obliga a cerrar los ojos por un instante. Nunca he sabido a quien culpar de no saber tocar el piano.

Otro pensamiento rompe en mi cabeza. No se debería castigar los errores de la intuición. La humanidad está condenada a arrastrar el lastre del aprendizaje por repetición.

Se me escapa una lágrima.

Sabía yo que la melancolía me atraparía esta noche.

Suena el teléfono de guardia del trabajo. Son las 22:45.

No llego a tiempo de responder y llamo al número que aparece en el registro de últimas llamadas. Contesta el puesto de la Guardia Civil de Puerto del Rosario, que nada tiene que ver con la fabricación de productos lácteos.

Está siendo una noche muy extraña.

Creo que iré a un bar a tomarme un par de cubatas. Por los buenos recuerdos. Y porque lo que ahora vivo es la semilla de muchos más.

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3 Abril 2007

Silogismo enfermizo

Una de las ventajas de vivir en estado perpetuo de despiste es que las preocupaciones no te asaltan hasta el último momento. Eso sí, cuando llegan arrastran tras de sí consecuencias devastadoras porque el tiempo de resolución es mínimo o, como ocurre en la mayoría de los casos, no existe tiempo de resolución. Es el precio de ser despreocupado, las preocupaciones son una inmediata fuente de sufrimiento.

A mi edad, ni mucha ni poca, hay cosas por las que he desistido luchar, se impone la lógica en según que batallas, y mi resignación no es más que el resultado de un silogismo de comportamiento, absurdo en ocasiones, pero viniendo de mi se debe aceptar esta condición como parte de cualquier premisa. También esto está asumido.

Pues bien, ayer me sentí nuevamente víctima de esas consecuencias. Curiosamente no de lo hechos en sí (de esos no se salva nadie pues no hay forma de evitarlos), sino de las consecuencias derivadas de no prever los hechos, y se volvió a hacer patente este silogismo que antes mencionaba. Les relato los hechos.

Como sabrán ustedes mi piso es un espacio en lenta y constante evolución hacia un hogar. Y digo evolución porque cada cambio supone una modificación, aunque sea leve, en mis costumbres, y lenta porque depende de mi voluntad y de mi economía (ambas escasas). En este caso la adaptabilidad se convierte en una forma de supervivencia y cualquier carencia suplida deviene en una mejora en las condiciones de vida. Afortunadamente ahora mismo las carencias son de bajo impacto pues tengo cubiertas las de primera necesidad, excepto el sexo. Esto último se me hace terriblemente evidente cuando el azar me favorece y debo echar mano de un preservativo e inconscientemente miro la fecha de caducidad. Resulta obvio que es una necesidad no cubierta cuando una caja de condones te dura más que un bote de mermelada de mora (y por favor, no me digan que me eche novia, que estoy buscando una solución al sexo, únicamente al sexo… lo de la mermelada me da igual).

A lo que iba. Este silogismo que trato de explicarles tiene que ver con carencias y despreocupaciones. Las carencias se refieren en este caso a la falta de medicamentos y la despreocupación a mi nula previsión por desinterés en el aprovisionamiento mínimo de los mismos. Y es que en el habitual estado de bienestar físico nunca se me ocurre pasar por una farmacia a menos que se me haya gastado el bote de mermelada (ustedes ya me entienden). Y en esos casos mi mente está tan ofuscada por la necesidad inmediata que no reparo en productos que alivien dolores sino que eliminen preocupaciones futuras.

Por eso, lo único que tengo para combatir cualquier tipo de sufrimiento son unas tiritas que encontré en una caja del traslado y alguna botella de Rioja, y como es inevitable que el malestar físico nos atrape tarde o temprano, siempre me pilla desprovisto de medios. Esto sumado además a que soy un auténtico negado con los medicamentos. Recordarán sin duda los más veteranos de mi anterior etapa en el dúplex compartido mi desesperación aquella madrugada en la que a punto estuve de frotarme un gelocatil por los testículos para calmar el escozor de una picadura de mosquito. Y es que a menudo naufrago en mi propia ignorancia y me abandono a la suerte del efecto placebo tras ingerir medicamentos que desconozco.

De esta forma, cuando ayer me atraparon a traición los temblores en las manos, la fatiga, y mi cuerpo se desplomó inexplicablemente a cámara lenta sobre el sofá, lo único que pude hacer, tras valorar las opciones, fue ponerme una tirita en la cara y meterme en la cama con la total convicción de que hoy me encontraría mejor. Sé lo que estarán pensando, y a pesar de eso les diré que ésta fue, sin duda, la mejor opción teniendo en cuenta el poco Rioja que me quedaba.

Supongo que andarán un poco perdidos. Es normal si esperando un silogismo aparecen en la explicación preservativos, gelocatiles, testículos y mermelada de mora. Recordemos de donde venía todo esto. Les decía al principio que mi resignación a aceptar ciertas consecuencias es la conclusión de un silogismo en el cual como proposiciones tenemos por un lado mi despreocupación en cuestiones de salud y la ausencia completa de medicamentos (además de no tener nociones básicas en su aplicación), lo que deriva en pasarlas putas cada vez que me pongo malo, con el consecuente efecto laxante en mi estado de ánimo, pues en esos momentos me cago en todo lo que se menea, y a veces incluso esta expresión se torna literalmente física.

Me veo incapaz de resolver este problema.

A menos que me esfuerce un poquito más y, una de dos:

a) me acerque a una farmacia un día de estos y pida algo para la fiebre, algo para el catarro, algo para el dolor de cabeza, algo para molestias estomacales y un puñado de preservativos, por si acaso.
            -Por si acaso qué, preguntará la farmacéutica
            -Por si acaso todo, muy a mi pesar.
Y lo etiquete todo bien al llegar a casa para no acabar frotando gelocatiles contra mis genitales ante cualquier síntoma.

b) en pleno proceso degenerativo, cuando mi consciencia aún no se ofusque en el inevitable paso de abandono al padecimiento, llame a la doctora de guardia:
            -Doctora, no me encuentro bien, venga usted rápido con algún medicamento… la mermelada y los preservativos los pongo yo.

Siempre hay que buscar el lado práctico.

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26 Marzo 2007

En moto voy, en moto vengo

Recordarán de un post anterior que me compré una moto. Yo jamás había llevado un trasto de esos así que era una experiencia nueva para mí. Nueva y emocionante. Por suerte nunca he sido una persona torpe y los primeros paseos de prueba este fin de semana han dado como resultado un control aceptable sobre la máquina. 

Hoy era el gran estreno. Adentrarse en Barcelona en hora punta para ir a trabajar, todo un reto. Como en cualquier situación donde mi vida está en juego tengo tendencia a la prudencia. Casi es una manía. Me jodería morir, que quieren que les diga. El viaje de ida, por tanto, muy calmadito, ha sido relativamente sencillo y me he sentido satisfecho. Hasta ahí todo bien.  Lo más curioso es que lo que más me está costando asimilar es el ritual previo y posterior a estar encima de la moto. Todavía tengo que pararme a pensar qué debo hacer primero… casco, guantes, chaqueta, candado… joder, demasiadas cosas, aún no he conseguido asumir como rutina una secuencia automática de acciones para pasar de ser un motorista a un simple peatón, o a la inversa, y mis movimientos son lentos y torpes. 

Por eso, lo primero que he hecho nada más llegar al trabajo ha sido romper el casco. El casco nuevo, porque me lo compré hace poco expresamente para ir en moto. Lo he dejado en el asiento mientras intentaba poner la pata de la moto y en un gesto brusco el casco ha caído al suelo dando lugar a una fisura en una de las tomas de aire de la parte superior, y además ha rodado calle abajo. La fortuna en esta ocasión ha sido generosa pues ha parado el casco en un árbol próximo, muy cerquita pero sin llegar a tocar una traicionera mierda de perro que allí esperaba humillar al primer despistado. Menos mal, mis compañeros estaban hoy expectantes por mi primer trayecto en moto al trabajo y no sé cómo hubiera podido justificar una mierda de perro pegada en el casco. 

La vuelta se presentaba más o menos igual de tranquila que la ida, quizá añadiendo algo más de confianza a mi conducción. Sin embargo, debido a esa falta de rutina en la fase previa a subirme en la moto, al poco de estar circulando he caído en la cuenta de que tenía un chicle en la boca. Con el casco aprisionándome los pómulos y la barbilla me resultaba difícil masticar así que he decidido tirarlo. He subido la visera en plena marcha como he podido (no crean que me ha resultado fácil) y lo he escupido al exterior. No sé muy bien qué clase de parábola extraña ha hecho, ni donde coño ha rebotado, pero, manda güevos, el chicle ha vuelto a entrar en el casco y se ha colocado justo por debajo de mi ojo. Como aún tenía la visera abierta he intentado quitármelo introduciendo la mano, con guante incluido, por la obertura. Casi me saco un ojo inútilmente porque el chicle se ha deslizado un poco más hacia abajo, quedando atrapado en el surco que quedaba entre mi pómulo y mi nariz. 

Genial, mi estreno como motorista y me cruzo Barcelona con un chicle pegado en la cara… En los semáforos he agachado la cabeza haciendo ver que me subía los calcetines para evitar la mirada del resto de motoristas porque, si mis torpes movimientos ya evidenciaban mi inexperiencia, motivo de sobra para que me miraran, he querido evitar, por lo menos, que me vieran con un chicle pegado en la cara; no sé por qué clase de imbécil me hubieran tomado entonces. 

Mientras circulaba he empezado una serie de estúpidos y absurdos movimientos faciales, muecas impensables, con el único fin de desplazar el chicle hacia un lugar menos visible. Estaba tan concentrado en la tarea que no sé si alguien me habrá visto en plena acción. Y ahora, en casa, se me ocurre imaginar qué clase de pensamientos me vendrían a la cabeza si viera a un tio en moto con un chicle pegado en la cara y haciendo extrañas muecas que ni el feo de los Calatrava podría igualar. 

Al final, por cierto, lo he conseguido y el chicle ha caído más o menos por donde aparece el hoyuelo izquierdo. Curiosamente, a pesar de que ya no había motivos para hacer el ridículo más de lo necesario en los semáforos, me he sentido un pardillo motorizado durante todo el trayecto a casa. Porque aunque no se viera yo sabía que el chicle estaba ahí, lo notaba pegado a mi, y el hecho de no estar a la vista tan solo me libraba de la humillación ajena pero no de la auto humillación. El chicle me recordaba a cada milímetro de recorrido mi condición de novato. 

Por fin he llegado al garaje. Me he olvidado completamente de rutinas ni hostias propias de final de trayecto y me he quitado el casco apresuradamente en busca del puto chicle. En un acto lleno de rabia e incivismo lo he lanzado con fuerza al otro extremo del parking. Después he terminado el resto de la rutina y me he dirigido al ascensor. Nada más abrirse las puertas he podido leer en el espejo mis pensamientos reflejados en mi propia expresión. Soy un pardillo, pero he llegado entero. 

Lo que más me molesta es que el destino se empeñe en plantarme delante situaciones para recordármelo. Si yo ya lo sé, joder, que ya lo sé!              

    

 

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20 Marzo 2007

Pasiones latentes

Antes de publicar este post (el cual, les aviso de antemano, les va a resultar denso y espeso) lo he releído y debo decirles que me he dado cuenta de que quizás me conocen más de lo que creen. Incluso diría que me conocen más de lo que creo yo. Tiendo a reflexionar, como habrán visto, sobre lo cotidiano. Es posible que de esas reflexiones saquen alguna conclusión, un esbozo parcial sobre algún aspecto de mi persona, sin embargo, se habrán fijado ustedes que tiendo a menudo a exponer de dónde vienen esas reflexiones, y es ahí donde realmente se perfila con más nitidez la persona. El saber qué las origina aporta mucha más información que el propio discurso del individuo. No es información evidente pero ahí está, al alcance de quien quiera verla.

Sin embargo hoy no hay porqués. Ninguna estupidez, como suele ser habitual, ha provocado este post . Lo que van a leer a continuación es puro entretenimiento, sin sentido ni objetivo, el resultado de que ayer me acabara el libro en el trayecto de ida al trabajo, de que se me agotara la batería del ipod y de que, por culpa del transporte público, tardara dos horas y media en llegar a casa sin ningún tipo de entretenimiento.

Todo empezó mientras caminaba hacia el metro y me asaltaron las ganas de tocar la guitarra en cuanto llegara a casa. Fue un impulso breve e intenso, fruto sin duda de un deseo contenido. Y es que enseguida recordé que debido al corte que me hice en el dedo índice mientras preparaba el conejo al horno no puedo tocar la guitarra. Todo empezó, repito, con este inocente pensamiento que poco a nada tiene que ver con lo explicado a continuación…

En el fondo lo que nos mueve en cada instante dedicado al ocio, el interés hacia algo, la apetencia de realizar una determinada actividad, no es más que la consecuencia de un hecho casual que favorece inclinar la balanza de nuestras preferencias a favor de una descartando las demás. El cansancio, por ejemplo, puede relegar el gusto por la lectura en favor de la música, el estrés puede potenciar una actividad más enérgica, o todo lo contrario, más relajada, dejando al margen las opuestas… De aquí se deduce que nuestras actividades voluntarias se manifiestan dependiendo de la fuerza que ejerzan contra los factores externos, haciendo despuntar, en un momento concreto, una en detrimento del resto. Así, la variedad de intereses, como ocurre en mi caso, significa equilibrio de fuerzas (o de debilidades, según se mire), y lo que hace un tiempo definía como dispersión ahora se me presenta, después de volver sobre el tema, como una distribución de intereses altamente influenciables por elementos externos.

Esto, tan complejo de entender, se resumiría fácilmente de esta forma: funciono por rachas, temporadas en las que me apasiono por algo hasta que, de alguna manera, este objeto de pasión queda desplazado por otro en función de algún elemento externo que influye sobre mi. Y todo se vuelve cíclico, una constante y harmoniosa cadencia de intereses, olvidados por temporadas, y retomados constantemente tras un periodo irregular imposible de definir. Pasiones permanentemente latentes, dormidas en un sueño liviano.

Hace tiempo pensé que esta distribución de intereses era la culpable de no despuntar en nada a pesar de sentir verdadera pasión por muchas cosas. Siempre estuve convencido, como ahora lo sigo estando, de que dominar un materia, cualquiera, quedaba fuera de mi alcance precisamente porque mi tiempo se dividía en demasiadas cosas.

Sin embargo, la razón principal es mucho más sencilla de entender y creo que con un ejemplo lo comprenderán de inmediato. Yo jamás seré una persona culta (entendiéndose como culta aquella persona que posee amplios conocimientos de, digámoslo así, materias que tienen una profundidad únicamente alcanzable a través del estudio y la retención de información), mi mente no está preparada para eso, su funcionamiento es completamente inadecuado. Lo bueno de asumirlo es que de inmediato encuentras razones positivas para no dejar de intentarlo, y esto me ocurre con todo lo que hago. Al final, pienso, siempre quedan restos en mi cabeza, posos de información, ideas intuidas, conceptos… escasos datos en definitiva que me ayudan a entender a quien de verdad posee los conocimientos.

Afortunadamente ninguna actividad del ser humano, incluidas las artísticas, está completamente aislada del propio comportamiento global de la persona. Desde este punto de vista, y gracias a los posos antes mencionados, alguien como yo puede acercarse a un tema que no domina partiendo de un punto mucho más cercano y asequible, alejado de los datos. Es decir, abordándolo de acuerdo a un proceso mental más analítico donde el conocimiento no es tan importante como el entendimiento. Pintura, escultura, literatura, música, historia, mitología… en cualquiera de ellas me veo incapaz de retener a largo plazo nombres, fechas, hechos o cualquier tipo de información de relevancia que suponga una memorización. No estoy preparado para eso, ni lo estaré. Pero me basta (y aquí el asumirlo conlleva cierto conformismo práctico) con verme capaz de comprender puntualmente las explicaciones de otro y enriquecerme a costa de los demás para después dejar ese conocimiento aletargado en mi cerebro hasta la próxima ocasión.
 
De hecho no hay nada más enriquecedor que hablar con alguien que sabe más que tú, en eso creo que estaremos todos de acuerdo. O que aborda los temas de diferente manera. Porque, no nos engañemos, conversar cuando se comparte el mismo punto de vista y se poseen los mismos conocimientos es una forma amena de engañar al tiempo, de pasar el rato confirmando lo que ya sabes en boca de otros, pero dista de ser una experiencia enriquecedora.

¿Comprenden ahora por qué intento mantener la mente ocupada (o dormida) con libros y/o música en los trayectos diarios?

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18 Marzo 2007

Fin de semana bricochef

Sábado, salgo de comprar material de bricolaje en un centro comercial. Mientras camino hacia el coche cojo el móvil y, entre dudas, sin demasiada convicción, hago una llamada, una débil tentativa de cenar acompañado y tal vez tomar una copa. Fracaso. Pues nada, que le den al mundo, me voy a mi casa.

Hace buena temperatura así que decido instaurar el verano en mi reino por una noche. Pongo música de verano. Dire Stratits. Algunas de sus canciones me recuerdan a aquellos veranos de mi infancia en Sevilla y a los largos desplazamientos, que nunca se hicieron largos, en el Renault 12 blanco.

Cena tapeo, como manda una noche estival: morcillita frita, choricito frito, taquitos de queso, revuelto de olivas rellenas, atún y pimientos de piquillo, un poquito de fuet y que no falte “pa amb tomàquet”.

Mientras ceno se acaba el cd “Brothers in Arms” y pongo “Making movies”, que no me recuerda tanto a Sevilla pero como me he metido ya media botella de Rioja en el cuerpo me recordará a lo que a mi me de la gana.

Acabo de cenar. No me he bebido toda la botella pero casi, mañana la remato. Me fumo un cigarro y poco después se acaba la noche de verano.

Domingo. Me levanto a las 7:15 sin sueño. Primero, desayuno estándar, Cola-Cao con madalenas. Tengo cosas que hacer pero es pronto para joderles la resaca a los vecinos con el taladro. Enciendo el ordenador y escribo un poco. Lo apago. Manos a la obra…

Modifico dos enchufes y dos conmutadores de la habitación grande que, por un despiste mio al pedir el cabezal de la cama, quedaron por detrás. Después de un rato peleándome con los cables vuelvo a tener enchufes e interruptores. Se acabó apagar la luz desde fuera y por fin podré poner la lamparita en la mesita para leer.

Segunda tarea. Cuelgo el espejo delante de la cama para que por las mañanas, recién levantado, me recuerde que soy humano y vulnerable. Y para alguna cosa más que no recuerdo.

Tercero. El plafón ikea del techo de la habitación pequeña. Sin complicaciones. Una bombilla menos colgando.

A la mierda el bricolaje, ya me he cansado. Me pongo el disfraz de chef encima del pijama.

Disfraz de chef

El trapo es como las gafas de superman, apenas varia tu aspecto pero lo cambia todo.

Menú del día: Conejo al horno. Troceo unas patatas y las frío un poco. Unto el conejo de aceite y lo salpimento. Cebolla, ajo, perejil, pimientos, unos dátiles, las patatas y el conejo van a una bandeja que introduzco en el horno previamente calentado. Me corto el dedo porque soy imbécil y continuo. Cuando ha pasado un cuarto de hora le añado un poco de agua con una pastilla de avecrem mercadona disuelta. A ver que sale.
Es mi primer conejo (al horno) así que le hago esta foto porque ahora soy un aprendiz de chef orgulloso.

 Conejo al entrar al horno  

Le hago esta otra porque, como ya he dicho, además soy imbécil y se me ha caído la bandeja mientras hacía el capullo con el móvil.

 Conejo que se resiste a entrar al horno

Mientras espero me vuelvo a probar el casco que me he comprado. Sí, he vendido el coche y me he comprado una moto que no corre para ir más lento pero llegar antes a los sitios, paradojas de las grandes urbes (… había escrito ubres, en que estaría yo pensando…). Nunca he llevado moto y me hace ilusión; esta semana me la entregan, estoy ansioso por tenerla. Me pruebo también la chaqueta roja que me ha regalado mi cuñado porque no la usaba, quizás porque no tiene moto. No quise preguntarle el porqué de la chaqueta si no tiene moto, pero en el fondo me da igual. Aunque el color no me entusiasma me ha salido gratis, es lo único que importa ahora. Me doy un par de vueltas por la casa con el casco y la chaqueta roja. De pronto la situación me parece absurda, dando vueltas así parezco un inverosímil Darth Vader vestido de pizzero. De esta no les pongo foto, prefiero hacer el ridículo en la intimidad.

Reflexiono, vestido así no me hace falta el espejo para sentirme humano y vulnerable. Ni imbécil. Tendré que darle otros usos. A pesar de eso, antes de quitarme el disfraz voy a echarme una última mirada para confirmarlo.

Por cierto, el conejo (al horno) buenísimo aunque demasiado conejo para mí (nunca pensé que diría esta frase).

 Conejo en el plato

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13 Marzo 2007

Mi fracaso en la optimización

A veces me cuestiono por qué se me da bien lo que se me da bien. Y analizo. Y busco las razones. A veces creo que soy el resultado de mi propia optimización mental.

Optimización que se traduce en aplicaciones prácticas hasta tal punto de ser la razón principal de mi inclinación profesional. Consecuencia de esto, de la optimización, son también mis pequeñas batallas diarias, constantes, por mejorar en todo aquello que no consigo dominar, en todo lo que no me proporciona un grado de satisfacción aceptable. Batallas donde prima la estrategia intentando adaptar las acciones a mi comportamiento natural, convirtiéndolas en una secuencia de acción concordante a mi estructura mental. Esto es, eliminando esfuerzos en aquello que, de entrada, me resulta difícil. Fracaso casi siempre. Como mucho obtengo pequeñas victorias que duran cierto tiempo. A pesar de eso resulta evidente para mí, como conclusión, que el objetivo no es la victoria sino la propia batalla diaria. La optimización se revela entonces como una forma de vida. 

En realidad todo lo dicho es más sencillo, y complicado a la vez. Sencillo de entender pero complicado de explicar porque nos movemos ahora en ese espacio donde la intuición posee la certeza de lo inexplicable. La intuición no necesita de argumentos, entiende las complejas variables entretejidas a la realidad del momento, actúa en la inmediatez del ahora, sin planificar, atendiendo a múltiples factores que escapan al intelecto.  Sin embargo la intuición solo me salva en terreno conocido y controlable. Allí donde me muevo con soltura, y tal vez por eso también se hace palpable su presencia. Pero está ausente siempre en las batallas, en las perdidas me refiero (y probablemente en las ganadas), no encuentro su rastro en la derrota, y me pregunto de qué manera podría invocar su implicación. En la estrategia, claro, ahí es donde debería aparecer, sobre el mapa, en el esquema mental, cubriendo los flancos, ayudando en artillería, dirigiendo el movimiento del pelotón, incluso enarbolando la bandera… pero no, nunca sé cómo hacerlo y por eso acabo perdiendo. Quizá porque la intuición solo aparece en los retos, nunca en las batallas. 

Todo esto para decir que odio planchar. Lo odio tanto como odio no encontrar una manera para dejar de odiarlo, y no se me ocurre ninguna forma de acercar esta actividad a mi esquema mental, a mi forma de hacer, hallar un acercamiento ínfimo que me permita soliviantar esta pesada carga y que no se me plantee siempre como una odisea. 

Odio planchar, repito, y me sumerjo en pensamientos profundos, análisis complejos, cuestionando mi propia forma de ser, buscando remiendos a una personalidad que debería cambiar apenas nada en lo que me resta de vida. Odio planchar hasta tal punto que me dan ganas de colgar carteles anunciando mi propia ineptitud e incapacidad, solicitando ayuda a cambio de algo que se me de bien, sin olvidar mis tendencias, por supuesto… “Busco mujer que sepa planchar y no le importe hacerlo por mi…” debería empezar este grito de lamento, machista como equivocadamente opinará más de uno, o una, o todos, y sin embargo no deja de ser eso, una llamada de socorro. Sin olvidar mis tendencias, por supuesto.  Y a cambio, pues eso, cualquier cosa que se me de bien.  

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